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La «revolución» ilustrada de Jovellanos

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Toda persona admirable y diligente necesita un respiro. Parar para reflexionar y continuar. Una pausa quizá breve, pero que en el caso del retratado por Francisco de Goya y Lucientes se hizo inmortal. En «Gaspar Melchor de Jovellanos» (1798) el artista de Fuendetodos retrató al político ilustrado con un gesto pensativo. No de cansancio ni hartazgo, sino más bien del análisis necesario para llevar a cabo un acto con sentido. Pintó Goya a Jovellanos en su calidad de Ministro de Gracia y Justicia, ante su mesa de trabajo, con numerosos documentos y una escribanía de plata. De tal manera que, a la vez que reproducía su más íntima psicología, dejaba candente el carácter trabajador y meditativo del también escritor y jurista. «Como en el magnífico retrato de Goya, Jovellanos a veces parece vencido por la melancolía. Pero siempre volvía a empezar con entusiasmo y dedicación absoluta. Era un hombre optimista, pero exigente: fue un trabajador infatigable, escribió miles de páginas, luchaba una España mejor», explica Benigno Pendás, actual presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Consejero de Estado y letrado de las Cortes Generales. Es ese lado íntimo y humano uno de los que saca a relucir en unas páginas que se incorporan en la colección «Españoles inminentes», publicada por Taurus, celebrándose como el primer ilustrado en acceder a la documentada lista. Publica «Jovellanos. Ilustración para españoles», una obra en la que presenta al político como el arquetipo de aquellos reformistas que pretendían situar a España en la Modernidad europea en pleno Siglo de las Luces.

La trayectoria de Jovellanos fue sobresaliente. Lo muestra Pendás en una biografía sobre un asturiano ejerciente, estudiante en Alcalá, magistrado en Sevilla y triunfador en la corte madrileña. Aborda el «destierro» que vivió en su Gijón natal, desde donde escribió su fundamental Informe de Ley Agraria, así como su proyecto educativo. «El gran tema de los ilustrados, en Francia, España y en todas partes, era la educación», afirma el autor, añadiendo que en el caso del político «fue la gran obsesión de su vida, desde la enseñanza primaria a las Reales Academias, buscando siempre la practicidad y lo útil. Así, creó en Gijón un Real Instituto de Náutica y Mineralogía, genuino antecedente de las escuelas de Ingeniería». Presenta, por tanto, un amplio retrato sobre el que también fue fugaz ministro de Justicia con Godoy, sin dejar atrás las mayores complejidades de su recorrido: tras ser expulsado de la corte y prisionero en Mallorca, Jovellanos fue liberado en el motín de Aranjuez, optando por el bando patriota en la Guerra dela Independencia. Una figura ejemplar y de vida «apasionante. Tiene momentos de éxito y de fracaso. En la Guerra estuvo a favor de su patria, pero siempre desde una posición ilustrada y nunca absolutista», subraya Pendás.

La «tercera España»

Si cabe destacar una tesis de la biografía de Pendás esa es la perspectiva que propone hacia la historia ilustrada de España. A diferencia de pensadores como Menéndez Pelayo y Ortega y Gasset, que no incluían a nuestro país en el mismo nivel que Francia o Inglaterra, el autor defiende a través de la figura de Jovellanos que sí existió una Ilustración «a la española», y no sólo brotes aislados y periféricos. «La Historia de España tiende a menospreciar el siglo XVIII», observa Pendás, «incluso con el falso argumento de que fue una simple copia del modelo francés. Por fortuna, desde la Transición democrática se recupera el legado reformista y patriótico de la Ilustración». Una herencia, asegura, de la que «tenemos mucho que aprender».

En una actualidad política y jurídica compleja, apunta el autor que «es necesario aplicar la razón y el sentido común» que se implantó en el siglo de las Luces. Es así cómo se evitarían «los extremismos propios de una pasión descontrolada. Hay que aprender a dialogar, evitar los insultos y descalificaciones, defender las propias convicciones con respecto al adversario. Es una ''revolución'' en las formas de convivencia frente a la sociedad polarizada de nuestro tiempo». Una realidad ante la que, opina Pendás, Jovellanos no se quedaría precisamente de brazos cruzados: «Conociendo su carácter, sentiría tristeza e indignación ante la situación política actual. Hubiera sido un gran personaje de la Transición, por su altura de miras. Por eso mismo rechazaba a los oportunistas, por ejemplo a Godoy», repasa Pendás.

El Consejero defiende, en definitiva, que conocer la historia de Jovellanos conlleva «aportar un estudio objetivo de la España ilustrada». Acerca al personaje sin prejuicios tanto al público especialista como al general, con el objetivo de huir de esa «tercera España» que «debemos reforzar frente a los extremistas dogmáticos», concluye.




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