Al puerto de Arguineguín el Papa ha entrado caminando. En un gesto cuidadosamente medido, ha recorrido a pie los cerca de cien metros que separan la entrada del muelle del escenario principal. En el pasillo se ha mezclado con inmigrantes, cooperantes, voluntarios y personal de recate, los verdaderos protagonistas del acto. Es de los pocos momentos, casi el único a lo largo de su visita a España en que León XIV se ha dejado ver sin mediar un vehículo o grandes barreras visuales, para avanzar despacio entre quienes representan el corazón del acto, que aunque celebrado en el penúltimo día, ha sido la razón última que ha motivado este viaje. Porque si en origen la visita del Papa buscaba una imagen, un símbolo que la representara, se encontraba en este pequeño puerto pesquero del sur de Gran Canaria. Y si existe una fotografía destinada a resumir el viaje apostólico de León XIV desde la caridad, será seguramente, la del Pontífice frente al Atlántico, en el mismo lugar donde durante años han desembarcado miles de personas exhaustas tras sobrevivir a una de las rutas migratorias más mortales del mundo y durante la pandemia, acogió en el muelle a unos 2.600 emigrantes, a la intemperie, en condicione infrahumanas. De ahí que el escenario que le ha recibido tuviera como único telón de fondo el mar abierto, con una estructura curva en forma de ola, que completa un crucifijo con el pilar que la sostiene. Ola y cruz, Mar y pasión. Ha sido en ese contexto donde el Papa ha pedido a Occidente que haga «examen de conciencia» sobre cómo afrontar la crisis migratoria. León XIV ha solicitado políticas de «rescate y asistencia» y «procesos serios de acogida e integración». Además ha recordado que «la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera». «No podemos acostumbrarnos a contar muertos», ha denunciado el Papa, consciente que la 'ruta atlántica' es una de las más peligrosas para los emigración. El mar se cobra la vida de una cada 20 personas que se atreve a desafiarlo. Según la OIM en 2025 murieron ahogados o desaparecieron 1.172 personas. En lo que llevamos de 2026, la cifra ya alcanza las 115 personas. Por eso, el Papa se ha dirigido con tono duro a «quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas, autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales pues no basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido». Según el Papa, la crisis migratoria es un drama que «tiene que convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». De nuevo el Pontífice ha apelado a la dignidad humana, pues «cuando el migrante deja de ser «uno más», deja de ser una categoría y una cifra, comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas». Bajo el sol, en el muelle le escuchaban más de 2.000 personas, la inmensa mayoría de ellos migrantes. Es el mismo lugar que en 2020 se llegó a denominar el «muelle de la vergüenza». En medio del confinamiento de la pandemia, ante la falta de alojamiento, el Gobierno fue acumulando emigrantes rescatados en cayucos en el lugar. Sólo resolvió la situación tras la denuncia internacional. «La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra», ha reclamado el Papa, que en su mente tenía aquella imagen de 2020. Pero León XIV ha ido más allá al defender también «el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños». Además, se ha dirigido a los emigrantes, y les ha solicitado que «no entreguen su existencia a quienes comercian con ella», en referencia a las mafias que les cobran por llevarlos a Europa. «No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son 'cantos de sirenas', son industrias de muerte». En ese sentido ha condenado a los «monstruos que acechan estos mares», refiriéndose a «mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido». En contraste, ha dado las «gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y cambiar vidas». Pero el Papa no se ha dirigido sólo a las autoridades políticas. Ha dicho que «la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas», «no puede desentenderse de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana». Las palabras suponen un respaldo al trabajo de las Cáritas tanto en Canarias como en la península. También, al respaldo que los obispos y numerosas organizaciones de Iglesia han dado al proceso de regularización extraordinaria de emigrantes, que finalmente el Gobierno ha resuelto con un Real Decreto, aunque en origen había sido pedido como una proposición no de ley ante el Congreso. Precisamente el Gobierno ha querido robar parte del protagonismo al acto, con el desembarco de varios ministros, encabezados por el presidente del Gobierno, que ayer ya se encontraba junto al Papa en el acto de la Sagrada Familia de Barcelona.