En el espacio Ricardo Lorenzo del Colegio de Arquitectos de Cantabria, en Santander, se expone estos días la exposición 'Las arquitecturas del Festival', comisariada por Lucía Arrarte, Marina Bolado y Jorge Villamor. El planteamiento es humilde y la ejecución escasa de medios, pero la colección de fotografías y algún otro documento que se muestra, con el foco puesto en los espacios utilizados, aporta una imagen evidente de lo que ha sido el Festival Internacional de Santander (FIS) durante 75 años. Creado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) como aliciente para los estudiantes, los primeros años —y así se ve en muchas fotos— tienen el encanto de lo desenfadado como puerta hacia el descubrimiento. Los conciertos inundaron pronto iglesias, teatros, jardines, plazas, cines, casonas, palacios y cuevas. Muchos de los escenarios aún permanecen en la programación a través del ciclo 'Marcos históricos'. En referencia a los conciertos más solemnes, sigue siendo inevitable citar la Plaza Porticada y, llegados los noventa, el multidisciplinar Palacio de Festivales de Cantabria, cuya discutible arquitectura se ha convertido en un elemento esencial de la ciudad y de su vida musical. A través de esta exposición y otras actividades, el Festival Internacional de Santander mantiene activa la memoria de un evento que, este año, se ha inaugurado con dos representaciones de 'La flauta mágica', lo que ha servido para recuperar un género que añade un sello de calidad y, en este caso, también de utilidad. De la colaboración del FIS y del Encuentro de Música y Academia, de la Fundación Albéniz, ha surgido la incorporación de la Orquesta Sinfónica Freixenet con alumnos de distintos centros musicales de Europa. En paralelo, se ha creado la nueva Academia Vocal de Cantabria dispuesta a apoyar a jóvenes cantantes, facilitar el coro de las representaciones y designar los papeles de partiquino. Su director es Marco Antonio García de Paz, del mismo modo que David Afkham, hasta hace poco director titular y artístico de la Orquesta y Coro Nacionales de España, se ha responsabilizado de la dirección musical general. El tercer apoyo es el del tenor Rolando Villazón, responsable de la dirección escénica a partir de la producción que él mismo estrenó el pasado mes de enero en la Mozartwoche de Salzburgo, conmemorando el 270º aniversario del nacimiento de Mozart y los 70 años del festival. Todo ello lleva al entusiasmo general tras la representación del miércoles: a los muchos aplausos que acompañaron los saludos finales, a los globos flotando por la sala como fin de fiesta y a la sensación de haber vivido una verdadera celebración. Villazón se presentaba en España como director de escena, actividad añadida a la de novelista, divulgador y gestor musical que actualmente compensa con algunas apariciones como cantante, mucho más medidas desde que los problemas vocales le obligaron a reinventarse profesionalmente. En este contexto, 'La flauta mágica' es una especie de ensoñación en la que suma muchas de sus inquietudes y varias referencias históricas avaladas por la documentación recuperada por el dramaturgo Ulrich Leisinger, director de la 'Neue Mozart-Ausgabe' (Nueva Edición Mozart) y la Edición Digital Mozart, proyecto de la Fundación Mozarteum de Salzburgo. Así es como el propio Mozart, gravemente enfermo, se arrastra de la cama al piano, mientras delira sobre 'La flauta mágica' cuya representación va a girar a su alrededor. El compositor muere al final rodeado por su esposa e hijo, mientras se escucha el 'Lacrimosa' del 'Réquiem', para resucitar de inmediato elevado mediante un trapecio a las alturas y acabar guiñando el ojo a los espectadores en signo de complicidad. El actor Vitus Denifl es un Mozart infalible. Villazón maneja con habilidad muchos elementos escénicos conocidos. El primero es el patrón narrativo del 'monomito' o 'viaje del héroe,' tal y como lo estudió Joseph Campbell. La muerte y resurrección es un gesto dramatúrgico que adoptan incluso los grandes superhéroes contemporáneos, de los que Mozart parece formar parte a pesar de sus casi tres siglos de existencia. No