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El balneario inexpugnable donde Xi silencia el pánico económico y fulmina a la cúpula disidente

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La costa de Bohai alberga el enclave donde históricamente el régimen chino ha trazado sus giros más radicales. Fue a 300 kilómetros de la capital, en Beidaihe, donde Mao Zedong orquestó el trágico Gran Salto Adelante y el bombardeo de Kinmen en 1958, y donde Deng Xiaoping pergeñó su campaña anticrimen en 1983. Hoy, las villas de Qinhuangdao son un búnker custodiado por bloqueos militares y biometría facial. Allí, la cúpula comunista no descansa; opera un gabinete de crisis cercado por la urgencia. La prioridad es sofocar el pánico ante un modelo económico agotado, asegurar la soberanía tecnológica frente al intervencionismo de Washington y decapitar a la cúpula disidente. Todo este aparato responde al mandato de liquidar el debate sobre la sucesión y blindar la verticalidad de Xi Jinping de cara al decisivo 21º Congreso de 2027.

Septiembre someterá a prueba la resistencia china. Xi aterrizará en Estados Unidos para confrontar a Donald Trump en plena escalada de contención, con prohibiciones de exportación de chips avanzados, bloqueo al desarrollo conjunto de IA y guerra de aranceles. Alinear a los veteranos del partido con el núcleo duro para articular la represalia comercial contra sus adversarios, monopoliza la agenda de este aislamiento clave.

Extinción de los clanes y zar septuagenario

Históricamente, la informalidad del retiro de Beidaihe otorgaba a las élites políticas jubiladas el margen necesario para escrutar las decisiones del líder supremo y equilibrar las cuotas de influencia. Esa diplomacia de pasillos ha sido aniquilada. Bajo una incesante campaña contra la injerencia política, la voz de los líderes retirados ha sido exterminada. Para blindar su hiperliderazgo, Xi ha abolido la norma estatutaria de la ortodoxia comunista que exigía el retiro de la élite al cruzar la frontera de los setenta años.

El presidente ha entregado el control operativo del Estado a una reducida guardia de veteranos incondicionales. En esta lógica de atrincheramiento emerge la figura de Cai Qi. Su nombramiento como presidente de la influyente Escuela Central del Partido sitúa a este al frente de la academia que moldea a los futuros dirigentes, mientras el líder supremo fulmina cualquier expectativa sobre la preparación de un sucesor a corto plazo.

Cai pertenece al núcleo duro forjado en las provincias de Fujian y Zhejiang. A pesar de ocupar el quinto puesto en el Comité Permanente, su vasta acumulación de poder asfixia la autoridad teórica del primer ministro Li Qiang. Dirige la maquinaria de propaganda, ejerce como director de la Oficina General del Comité Central y ostenta la vicepresidencia de la estratégica Comisión de Seguridad Nacional. A su lado se consolidan figuras que superan la edad mencionada y carecen de asiento en el Comité Central, como Song Tao, encargado de la política hacia Taiwán, o Xia Baolong, supervisor supremo de Hong Kong. La longevidad en el cargo ha dejado de ser una anomalía para ser el filtro de lealtad válido en Pekín.

Óxido de la industria tradicional y miedo al estancamiento

Con el aparato político bajo control absoluto, el cónclave ha virado hacia la gestión de la economía y evitar la fractura social. La ley del silencio de la propaganda china saltó por los aires a finales de julio cuando Zhang Enhui, jefe del partido en Changchun —una urbe de nueve millones de habitantes en el 'cinturón del óxido' y motor de la automoción nacional— rompió el guion para advertir públicamente sobre los "desafíos sin precedentes" que asfixian su región. La censura borró el mensaje de pánico en horas, pero confirmó el diagnóstico que aterra al Politburó. La segunda economía mundial sufre una severa brecha sectorial. Mientras la exportación de alta tecnología resiste el pulso global, el consumo de los hogares agoniza y el desplome inmobiliario sigue devorando las finanzas municipales.

Frente a la sugestión occidental de ejecutar un rescate masivo del ladrillo y estimular el consumo, Pekín se enroca. El Gobierno ha impuesto una doctrina de mínimos basada en intervenir solo lo estrictamente necesario para salvar las cuotas anuales de crecimiento, esquivando a toda costa el sobreendeudamiento del Estado central.

La supervivencia del régimen fía todo su capital a lograr una soberanía tecnológica extrema. La única filtración oficial de la hermética cumbre confirma esta apuesta. A principios de agosto, el poderoso líder Cai Qi reunió a la élite científica del país para blindar de urgencia las bases del decimoquinto Plan Quinquenal para el periodo 2026-2030. Pekín asume que el choque comercial con Estados Unidos no tiene marcha atrás y concentra sus fuerzas en dominar las cadenas de suministro globales del futuro.

El riesgo estratégico es inminente. Un reciente informe de la firma China Galaxy Securities advierte de que el riesgo de 'desinización' del mercado se disparará durante el próximo lustro. Los expertos exigen al Gobierno resolver sus cuellos de botella tecnológicos y forjar cadenas de suministro totalmente independientes en áreas críticas como semiconductores, software básico, materiales avanzados o maquinaria pesada. El mandato final obliga a redoblar la inversión en investigación básica y potenciar los sectores emergentes para garantizar una economía de resistencia a prueba de bloqueos.

Guillotina castrense y corrupción retroactiva

Esta reingeniería del Estado exige una obediencia ciega. En el ámbito civil, la represión ha provocado la rotación inusual de nueve carteras ministeriales solo en el primer semestre del año. Pero es en el Ejército Popular de Liberación donde la sacudida ha alcanzado proporciones épicas. El mando civil ha decapitado a militares que gozaban de una inmensa protección política e influencia sobre las tropas, fulminando al vicepresidente de la Comisión Militar Central, el veterano general Zhang Youxia, y al poderoso general Liu Zhenli. Para blindar la operatividad y evitar motines, Pekín ha ascendido de emergencia al general Zhang Shuguang como nuevo jefe de la inspección disciplinaria castrense y ha entregado la comandancia de la Fuerza Aérea a Wang Gang.

La cacería interna recae sobre los hombros de Li Xi, director de la Comisión Central de Control Disciplinario. Hasta el mes de julio, este temido tribunal formalizó investigaciones contra 36 altos funcionarios del Estado. La lista incluye a siete viceministros y, rompiendo una regla tácita de inmunidad en la cúspide, a Ma Xingrui, miembro de pleno derecho del todopoderoso Politburó.

Para perpetuar el terror burocrático y desarticular las antiguas redes clientelares tejidas durante décadas, el sistema judicial ha instaurado la disruptiva doctrina de la corrupción retroactiva. Un tribunal de la provincia de Sichuan condenó recientemente a diez años de cárcel a Zhang Jianhua, antiguo subdirector de la Administración Estatal para la Defensa Nacional, tras probar el cobro multimillonario de sobornos. El dato que ha helado la sangre de la jerarquía es que la fiscalía demostró que un tercio de esa fortuna ilícita fue amasada traficando con influencias entre 2021 y 2025, años después de haberse jubilado oficialmente. El retiro político ha dejado de ser un cortafuegos penal.

El histórico retiro costero ha perdido su función como foro de consenso para la dirigencia china. Hoy es el cuartel general donde Xi liquida el reloj biológico de su sucesión, blinda a la fuerza una economía divergente, purga al alto mando militar y blinda su mandato.




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