«Pensábamos que sería solo durante el verano. Mi madre ya no podía quedarse sola mientras nosotros estábamos fuera y una estancia temporal nos parecía la mejor solución. Al principio no quería ni oír hablar de una residencia . Decía que aquello no era para ella, que prefería seguir en su casa. Pero bastaron unas semanas para que cambiara completamente de opinión . Empezó a participar en las actividades, hizo amistades, volvió a ilusionarse con pequeñas rutinas que había ido perdiendo desde que enviudó y recuperó una tranquilidad que nosotros también necesitábamos. Cuando llegó septiembre, fue ella quien nos dijo que quería quedarse. Entendimos entonces que no estaba renunciando a su vida, sino empezando una etapa distinta», reflexiona Inés R. Su...
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