No toda innovación merece aplauso; hay quien innova creando y quien innova corrompiendo, y a Pedro Sánchez hay que situarlo, sin eufemismos, en el segundo grupo. No es un político vulgar ni un superviviente afortunado de la fragmentación parlamentaria; ojalá lo fuera, porque entonces el problema se iría con él. Lo suyo es más grave y más duradero: ha comprendido antes que nadie que la cultura política nacida en la Transición podía vaciarse desde dentro sin necesidad de romperla. Lo que algunos han celebrado todos estos años como audacia es, en realidad, una forma elegante de degradación: conservar intactas las reglas mientras se anula aquello para lo que fueron escritas. La cultura política de la Transición se construyó sobre una...
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