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Un punto de inflexión en el experimento americano

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La segunda presidencia de Donald Trump es un reto democrático imprevisible cuyo clímax, para bien o para mal, está por llegar. El 250 aniversario de la república marca un nuevo punto de partida para la ascensión, o declive, del experimento americano.

El famoso historiador británico John Bagot Glubb aseguró, en 1977, que los imperios declinan cada cuarto de milenio. Sin embargo, y muy a pesar del actual inquilino de la Casa Blanca, quien celebra años no es un imperio sino una república que, hasta ahora, nunca se había enfrentado a un líder como el magnate neoyorkino.

Para algunos carismático, para otros un megalómano con aspiraciones dictatoriales que ha abierto el camino que los padres fundadores más temían: la llegada de un presidente que, como Julio Cesar, cruce el Rubicón y convierta en papel mojado la garantías y libertades de la Constitución de 1776. La comparación con el Imperio Romano es limitada, pero es útil para pensar en las tensiones institucionales que, una y otra vez, se reproducen a lo largo de la historia.

César, y, posteriormente, Augusto aprovecharon la polarización política, el descrédito de las élites y las crisis recurrentes para concentrar el poder. Las instituciones republicanas no desaparecieron de repente. El truco político consistió en desgastarlas lentamente hasta que sólo fueron una formalidad y perdieron su capacidad real de limitar el poder absoluto. La historia es un ciclo que a veces se repite como una mala digestión.

De aquellos tiempos convulsos se pueden establecer ciertos paralelismos con la era Trump: la división de la ciudadanía, la desconfianza hacia las élites tradicionales, el liderazgo personalista y el cuestionamiento de las normas políticas. No obstante, Roma carecía de una constitución escrita y venerada, de un poder judicial moderno e independiente, de elecciones de masas, medios de comunicación libres o un ejército profesional subordinado a instituciones civiles. La comparación sirve más como una advertencia sobre el peligro de la erosión de las instituciones democráticas.

¿Qué está en juego?

En pocas palabras: los críticos de Donald Trump aseguran que su Administración ha cambiado el rumbo de la progresión democrática estadounidense. Porque la República no se construyó en un día. Estados Unidos experimentó cinco grandes avances que ampliaron quién podía participar en el sistema político y cómo se protegían los derechos de los ciudadanos.

El primero fue la creación de la república constitucional (1787-1789) basada en la separación de poderes y un sistema de pesos y contrapesos para evitar dictadores. Luego se aprobó la Carta de Derechos que garantizó la libertad de expresión, religión, prensa y reunión. Aunque esta no fue real del todo porque excluía a mujeres, esclavos y gran parte de la población sin propiedades.

El segundo avance llegó tras un período sangriento y fratricida, la Guerra de Secesión (1861-1865), tras la que nacieron tres Enmiendas revolucionarias: la Decimotercera, la cual abolió la esclavitud; la Decimocuarta, que definió la ciudadanía y estableció la igualdad ante la ley; y la Decimoquinta, que prohibió negar el voto por motivos raciales. Aunque no fue suficiente. En el sur persistieron los mecanismos de segregación y supresión del voto.

El tercer avance llegó con la Decimonovena Enmienda que, en 1920, concedió el derecho al voto a las mujeres. La importancia de ese momento no puede ser subestimada porque incorporó políticamente a la mitad de la población y transformó la representación y las prioridades de las políticas públicas. Algo que resultaría fundamental para el cuarto avance: el movimiento por los derechos civiles y la democracia multirracial (1950 a 1970). Los cronistas actuales lo consideran como una «segunda fundación».

El quinto avance fue la expansión de la participación política y de los derechos electorales para garantizar un proceso electoral más inclusivo. Así surgió la Decimoséptima Enmienda, con la que se estableció la elección directa de los senadores, y la Ley de Reorganización Electoral de 1971. Se ampliaron los derechos de la ciudadana hasta que los ataques contra las Torres Gemelas de 2001 y las consecuentes guerras en Asia y Oriente Medio abrieron la puerta a la Patriot Act de George W. Bush, que fue el inicio de la espiral de amenazas para los derechos fundamentales de los estadounidenses.

En esos lodos políticos se gestó el ascenso de Donald Trump. Ahora, la cuestión es si su presidencia refuerza la democracia, o es el principio del ocaso de la república. Sus seguidores aseguran que da voz a sectores de la población alejados de las élites políticas y mediáticas, además de consolidar el carácter competitivo de la democracia al desafiar consensos establecidos en comercio, inmigración, política exterior y globalización. Sus detractores lo consideran una amenaza. Un César moderno que cuestiona hasta el extremo la legitimidad de las instituciones y los procesos electorales, como demostróel asalto contra el Capitolio que teledirigió tras la derrota electoral de 2020.

La era Trump supone un gran reto para los cinco grandes avances históricos descritos anteriormente, sobre todo porque el presidente mina la confianza de la ciudadanía en las conquistas democráticas de la República como la igualdad jurídica, las libertades civiles y la transferencia pacífica del poder. En este sentido, la última pregunta es la más importante y peligrosa: llegado el momento, ¿el magnate neoyorkino accederá a dejar la silla del poder? El gran examen de la democracia estadounidense está por llegar.




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