A las cinco de la madrugada, Valladolid fue un espectáculo de relámpagos que iluminaban el final de la primavera. A cada relámpago le sucedía un trueno en una conga de crujidos que calculé a dos kilómetros del lado oeste de mi cama, que parecía el piano de Kim Lawrence . El otro lado, el este, permanecía frío, sin restos de vida ni de muerte y con una almohada virgen haciendo guardia, sin forma alguna. «Podría mudarme a ese otro mundo», pensé. «Ir de visita armado con los viejos planos, a ver si los truenos suenan igual mirando lo contrario». Pero la luz de los rayos era constante y convertía la habitación en el flash de una cámara que estuviera intentando...
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