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Lo inexplicable de Morante: tremenda cogida y la inesperada genialidad del pañuelo (vídeos)

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Hay temporadas que se cuentan por tardes. La de Morante se cuenta por límites.

Cada vez que se pone delante de un toro parece llevar la exposición un poco más lejos, como si la profundidad de su toreo no pudiera existir sin ese riesgo de profundizar en las raíces de las tauromaquias e ir un paso más allá. En Málaga volvió a ocurrir. Y esta vez el precio fue una cogida tremenda, brutal, de esas que hacen que el aire de una plaza se detenga durante unos segundos.

El toro lo lanzó contra la arena con violencia. Morante quedó a merced de la embestida, golpeado, zarandeado, convertido durante un instante en un cuerpo sin defensa. Una de esas escenas que recuerdan que debajo de la seda, del misterio y de la belleza está siempre el hombre frente al animal.

Y Morante se levantó.

Volvió al toro.

Pero la genialidad sucedió después. En mitad de la faena, con el rostro cubierto de arena y empapado de sudor, Morante se llevó la mano a la chaquetilla. Sacó un pañuelo.

Delante del toro.

Se secó la cara con una tranquilidad desconcertante. Primero el sudor, después la arena. y con desdén. Con torería. Con el misterio de otros tiempos volvió a guardárselo quién sabe dónde sabe dentro de esa chaquetilla.

Sólo Morante.

Hay gestos que duran un segundo y explican una época entera. Aquel pañuelo fue uno de ellos. Porque en Morante hasta la manera de limpiarse el rostro pertenece a su tauromaquia. No es sólo lo que hace con la muleta. Es cómo habita la plaza, cómo se relaciona con el toro, cómo convierte lo cotidiano en una pequeña pieza de arte.

Quizá ahí esté una de las razones de esta locura.

La afición ha entendido que con Morante nunca basta con saber qué cartel hay. Hay que estar. Porque puede suceder algo que no vuelva a suceder. Una verónica, un natural, un silencio, una cogida, un gesto. Cualquier cosa. Por eso los llenos, por eso la expectación, por eso esa sensación casi febril que acompaña cada una de sus tardes.

Málaga volvió a ponerse del revés.

Después, ante los micrófonos de Canal Sur, Morante encontró una manera sencilla de explicar lo que había ocurrido: «La satisfacción de haberme entregado al toro y que no me haya hecho nada».

Qué manera tan suya de contarlo.

Después de una cogida tremenda, no habla de heroicidad. Habla de satisfacción. De haberse entregado. De haber salido indemne.

Como si el milagro no fuera haber sobrevivido a la cogida, sino haber podido entregarse al toro.

Y quizá eso sea Morante esta temporada: un torero que ha decidido no guardar nada. Ni distancia, ni cuerpo, ni alma.

Por eso cada tarde parece caminar sobre una frontera.

Y por eso, cuando aparece, la afición corre.

Porque quiere verlo antes de que desaparezca.

Porque sabe que delante de Morante siempre puede ocurrir algo que sólo ocurra una vez.

Ayer fue un toro, una caída, arena en la cara y un pañuelo.

Una escena mínima.

Una escena eterna.

Las cosas de Morante.




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