Si el sonido del verano es el clac, clac, clac , hay una imagen que, de Barcelona a la Línea de la Concepción, de Cartagena a Norteña, nos define como perdedores de la poca decencia que nos queda. Y es que ya saben que hay personas que interpretan el verano como una autorización al 'todo vale' para hacer cosas que el resto del año serían impensables. No hablo de pedir un café con hielo o de dormir la siesta con la ventana abierta. Me refiero a esos individuos que consideran perfectamente razonable entrar en un restaurante sin camiseta, sentarse a una mesa, pedir unas gambas a la plancha y discutir con el camarero el punto del rodaballo mientras exhiben el...
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