El Papa se va, la corrupción se queda
El PP y Podemos comparten una cosa. No muchas, pero una sí. Los dos partidos, irreconciliables en sus posturas cotidianas, han coincidido esta semana a la hora de identificar el repentino vaticanismo del Gobierno de Pedro Sánchez. Uno no pasa de pedir un funeral laico para las víctimas de la Dana a ponerse de rodillas para recibir una hostia consagrada de las manos del mismísimo Papa así, como quien no quiere la cosa. Ni siquiera la devoción del converso es tan atrevida.
Todo esto sucede por otros motivos, menos divinos, más mundanos: el espectáculo de la fe hace méritos para dejar en un segundo plano el espectáculo de la corrupción. Eso vino a sugerir Ester Muñoz, portavoz del PP en el Congreso, cuando dijo "no sé si es más patético o penoso, utilizar al Papa de escudo para la corrupción". Y eso mismo apuntan en Podemos cuando aseguran, en privado, que "la visita tenía otros motivos, habría que ver cómo reaccionaría el PSOE si es una presidencia del PP la que invita al Papa a hablar en las Cortes".
Es cierto que las aventuras de León XIV por España han dado un respiro mediático al Gobierno. Basta con sintonizar cualquier telediario y ver que las imágenes de la UCO o de Leire Díez entrando en Ferraz aparecen después de las del Santo Padre bendiciendo la Sagrada Familia, escuchando la música de Siloé en el Olímpic -por segunda vez consecutiva, por si se le escaparon algunos matices en la actuación que le brindaron en el Bernabéu- o haciendo el gesto del "six-seven". Como ironiza el periodista Javier Corbacho, "para lo que ha quedado el Papa: en las Cruzadas reconquistaba Jerusalén y ahora hace retos virales de TikTok".
Incluso este periódico, poco sospechoso de sanchista, dedica sus primeras páginas a León XIV antes de zambullirse en las informaciones sobre cloacas. Es lógico, el viaje del Pontífice tiene algo de histórico mientras que la corrupción en el PSOE ya suena a rutina.
Sin embargo, el ejercicio de distracción no ha sido tan efectivo como al Gobierno le hubiera gustado. Este miércoles, en la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso, el grueso de las conversaciones giraban en torno a las malas prácticas de unos y otros, miembros del Ejecutivo y del partido que lo ocupa. Andaban los cargos intermedios, los asesores y los directores de comunicación, correteando de un lado para otro minimizando las cosas. Que si "no negamos que P.S. sea Pedro Sánchez, pero las anotaciones no responden a hechos delictivos", que si "Mercedes González no informó a Fernando Grande-Marlaska de su reunión con Leire porque vosotros tampoco avisáis a vuestros jefes de todos aquellos con los que os tomáis cafés", que si "las reuniones con la Fiscalía no significan nada en sí"...
Era como si a todo el mundo se le hubiera olvidado ya que dos días antes León XIV había pisado esa misma moqueta para protagonizar un acontecimiento histórico. Su visita ha servido para distraer momentáneamente, sólo eso. Ahora él se va, hoy regresa al Vaticano, pero la corrupción se queda. Y no sólo la corrupción, sino también los estragos que todo esto está haciendo para la propia identidad de la izquierda. Al menos para la que representa el PSOE.
Además, el asunto va para largo. Primero, porque las prácticas cloaqueras que se están destapando estos días suponen un golpe casi existencial para ellos. La izquierda en general está convencida de una especie de superioridad en estos asuntos ("la izquierda somos otra cosa", dijo Gabriel Rufián hace un par de semanas) y ahora algunos en el PSOE deslizan que les toca reconocer que no, que su partido puede ser tan sucio como aquellos oponentes a los que acusan de serlo. Es mirarse al espejo y no saber si lo peor del PSOE es como lo peor del PP y eso, para los votantes y los cuadros, es muy complicado de digerir.
Segundo, porque ya no le quedan referentes. El lunes, sólo había expresidentes del Gobierno del PP en la tribuna de autoridades. Los socialistas ya no reconocen a Felipe González como suyo, como si fuera el padre de una familia disfuncional, y José Luis Rodríguez Zapatero, el faro, ha caído. Así, uno no puede evitar pensar en el loco de Nietzsche corriendo por la plaza pública, a plena luz del día y con una linterna, gritando aterrado porque hemos matado a Dios.
El PSOE tardará unos cuantos años en recuperarse de un par de golpes de este calado.
