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Isabel la Católica: el destino de una mujer libre que no se dejó manipular

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Hay pocos monarcas cuyo reinado haya marcado tan claramente un antes y un después, como es el caso de Isabel I de Castilla (Madrigal de las Altas Torres, 22 de abril de 1451-Medina del Campo, 26 de noviembre de 1504), una de las figuras más decisivas de la Historia de España y del mundo, conocida universalmente como Isabel la Católica. Un personaje cuyo legado político, religioso y cultural, no sólo ha sido objeto de estudio de generaciones de historiadores, sino que sigue suscitando gran interés por el calado y trascendencia de su reinado y por su papel protagonista en el tránsito de la Edad Media a la Moderna. Unificó los reinos hispánicos, financió el viaje de Cristóbal Colón en 1492 y completó la Reconquista con la toma de Granada. Pero no solo eso, Isabel transformó Castilla en una potencia mundial moderna y centralizada que sentaría las bases del Imperio que surgiría posteriormente. Sin embargo, «no hay mujer más amada y odiada al mismo tiempo. Para unos una santa que hay que subir a los altares y para otros, la reina implacable que expulsó a los judíos y persiguió a los musulmanes», escribe el historiador y escritor Mario Escobar en el proemio de su novela «La prisionera del trono» (Planeta istoría), la primera de una trilogía que pretender abarcar la compleja vida de una mujer y una reina que cambió la forma de entender la política en Castilla, que consiguió acabar con las guerras que la estaban destruyendo y abrir España a un nuevo mundo.

«Castilla llevaba casi 70 años de guerras civiles constantes, un reino que siempre había sido muy próspero y se había convertido en un infierno porque nobles sin escrúpulos disputaban con los reyes y entre ellos por mantener su poder ante un rey débil y un heredero, Alfonso, liderando a los rebeldes». En medio de ese caos y en silencio, empieza a forjarse la inesperada figura de la joven Isabel, que aprende a escuchar y a resistir y que jamás aceptará ser manipulada por nadie. «Isabel y Fernando acabarán con esos problemas y van a convertir un reino semifeudal de gremios en un estado moderno organizado con una administración profesional donde la mayoría de sus consejeros serán licenciados por primera vez», explica Escobar.

Para este cambio, «necesitaban conseguir la unidad religiosa y política y que los nobles dejen de tener tanto poder, aunque esto les lleve a tener enemigos en todos lados. Desde el primer día de su reinado, Isabel pone coto a la nobleza castellana, como demuestra el gesto simbólico de mochar las torres de los castillos de aquellos nobles rebeldes que se habían levantado contra la Corona o que abusaban de su poder, para demostrarles que empezaba una nueva era donde los reyes iban a gobernar por igual para todos los vasallos», significa el escritor.

Muchas pruebas

«La prisionera del trono» presenta la primera parte de su vida, la niña y adolescente que tuvo que superar muchas pruebas y dificultades. Desde dejar a su madre en Arévalo con tan sólo once años para ir forzada al Alcázar de Segovia, donde, lo que debía ser una custodia se convierte en un encierro político, un confinamiento que ella vivió como una prisión por parte de su medio hermano el rey Enrique IV y de su esposa, Juana de Portugal, hasta su boda con Fernando de Aragón en Valladolid. Años en los que la futura reina vive apartada del poder, en un contexto marcado por tensiones políticas e intereses dinásticos que influirían decisivamente en su carácter y su destino «Toda esa infancia tan difícil que le tocó vivir le ayudó a desarrollar una gran personalidad, la convirtió en un personaje muy atractivo y respetado, con gran capacidad de empatía y de seducir a todos cuantos la rodeaban».

