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Fantasías olvidadas: ¿por qué falta memoria en el género de moda?

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«Pequeño, Grande», publicada por el recientemente fallecido John Crowley en 1981, fue aclamada como una de las obras mayores de la literatura fantástica del siglo XX, aunque, por supuesto, tiene sus detractores. Galardonada con el World Fantasy Award, el profesor y crítico literario Harold Bloom la añadió a su polémico canon occidental, afirmando que se trataba de un clásico infravalorado. Guste más o menos, «Pequeño, grande» es una de esas raras obras donde el cómo se cuenta es tan importante como la historia que se narra, inevitablemente posmoderna en el mejor sentido. Sofisticado ejercicio de estilo, repleto de hermosas imágenes y metáforas poéticas y oníricas, rico en juegos de palabras, paradojas, humor absurdo y especialmente afecto al oxímoron, es al tiempo una emocionante saga familiar repleta de personajes humanos –y no tan humanos–, retratados en sus peripecias vitales, dilemas morales, búsquedas y destinos personales y colectivos, con tremenda sensibilidad, humor y ternura, sin que falte nunca «sentido de la maravilla», con momentos góticos aterradores, siempre matizados por su mágico lirismo y melancolía.

La riqueza de sus referencias metaliterarias es abrumadora, comenzando por las múltiples citas a Lewis Carroll, sus Alicias y su menos conocido "Silvia y Bruno", pasando por la Teosofía y el Espiritismo, la historia de Conan Doyle y las hadas de Cottingley, Shakespeare y «El sueño de una noche de verano», Jung y Joseph Campbell, las Cruzadas, Paracelso, el Tarot, la Alquimia y la teoría de los seres elementales, Spencer y su «Faerie Queen», Giordano Bruno y el «Arte de la Memoria», Yeats y «El crepúsculo celta» e infinitas cosas más, que se imbrican en la estructura de lo que es tanto cuento de hadas para adultos como novela de amores y desamores, idas y venidas, amistades y disputas familiares, nacimientos y muertes, organizada en torno al concepto de que lo pequeño y lo grande no son sino imágenes reflejas, que se contienen la una en la otra y a sí mismas.

Perteneciente por derecho propio a esa raza de estadounidenses más ingleses que los ingleses, como Terry Gilliam o Russell Hoban, Crowley ejercita en «Pequeño, grande» una capacidad fabuladora tan enorme pero al tiempo tan aparentemente fácil, que pone en evidencia la simpleza filosófica y moral del «fantasy» estilo Tolkien, emparentándose con autores como Nabokov, Borges, Pynchon o Cortázar. Quizá, ese haya sido su «problema»: formando parte del entorno de la ciencia ficción y la fantasía, sus ambiciones superan cualquier etiqueta, por lo que parece quedarse en algún extraño limbo de la literatura, ignorado a menudo tanto por los aficionados a la fantasía como por quienes no frecuentan el género. En España, Minotauro publicó en 1989 «Pequeño, grande», fue reeditada en 2011 por Factoría de Ideas y hoy se encuentra (es decir: no se encuentra) descatalogada. También Minotauro comenzó a editar su serie de fantasía hermética y metafísica «Aegypto», dejándola inconclusa. Su novela de 2017 «Ka: Dar Oakley in the Ruin of Ymr», ganadora del Mythopoetic Award y finalista del World Fantasy Award, permanece inédita. Las pocas obras de Crowley editadas en nuestro país están prácticamente agotadas y se pide por ellas en internet cantidades obscenas. Triste epitafio para el escritor fallecido el pasado ocho de agosto.