es despreciable el hecho de que a su alrededor los objetos cobren vida: el reloj de pared que se mueve, los telones superpuestos en los que aparecen ventanas, la llegada de animales fantásticos y caricaturizados, las sombras proyectadas. La propuesta de Villazón es imaginativa, suficientemente rica en recursos y cercana al cuento. No es tan mágica como cabría esperar porque el diseño lumínico de Stefan Bolliger no acaba de aportar un halo de inmaterialidad que sí hay sobre un escenario que juega muy bien entre lo terrenal y lo imposible. En ello está la Reina de la noche que hace su aparición desde el cielo, sobre una luna, y vuelve elevada de nuevo a las alturas sobre un gran manto en el que surge el famoso cielo de estrellas que dibujó Karl Friedrich Schinkel para la famosa producción de 1815. El efecto final que produce la escena llega de la mano de la soprano estadounidense Kathryn Lewek quien resuelve estupendamente la dificultad de sus dos grandes arias: 'O zittre nicht, mein lieber Sohn' como ejemplo de precisión y expresividad, firmeza en la coloratura y en el fraseo; y 'Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen', la más temida, como proyección de autoridad. Kathryn Lewek volverá al FIS el próximo 22 de agosto, en una gala lírica junto al tenor Piotr Beczala, la Orquesta Sinfónica de Bilbao y el director José Miguel Pérez Sierra. Ella formó parte del reparto de esta producción en Salzburgo como también la gran mayoría de los intérpretes. Por ejemplo, el barítono británico-ruso Theodore Platt quien convierte a Papageno en un hombre de la calle, un ser excéntrico pero de inmediata humanidad. Vitalidad, gracia, dotes de actor, poderosa voz y buen gusto adornan su interpretación, con el aliciente de levantar alguna risa, como corresponde a la naturaleza del personaje. La soprano estadounidense Emily Pogorelc presenta a Pamina con musicalidad y legato. La aplaudida aria 'Ach, ich fühl's, es ist verschwunden' demuestra la altura de su interpretación. La desnudez expresiva y la sencillez de la línea son representativas de una voz sin complejos que surge con poder en la zona central y que, a veces, se distorsiona ligeramente en los registros extremos. Queda, entre los veteranos, Franz-Josef Selig descendiendo al inframundo en 'In diesen heil'gen Hallen', con profundidad y también dulzura. Su imponente presencia física hace de él un Sarastro cuya nobleza quedó demostrada en el aria 'O Isis und Osiris', particularmente benevolente. Entre los nuevos en el reparto está el cubano Daniel Domínguez, un formidable y penetrante Manostatos —nombre del personaje vindicado por la producción a partir del autógrafo de Mozart—; Sofía Esparza representando una entrañable Papagena y Javier Camarena defendiendo a Tamino. Camerena, cantando con refinamiento y un acabado menos lírico que antaño, mantenine la capacidad para transmitir el enamoramiento idealizado del personaje. Se maneja con medios vocales depurados, sin vibrato ni efectos dramáticos. Como elogio general de la producción queda la calidad global del reparto, lo que incluye a estupendos secundarios, bien sean las tres damas o los genios, con el apoyo de miembros del coro desde el foso. En 'La flauta mágica' de Santander todo ha jugado a favor de la obra, porque si la Academia Vocal de Cantabria ha tenido a un maestro excelente como Marco Antonio García de Paz, quien la ha preparado hasta conseguir algo realmente compacto, el grueso de la producción se ha sostenido sobre la estupenda versión de David Afkham, capaz de convertir la obra de Mozart en una deliciosa vivencia. Hay un mérito añadido en la manera en la que ha implicado a la Orquesta Freixenet a través de un sonido redondo, un volumen bien posicionado y, sobre todo, un cómodo acompañamiento para los cantantes. La interpretación, serena y bien afirmada, tuvo clase, estilo y sentido narrativo. Con Afkham se completa el equipo artístico de una producción que ha conseguido, en la inauguración del Festival Internacional de Santander, reafirmar el valor de lo bien hecho y de lo consistente, paradójicamente en una tarde climatológica inestable.