Si le dijese que hoy en día multitudes de jóvenes acuden a un mismo lugar para ver cómo dos adolescentes se colocan frente a frente, se miran fijamente durante varios segundos y, de pronto, uno de ellos gira lentamente la cabeza, entrecierra los ojos y aprieta la mandíbula, ¿me creería? Esto ocurre de verdad, y de hecho, hay público, hay expectación, hay incluso tensión competitiva que uno esperaría encontrar en una final de ajedrez y no en un parque cualquiera un domingo por la tarde. Ejecutar mal el «Six-Seven» puede condenarte al anonimato entre tus pares; una mirada bien calculada, en cambio, puede convertirte en la persona con más aura que ese público ha visto jamás. No hay ninguna consecuencia...
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