Pedro Simón: "Creo en lo profundamente humano"
Este periodista –perdón, reportero: no es exactamente lo mismo– atraviesa un momento dulcísimo como escritor después de batirse el cobre durante años en el polvorín de las redacciones de periódico, por cuyo trabajo ha cosechado diversos galardones. Hace un lustro obtuvo el Premio Primavera de novela por «Los ingratos», primer título de la que ha sido bautizada como Trilogía de la Familia. Ahora acaba de publicar «Lo inesperado» (Espasa).
–Hoy día se habla mucho de la empatía. Usted ha encontrado en los desheredados y en los desasistidos su territorio periodístico y literario. ¿Es empatía, sensibilidad, solidaridad o un modo de reparar las propias heridas?
–Pues seguramente una mezcla de todo eso. Yo creo mucho en eso que dice Sherry Turkle en su libro «En defensa de la conversación», que las nuevas tecnologías están acabando con los viejos valores. Y habla, sobre todo, de que nos estamos cargando la capacidad de introspección porque no podemos estar con nosotros mismos: cada cinco minutos miramos Google, el correo electrónico, etcétera. Y el otro viejo valor que, según Turkle, se están cargando las nuevas tecnologías es la capacidad de empatía. Porque para dar el pésame muchas veces mandamos un emoticono. Yo creo en lo profundamente humano. La palabra cuidar viene del latín «cogitāre», que significa «pensar». De tal modo que el aserto cartesiano «cogito ergo sum» no solo sería «pienso, luego existo», sino también «cuido, luego existo», y yo creo en eso, en que cuidar nos hace humanos. Vivimos en tiempos en los que tratamos a las máquinas como si fueran humanas y a los humanos como si fueran máquinas. Esta es la gran paradoja.
–¿Las noticias sociales y culturales deberían abrir las páginas de los periódicos, por delante de la política?
–Creo en lo que dicen los resultados, tú lo sabes: a la gente le interesa mucho más (y cuando hablo de la gente me refiero a la banda ancha, a la «mayoría») la historia de alguien que no llega a final de mes, o que tiene un problema de salud irremediable y te habla de la muerte, el dolor, la soledad o la incomprensión, que cosas que le interesan al poder y que están sobrerrepresentadas en los medios y tienen una trascendencia relativa. Lo que dicen los datos en los medios es que las historias que más suscriptores y permanencia tienen, las que más gente lee, son las que hablan de lo humano, de nuestras cosas descosidas, de nuestros insomnios, del dolor, de las heridas.
–Porque en ese espejo turbio nos vemos reflejados, y en el otro no.
–Sí, claro, eso somos nosotros. De tal manera que cuando ves a alguien muy dañado no puedes evitar pensar que acaso sea un espóiler de lo que tú vas a acabar siendo, o alguien muy querido por ti.
–Bueno, el abismo está ahí para todos. En una décima de segundo puedes estar en el otro lado.
–Sí. Y a lo mejor nosotros acabamos de hablar, miramos el teléfono y tenemos una noticia que nos explota la cabeza como si fuera una bolsa de palomitas. Y que te cambia la vida para siempre. Estamos a un milímetro de un derrumbe descomunal, por eso conviene inventariar lo bueno a cada instante. Porque hay mucho mucho bueno de lo que pasamos de largo muchas veces.
"El poder periodístico está absolutamente embridado por el poder político y este por el poder económico"
–Hablábamos de la política, ¿qué está pasando en España? ¿Los excesos de los políticos están poniendo en peligro la convivencia que logramos tras la larga dictadura?
–Mmm. Creo que vivimos en tiempos de ruido. En tiempos en los que el motor fundamental es el miedo, que te invita a hacer muchas cosas malas: a traicionar, a fallarte a ti mismo... Hacemos muchas cosas por miedo, y eso es un problema. Y luego tenemos el país que tenemos, que a veces es muy ridículo. Si hoy Pedro Sánchez dijese que le encantan las mandarinas, media España dejaría de comer mandarinas; y si Ayuso dijese que le encantan las zanahorias, media España dejaría de comer zanahorias. Y esto me parece muy pueril.
–Se ha curtido en las redacciones y ha logrado sobresalir con esfuerzo y ambición, o ganas. ¿El periodista medio, común, da mucho más de lo que recibe?
–Sin ninguna duda. Esta profesión está muy maltratada, y creo que esto es deliberado. Un periodista que tiene miedo a no llegar a final de mes, y vuelvo al miedo, es un periodista que está dispuesto a decir muchas cosas en muchas tertulias con argumentarios que te vienen desde los partidos, porque así sí que llegas a final de mes. No hay ninguna profesión que se haya devaluado tanto como la nuestra. Hay redacciones en este país que llevan décadas sin que les suban el IPC. Digo el IPC, no te digo una subida salarial, no, el IPC. Estamos en un ecosistema en el que han cerrado la mayoría de los puntos de venta de periódicos en papel y en el que el poder periodístico está absolutamente embridado por el poder político y este está absolutamente embriagado por el poder económico. Entonces, como en un juego de muñecas rusas, nosotros, los periodistas, somos la figurita más pequeña y la más vulnerable.