Para Escobar, Isabel siempre tuvo claro su objetivo, «tenía una idea de destino. Era una mujer de fe y pensaba que estaba predestinada a ser reina de Castilla, aunque en principio era la última indicada, porque su hermano Alfonso y su sobrina Juana “La Beltraneja” iban primero y a ella le reservaban ser moneda de cambio en un matrimonio que sirviera para alejarla de la Corte». Su llegada al trono fue fruto de una serie de circunstancias providenciales y aun así, «se convierte en una figura fundamental», afirma Escobar. Un momento clave en su vida se produjo durante la firma del Tratado de los Toros de Guisando, en 1468, cuando el Enrique IV reconocía a Isabel como Princesa de Asturias y, por consiguiente, legítima heredera del trono de Castilla. «Tras este acuerdo, muchos intentan presionarla para que se rebele contra su propio hermano, como el marqués de Villena, pero se dan cuentan que no es una persona fácilmente manipulable. Isabel amaba Castilla y en todo momento antepuso los intereses del reino a los suyos personales, no como sucedió con otros reyes que la precedieron, quería servirla como reina, no como consorte de un rey». Esa fe providencial en la que confiaba fue también determinante en su vida personal, «le ayudó con los muchos pesares y dificultades que debió superar porque, aun siendo una mujer proactiva que no se dejaba amilanar, su creencia le daba fuerza y seguridad, era su columna vertebral porque pensaba que había algo que iba más allá de ella, que tenía una misión, y eso le hace obrar en conciencia, que es una cosa que se echa mucho en falta en la actualidad», asegura Escobar.

En esta entrega, afirma el escritor, «se recogen muchas mujeres en una, la niña solitaria que gustaba de la lectura, la protectora de su hermano Alfonso, la rebelde que no aceptó ser tratada por debajo de su condición de infanta de Castilla, la luchadora que se enfrentó a todo y a todos o la resistente que debió superar tenerlo todo en contra sabiendo hacer de su debilidad su mayor fortaleza y sobreponerse a las circunstancias. A pesar de sus enemigos, supo actuar y mantenerse ahí ante la dificultad de gobernar en un mundo de hombres. Su gran virtud –continúa Escobar– fue no dejarse llevar por el ego, porque es muy fácil en política creerte alguien, pensar que porque gobiernas eres infalible, pero ella siempre mantuvo esa actitud de humildad, de no precipitarse y saber esperar, al tiempo de no ceder nunca en las líneas rojas que su moral y su ética no le permitía».

Rechazó todos los matrimonios que intentaban imponerle, sin embargo, supo ver que era Fernando de Aragón quien le convenía a ella y a Castilla, «a pesar de que todos estaban en contra y es curioso porque, aun siendo tan diferentes como la noche y el día, en él va a encontrar un aliado político, un amigo y un amor –explica Escobar–. Al ser ella tan virtuosa y obsesionada, le costaba verse con un hombre que no mantuviera dos cosas importantes, por un lado, que la respetara como reina, no como consorte, que aceptara que ella iba a tener mando, y por otro como mujer, algo complicado para aquella época y, aunque cada uno mantiene su espacio, Aragón más enfocado al Mediterráneo y Castilla hacia la Reconquista primero y América después, y Fernando la apoya, el motor de casi todo es Isabel y todos los grandes movimientos políticos y militares que se producen son de ella, que tiene una idea clara de lo que quiere, y eso impresiona mucho», asegura Escobar, que concluye. «Creo que no ha habido otros en la historia con esa simbiosis y cercanía entre ellos, con esa compenetración. En España ha habido grandes reinas, algunas consortes que mandaban mucho, pero no se han vuelto a ver dos reyes que se complementaran así».

UN REINO DE DAMAS LIBRES

Mario Escobar presenta este primer libro sobre Isabel I de Castilla en forma de carta que escribe a su hija Juana cuando ya siente que la muerte está próxima. No sólo le va contando todas las vicisitudes y acontecimientos de su vida, sino que le va dando consejos de gobierno para cuando ésta asuma el trono. En ese diálogo que mantiene con ella, el escritor recoge dos frases muy significativas que hablan claramente de la personalidad y talante de la reina Isabel, que dice a Juana: «Nunca te dejes gobernar por ningún hombre». Y añade: «Te entrego un reino en el que las mujeres han aprendido a ser libres».




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