La fe que cruza el Atlántico: los inmigrantes que también traen esperanza a Canarias
Cada patera que llega a Canarias carga con mucho más que personas. En ellas viajan historias de supervivencia, dolor y huida, pero también, en muchos casos, una fe que ha resistido al miedo y a las penurias. Creyentes, en su mayoría musulmanes, que encuentran en las costas canarias un nuevo lugar sobre el que reconstruir su vida y su relación con Dios.
El archipiélago canario se ha convertido en los últimos años en una de las principales puertas de entrada a Europa para la inmigración que escapa de África en busca de una vida mejor. La llamada Ruta Atlántica está considerada una de las más peligrosas del mundo. En ella miles de personas han perdido la vida, algunas en medio del océano y otras cuando ya vislumbraban su particular «El Dorado».
Algunas de esas mujeres y hombres sin nombre, a quienes a menudo se les pone antes rostro estadístico que dignidad identitaria, se han incorporado en estos años a las comunidades religiosas canarias, donde han encontrado un espacio de acogida y dignidad. La Iglesia, a través de parroquias, Cáritas y numerosas iniciativas sociales, ha acompañado durante décadas a quienes llegan buscando una oportunidad.
La víctima número 1
Pocas personas conocen esa realidad tan de cerca como don Ambrosio Sebastián Abeso Ndjeng, sacerdote de origen ecuatoguineano que lleva más de tres décadas en Canarias. A sus 59 años es vicario parroquial en varias comunidades de Gáldar, entre ellas Montaña de Gáldar, Nuestra Señora de Fátima y San Isidro. También es capellán hospitalario y profesor de Teología.
«Me tienen trabajando como un negro», bromea con una sonrisa. «A veces me dicen que vivo como un cura, y eso es lo que yo les respondo».
Actualmente, él y Vito Ondó son los dos únicos sacerdotes en activo de origen africano en las islas. «Y que yo sepa tampoco hay ninguno en el seminario», explica don Ambrosio. Ondó fue invitado a participar en este reportaje, pero declinó la oferta.
La historia personal de don Ambrosio es también una historia de migración. Nació en Guinea Ecuatorial en 1966 y llegó a Gran Canaria en 1989, cuando tenía apenas 23 años. Había comenzado su formación religiosa en su país y vino a Canarias para continuar sus estudios. Primero pasó por la comunidad de los Hermanos de la Resurrección y después ingresó en el seminario. Fue ordenado sacerdote en julio de 1998. «Dios escribe recto con renglones torcidos», resume al recordar aquel viaje que cambió su vida para siempre.
Su primer destino pastoral fue el municipio lanzaroteño de Tías. Allí vivió uno de los episodios que marcarían su ministerio. A principios de los años 2000, en Puerto del Carmen, cuenta don Ambrosio a este diario, fue hallado el cuerpo sin vida de un inmigrante llegado por mar.
«Nadie sabía quién era. No tenía nombre. Solo la certeza de que había muerto buscando una vida mejor. Fue el primer inmigrante fallecido que enterré», recuerda. «La Guardia Civil, Cruz Roja y el Ayuntamiento se encargaron de los trámites. Yo le di sepultura. Fue muy duro», añade. Aquel hombre continúa enterrado en el cementerio de Tías. En la lápida no figura un nombre, sino una identificación anónima.
«Está como el número uno», explica con tristeza el sacerdote.
Tras su etapa en Lanzarote, don Ambrosio fue destinado a Arguineguín, uno de los puntos neurálgicos de la llegada de pateras durante las grandes crisis migratorias y donde acudió el jueves el Papa León XIV en su viaje a Canarias.
Allí permaneció diez años, durante los cuales escuchó testimonios de hambre, persecución y desesperación. También fue testigo de gestos de solidaridad capaces de devolver la esperanza.
Destino Arguineguín
Mucho antes, cuando todavía era seminarista, participó junto a otros jóvenes en la creación de iniciativas pioneras de acogida. Entre ellas, Las Palmas Acoge y posteriormente Sur Acoge, en la zona de Vecindario y Santa Lucía de Tirajana.