–¿Los libros, y más si tienen éxito o son premiados, son ese chorro de luz y ese beso que todo periodista anhela recibir?
–Bueno. Es como tener dos parejas a las que quieres mucho. Esto que decía Machín, que se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco, y creo que eso pasa entre el periodismo y la literatura. Para mí todo esto es inesperado. Lo que está sucediendo con mis novelas, quiero decir. Yo me considero más reportero. En cualquier caso, las dos cosas van de llevar a la gente de viaje. Que un reportaje es llevar a la gente de viaje y escribir una novela también. La gran diferencia es que cuando escribes un reportaje eres un gran esclavo, porque no puedes cambiar nada de la dura realidad que tienes delante, pero cuando escribes una novela sí que puedes ser un pequeño dios. Porque sí puedes configurar todos los finales. Me considero un privilegiado por la posibilidad de seguir contando historias que creo que nos conciernen a todos, y que tienen que ver siempre con las piezas rotas del mecano.
–De hecho, sus novelas son las de un cronista, las de un hacedor de reportajes.
–Sí. Siempre desde lo pequeño, desde mi barrio. Creo que no sería capaz de contar una historia que no suceda en mi calle o en mi barrio o en mi edificio. No me atrevería a contar la historia de un asesino en Manhattan en el siglo XIX, o de un vendedor de periódicos escandinavo. No me veo contando eso. En cambio, sí me veo contando la historia de un autobusero de Carabanchel o de una chica que trabaja en un supermercado en Arganda del Rey. Ahí sí me veo llegando, pero a lo otro no. Y esto nos viene, yo creo, del reporterismo, de la calle, de la observación, del interés por lo pequeño siempre, y de saber que hay muchas historias absolutamente desconocidas que nunca aparecerán en un periódico pero que habría sido maravilloso contarlas. Siempre digo que todos podríamos ser protagonistas de una novela o de un reportaje, la cuestión es que tú me contases la parte de tu vida que daría para un reportaje o una novela. Y casi siempre tiene que ver con algo jodido, con algo que tratamos de esconder, y también, seguramente, con algo restañado, con algo que ya tenemos ahí arreglado. Y todo ese proceso a mí me parece ejemplar, y por eso creo que merece la pena contarlo.
–Le advierto que hay gente que no sabe el novelón que daría su vida. Porque siempre ha vivido con una desgracia terrible y piensa que eso es lo normal.
–Totalmente.
–Y establecería aquí una analogía con algo que siempre he pensado, que no hay buenos escritores si no hay buenos lectores. Si escribes para una cabra, la cabra nunca va a tener la sensibilidad para captar tus emociones.
–Sí, sí. Me gusta eso de poner la carga de la prueba en el que lo recibe. Porque sí que creo que es así. Igual que creo que hay novelas que se leen y novelas que te leen. Y casi siempre son más interesantes las segundas, esas que te leen y que parece que te están atravesando, que te están interpelando, que te están hablando de ti.
–Hay partes de su Trilogía de la Familia que retrotraen poderosamente a la serie «Cuéntame». Aquella España salvaje, precaria, maravillosa. ¿Más allá de sus temáticas son homenajes a la infancia?
–Creo que todas encierran un homenaje a nuestra versión sin estropear, y esa versión casi siempre tiene que ver con la infancia, sí, y con el verbo «desambicionar». También la gente mayor conjuga muy bien ese verbo. Los taladrados, los aplastados somos los que estamos todo el día ambicionando. Ambicionando que te reconozcan el trabajo, que te suban el sueldo, que te hagan más casito, que te quieran más. Pero los niños están en otra pantalla de la «play», y los abuelos también. Y creo que por eso tienen una luz ejemplar más interesante.
–De hecho, los extremos se tocan. La vejez, al fin y al cabo, es volver a la niñez, pero jodido.
–¡Claro! Y por eso hay una tirolina emocional fastuosa entre los abuelos y los nietos.
–Porque hablan el mismo lenguaje.
–Claro. Porque hablan el mismo lenguaje, sí, sí. Y porque sus ropajes son menos impostados.
–Esta sección lleva por título «¿Tienes fuego?». Señor Simón, ¿tiene fuego?
–[Largo silencio]. Tengo fuego para salvar. Me viene a la cabeza aquel poema de Cocteau que decía: «Mi casa estaba en llamas y solo podía salvar una cosa. / Decidí salvar el fuego».