El caso Catling

En 2022 nos dejaba también el británico Brian Catling, talento renacentista, pintor, escultor, profesor, fotógrafo, poeta y artista multimedia que comenzó su carrera como novelista tardíamente, en 2007, confirmándose como nuevo maestro de la literatura fantástica extraña con la publicación en 2012 de «Vorrh. El bosque infinito», primer volumen de una trilogía ambientada en una suerte de universo colonial alternativo, situado entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, centrándose en un escenario africano: la imaginaria ciudad de Essenwald, expresión perfecta del espíritu colonial e imperial, llevada piedra a piedra y edificio a edificio desde el centro de Europa hasta su ubicación en África, al borde de una jungla conocida como el Vorrh (equivalente selvático del Veldt sudafricano). Publicada en España por Siruela, estamos ante un extraordinario cruce entre Dickens y «El mundo del río» de Farmer, entre Conrad y el «Gormenghast» de Peake, entre Henry James y el steampunk, Julio Verne y David Lynch, Rider Haggard y Pynchon, que ha encontrado entre sus admiradores a Iain Sinclair, Alan Moore, Michael Moorcock, Philip Pullman, Neil Gaiman o Terry Gilliam, quien ha afirmado lo mucho que le gustaría adaptar el libro al cine. Por desgracia, sus escasas ventas interrumpieron la publicación de la trilogía tras el primer volumen.

Pese a que su novela «Earwig» (2019) fuera llevada a la pantalla por Lucille Hadzihalilovic, sigue inédita entre nosotros. Solo recientemente, la atrevida editorial Aristas Martínez tuvo la osadía de publicar una de sus últimas obras: «La montaña hueca» (2021), en traducción de Javier Calvo, donde la aventura sangrienta, el humor negro, la sátira religiosa y social, la alegoría y el símbolo construyen una narrativa atmosférica, sobrenatural y apocalíptica, recontextualizando el arte de El Bosco, Brueghel y su escuela en un nuevo y singular escenario ucrónico renacentista. Es dudoso que otras editoriales españolas se decidan a seguir su ejemplo.

Estos dos grandes autores de literatura fantástica son solo el pico de un iceberg que se derrite, formado por escritores cuya personal forma de abordar el género está siendo borrada casi sistemáticamente del panorama editorial por toneladas de insípidas fantasías inspiradas en Tolkien o sus modernos continuadores, como George R. R. Martin o Brian Sanderson, por no hablar de fenómenos como el "romantasy". Fenómenos contra los que nada tenemos que objetar. Salvo que estén inundando el mercado, que a veces no den la más mínima talla literaria y que estén monopolizando el término fantasy y hasta el de literatura fantástica, sumergiendo en el olvido aquellas obras con mayores ambiciones literarias, dirigidas al lector adulto de cualquier edad (que lo hay entre los adolescentes, como abundan los lectores adolescentes y hasta infantiles entre los adultos), que necesita también disfrutar con otras concepciones de lo fantástico.

Fantasías olvidadas

Mientras las librerías se abarrotan de fantasías épicas y románticas más o menos oscuras, más o menos color rosa, repetitivas y pueriles, pasan desapercibidas reediciones como la de "La Serpiente Uróboros" (1922) de Eric Rücker Eddison, rescatada por Albo & Zarco con prólogo de Maica Rivera, anterior a Tolkien y que muchos consideran superior a este. De Eddison permanece inédita su «Trilogía de Zimiamvia» (1935-1958). De la serie de novelas fantásticas satíricas iniciada por James Branch Cabell con «Jurgen» (1919), admiradas por Mencken, Edmund Wilson o Sinclair Lewis, solo esta se ha publicado. Desapercibidas pasaron «La magia del monje» (1931) del misterioso Alexander De Comeau o "Historia de la Llanura Esplendente" (1891) del prerrafaelista William Morris, publicadas por Valdemar y Cátedra respectivamente. Autoras como Tanith Lee, Andre Norton, Mary Stewart o Evangeline Walton; escritores como Charles Williams (el británico), Fletcher Pratt, Mervyn Peake e incluso más modernos como Philip J. Farmer, siguen poco o mal editados entre nosotros, muchas de sus obras agotadas. Tesoros de fantasía que corren peligro de ser devorados por el dragón del fantasy comercial, sin que las nuevas generaciones lleguen siquiera a conocerlos.




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