«Llevamos muchos años trabajando con inmigrantes», explica. «En Arguineguín también acompañamos a muchas personas que llegaban. La mayoría eran marroquíes, pero también había gente de otros países africanos».
La realidad religiosa de quienes han llegado en patera a Canarias durante estos años es diversa. La mayor parte de los migrantes procedentes del África occidental profesan el islam, según relata. Sin embargo, también existe una presencia significativa de cristianos, especialmente de países como Nigeria, Ghana, Camerún o la propia Guinea Ecuatorial.
Muchos encuentran dificultades para integrarse en las comunidades parroquiales. La barrera del idioma suele ser uno de los principales obstáculos. «La mayoría procede de países donde se habla inglés o francés», explica don Ambrosio. «Aun así, algunos terminan incorporándose a las comunidades cristianas».
Su propia condición de africano le ha permitido convertirse en un referente para muchos recién llegados. «Cuando les dan mi nombre suelen acercarse para preguntar qué pueden hacer, dónde vivir o cómo contactar con Cáritas», cuenta. Actualmente es además sacerdote acompañante de Cáritas Arciprestal de Gáldar.
Paradójicamente, la presencia de católicos africanos en la Iglesia canaria sigue siendo muy reducida. En estos momentos no hay seminaristas de origen africano formándose en las diócesis del archipiélago. Tampoco existen más sacerdotes subsaharianos que los dos ecuatoguineanos ordenados en Canarias. «Somos dos», explica. «Mi primo fue el primer sacerdote negro ordenado en la Diócesis de Canarias y después llegué yo. Que yo tenga constancia, seguimos siendo los únicos de origen subsahariano».
Su integración en la comunidad católica canaria fue muy positiva, aunque recuerda con humor una anécdota de sus primeros años en Lanzarote. Cuando se anunció su nombramiento, algunos feligreses mostraron sorpresa al saber que el sustituto de su querido párroco sería el único sacerdote africano de la diócesis.
«Decían: “¿Qué le hemos hecho al obispo para que nos quite a nuestro cura y nos mande al único negro que hay?”», recuerda entre risas.
La reacción inicial desapareció pronto. Con el tiempo construyó fuertes vínculos con la comunidad. Muchos de aquellos niños a los que acompañó en la catequesis son hoy adultos. Algunos le han pedido que celebre sus bodas y bautice a sus hijos. «Eso demuestra que el cariño termina venciendo cualquier prejuicio», afirma.
Mientras tanto, el fenómeno migratorio sigue transformando la realidad social y humana de Canarias. Los recién llegados trabajan en sectores como la agricultura, la construcción, la hostelería o los servicios. Algunos logran integrarse plenamente. Otros continúan atrapados en situaciones de vulnerabilidad.
Para muchos de ellos, la fe es un refugio, una manera de seguir adelante y de mantener viva la esperanza. En este contexto, la visita del Papa a Canarias adquiere un significado especial. Uno de los actos principales en las islas ha sido la ofrenda floral en memoria de quienes han perdido la vida en el mar, precisamente en Arguineguín, un lugar cargado de simbolismo para don Ambrosio.
«Ha sido algo muy emocionante. Es un gesto muy importante para recordar a los que murieron buscando una oportunidad», asevera.
Mientras tanto, don Ambrosio seguirá celebrando cada último domingo de mes una misa con la comunidad ecuatoguineana residente en Canarias, a la que también asisten personas procedentes de distintos países del África subsahariana.
Es una imagen que resume bien la historia de la inmigración en Canarias: culturas distintas que se encuentran, lenguas diferentes que aprenden a convivir y una fe que, lejos de quedarse en el lugar de origen, viaja también en las pateras.
Porque entre quienes cruzan el Atlántico no solo llegan trabajadores, estudiantes o refugiados. También llegan creyentes.
«Y nosotros estamos aquí para ayudar en lo que podamos; para acompañar a quienes quieran seguir viviendo su fe y también a quienes simplemente necesiten apoyo o un hogar. Eso es lo que hace la religión: unir personas, ayudar y respetar al diferente», concluye don Ambrosio, para quien «la fe, como la esperanza, también cruza fronteras».
