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Basilio Bessarión: el cardenal que salvó una biblioteca de la caída de Constantinopla

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Pasear por Venecia es un espectáculo para los ojos. Los mosaicos bizantinos arden sobre fondo dorado bajo la luz escasa que se filtra en la basílica de San Marcos, y al lado el Palacio Ducal se puede contemplar la laguna. Frente a esa mole imponente, casi escondida, hay una biblioteca que conserva centenares de manuscritos llegados de Constantinopla tras su caída en 1453. Lo curioso es lo que guardan. No son sobre todo textos de devoción, sino algunos de los grandes nombres del pensamiento griego. Un códice copiado en el siglo IX, de grafía aún legible, transmite las palabras de Alejandro de Afrodisias. Plotino reposa junto a Proclo. Un tesoro a la vista, esperando a quien sepa leerlo. ¿Quién reunió todo esto, y por qué decidió entregárselo a Venecia?

El hombre se llamaba Basilio, y se le recuerda como Bessarión. Nació hacia 1403 en Trebisonda, capital de un pequeño imperio griego asomado al mar Negro, en una familia modesta. De joven marchó a Constantinopla, donde estudió retórica con Jorge Crisococas y, en 1423, ingresó en la orden basiliana adoptando el nombre de un asceta egipcio del siglo IV. Años después, hacia 1431, viajó a Mistra, en el Peloponeso, junto a la antigua Esparta, para estudiar con Jorge Gemisto Pletón, el filósofo que había hecho de Platón el centro de su escuela. Allí Bessarión aprendió neoplatonismo, y nunca abandonaría esa forma de pensar. Le transformó completamente.

De Ferrara a Florencia

En 1438 acompañó al emperador Juan VIII Paleólogo a Italia, primero a Ferrara y luego a Florencia, para negociar la unión de las Iglesias griega y latina. Bizancio, cada vez más cercada por los otomanos, buscaba con desesperación la ayuda de Occidente. La cuestión que separaba a las dos Iglesias era dogmática, el llamado «Filioque», sobre el lugar del Espíritu Santo dentro de la Trinidad. Bessarión, que antes del concilio militaba en el bando contrario a la unión, terminó por defenderla con convicción. Quizá su modo de entender la filosofía lo predisponía a ello. Para él, el platonismo y el aristotelismo no se contradecían, sino que se compaginaban y se armonizaban, y lo mismo cabía esperar de las dos cristiandades. La concordia, no la ruptura.

Roma premió su empeño. En diciembre de 1439 fue nombrado cardenal, y desde entonces vivió en Italia. En Florencia, él y Pletón encendieron en Cosme de Médici el deseo de fundar una academia consagrada a Platón, la que más tarde dirigiría Marsilio Ficino. De aquel impulso bebería buena parte del pensamiento renacentista.

Pero su gran obra fue otra. Cuando Constantinopla cayó en 1453, Bessarión comprendió que con ella podía hundirse toda la herencia helenística escrita. Dedicó entonces su fortuna y su energía a una doble tarea. Por un lado, rastrear y rescatar cuantos códices pudiera, comprándolos o haciéndolos copiar, para que el menor número posible de obras se perdiera. Por otro, acoger a los sabios griegos que huían de los otomanos. Su casa romana se convirtió en puerto seguro para aquellos exiliados, que copiaban manuscritos y traducían del griego. Aquel círculo se conocería como la «Academia Bessarionis». Entre lo que salvó figuraban obras de la riquísima biblioteca del monasterio de San Nicolás de Casole, cerca de Otranto, que los otomanos destruirían en 1480.

Una donación condicionada

En 1468 donó su biblioteca a Venecia, con la condición de que se abriera al público. El acta enumeraba 482 códices griegos y 264 latinos, una colección que con el tiempo rozaría el millar de volúmenes. Eligió Venecia porque la veía como baluarte frente al turco y heredera natural del mundo bizantino, lugar de encuentro entre Oriente y Occidente. Aquella donación que acabaría en el palacio Ducal fue el núcleo originario de la actual Biblioteca Nacional Marciana. Décadas después, el impresor Aldo Manucio se instalaría en la ciudad y daría a la imprenta varias de aquellas obras, multiplicando su difusión.

Bessarión murió en Rávena en noviembre de 1472, y sus restos descansan en la basílica romana de los Santos XII Apóstoles. No vio Venecia convertida en la gran biblioteca que soñó, ni la reconciliación de las Iglesias por la que tanto trabajó. Pero los manuscritos que hoy reposan junto a San Marcos siguen haciendo lo que él quiso de su vida, ya que siguen uniendo los dos mundos entre los que vivió. Lorenzo Valla ya lo había dicho. Entre los griegos, el más latino; entre los latinos, el más griego.




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