Rusia vuelve a poner las urnas alemanas en el punto de mira
Eric Stehr no esperaba que su campaña electoral empezara así. El estudiante, candidato del partido de izquierda Die Linke al Parlamento regional de Sajonia-Anhalt, tuvo que ver cómo en redes sociales circulaban vídeos en los que se le atribuían crímenes y escándalos inexistentes, desde el supuesto asesinato de su abuela para quedarse con una vivienda hasta la organización de fiestas sexuales clandestinas en una universidad alemana.
No hay investigación por asesinato ni rastro de esos supuestos escándalos, pero ese tampoco es siempre el objetivo de la desinformación: a veces basta con arrastrar a un candidato a un terreno absurdo, obligarle a defenderse de algo que no existe o llenar la campaña de una sospecha que tarda más en desmontarse que en circular. Alemania enfrenta en septiembre elecciones regionales en Berlín, Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental pero parte de esa campaña ya se libra en vídeos falsos que imitan el estilo de los grandes medios alemanes y que buscan presentar al país como una comunidad dividida, cansada de sus élites y enfrentada entre este y oeste. No es nuevo que Rusia intente influir en el debate alemán, lo novedoso es el grado de precisión con el que la operación baja ahora al terreno regional, allí donde un candidato poco conocido puede convertirse en protagonista de una mentira diseñada a miles de kilómetros.
Dentro de "Matrjoschka"
La campaña se vincula con la "Matrjoschka", también conocida como Overload, una operación de influencia rusa que desde hace tiempo utiliza la apariencia de medios occidentales para mover relatos favorables al Kremlin o dañinos para sus adversarios. En este caso, los vídeos aparecen con logos y diseños que recuerdan a los periódicos Frankfurter Allgemeine Zeitung, Die Zeit, Süddeutsche Zeitung o la propia televisión pública ARD. Es una forma de robo de identidad periodística: se toma prestada la credibilidad de una marca reconocida para cubrir con ella una historia fabricada.
Según algunos medios alemanes, se han localizado ya más de 180 publicaciones falsas en X o TikTok antes de los comicios del próximo mes. El repertorio es amplio, aunque la intención política resulta reconocible. Hay vídeos que atribuyen a candidatos de la Unión Cristianodemócrata (CDU), el Partido Socialdemócrata, Los Verdes, Die Linke o los liberales del FDP delitos de corrupción, drogas o escándalos sexuales. En Berlín, incluso se difundió un contenido falso sobre el alcalde Kai Wegner, de la CDU, al que se relacionaba con la falsa muerte de un tenista profesional. A ojos de los verificadores, todas las formaciones democráticas aparecen como blanco de la campaña, con dos excepciones significativas: Alternativa para Alemania (AfD) y la Alianza Sahra Wagenknecht, dos partidos con posiciones más comprensivas con Moscú que el resto del arco parlamentario alemán.
El contexto hace el resto. En Sajonia-Anhalt, la formación de extrema derecha AfD llega a la recta final como primera fuerza en las encuestas y un reciente estudio la sitúa en el 41%, muy por delante de una CDU que cae al 24%. La comparación con 2021 explica hasta qué punto ha cambiado el tablero: entonces los conservadores ganaron con el 37,1% y la AfD quedó en el 20,8%. En un "Land" como este, cada contenido falso contra un candidato democrático alimenta un malestar con Berlín que ya tiene traducción electoral. La otra línea de ataque apunta a esa grieta alemana.
Entre los contenidos detectados aparece un supuesto vídeo de Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europea, que atribuía a los alemanes occidentales una visión hostil de la reunificación, como si una mayoría considerara la unidad del país un error histórico. Eurostat lo desmintió. Otros vídeos hablan de inversiones discriminatorias, de un este abandonado o incluso de planes para levantar un nuevo muro en Berlín. Nada de eso es cierto, pero la propaganda rusa rara vez necesita inventar una herida desde cero. Le basta con agrandarla.
Los expertos advierten de que la influencia directa de estas campañas sigue siendo limitada y que muchas publicaciones tienen poca interacción real, aunque su utilidad puede medirse de otra forma: ensucian la conversación, obligan a candidatos y verificadores a apagar incendios artificiales y convierten la campaña en un ejercicio de sospecha permanente. Rusia no necesita convencer a todos los votantes de una mentira concreta, le basta con empujar donde Alemania ya se siente frágil.
