Perdonarán que hoy barra para casa, pero esto del columnismo consiste en cobrar por opinar de lo que nadie te ha preguntado, y encima firmando, así que la vergüenza la tenemos amortizada desde el primer recibo. Mi primera tarifa me la fijaron con criterio de chatarrero, en la primavera de 1995, en un semanario que murió debiéndome tres crónicas: dos mil pesetas la pieza y quinientas más si, por la hora, tocaba volver a la redacción en taxi. El día que subí a reclamar lo mío, el editor me despachó con una máxima que entonces tomé por filosofía de moroso: «Comprar a un periodista es complicado; alquilarlo, bastante sencillo», y se quedó tan ancho y tan sin pagarme. Una vida...
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