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Август
2026

El campeón de la libertad

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Abc.es 
Hay condecoraciones que distinguen una trayectoria y otras que terminan revelando una vida. La que la República Francesa concedió el pasado 29 de junio a Fernando Arrabal pertenece a esta segunda categoría. Al imponerle la insignia de Comendador de la Orden de las Artes y las Letras, Francia no se limitó a rendir homenaje a uno de los escritores españoles más universales; reconoció la fidelidad de un creador que, durante más de siete décadas, ha hecho de la independencia intelectual el eje de su obra. Y no se trata de un matiz. En un tiempo en que tantas distinciones parecen premiar el éxito inmediato, esta condecoración reconoce algo mucho más difícil de alcanzar: la coherencia de un hombre que nunca aceptó escribir, pensar ni vivir al dictado de su época. La ceremonia, celebrada en la histórica sede de la Société des Auteurs et Compositeurs Dramatiques (SACD), tuvo la solemnidad de las grandes ocasiones y la emoción contenida de los homenajes verdaderamente necesarios. Pascal Rogard, su director general, evocó la figura de un creador que ha recorrido el teatro, la novela, la poesía, el cine y la pintura sin dejarse encerrar jamás por una etiqueta; un hombre que convirtió el caos en lenguaje, el absurdo en lucidez y la imaginación en una de las expresiones más altas de la inteligencia. Mientras lo escuchaba, era inevitable pensar que aquella ceremonia distinguía no solo una obra extraordinaria, sino una manera de entender la cultura como un ejercicio permanente de libertad. Lo verdaderamente admirable de Arrabal es que nunca aspiró a convertirse en un símbolo. Los símbolos suelen ser una construcción del tiempo, no una ambición de quienes los encarnan. Él se limitó a ejercer el derecho a permanecer fiel a su propia voz. Desde el adolescente que escribió 'Pic-nic' hasta el escritor que hoy, superados los 90 años, continúa publicando, dibujando y sorprendiendo, existe una rara continuidad: la de un creador que jamás aceptó que el arte pudiera someterse a otra disciplina que no fuera la de la conciencia. No deja de resultar significativo que ese itinerario comenzara bajo el signo de una ausencia. La detención de su padre, el teniente Fernando Arrabal Ruiz, por mantenerse fiel a la legalidad republicana, su condena a muerte, los años de prisión y su posterior desaparición marcaron para siempre la vida del niño nacido en Melilla en 1932. Aquella herida nunca derivó en resentimiento ni quedó reducida a materia autobiográfica. Fue el origen de una exploración incesante sobre el miedo, la memoria, el poder y la condición humana. Buena parte de su obra puede entenderse como el intento de iluminar, mediante la imaginación, aquello que la historia dejó sumido en la oscuridad. Quizá por eso Arrabal conserva hoy una vigencia poco común. En una época inclinada a clasificar a las personas por bandos, etiquetas o consignas, ha defendido siempre el derecho del creador a no dejarse aprisionar por ninguna ortodoxia. Su independencia no ha consistido en llevar la contraria, sino en mantenerse fiel a sí mismo. Esa fidelidad, sostenida durante toda una vida, explica mejor que ningún premio el lugar singular que ocupa en la literatura europea contemporánea. París comprendió pronto lo que España tardó años en reconocer. No acogió a Arrabal por extravagante, sino por imprescindible. Reconoció en él a uno de esos escritores capaces de transformar el paisaje cultural de una época, ensanchar las fronteras de la literatura y obligar a revisar las categorías con las que acostumbramos a clasificar el arte. En la capital francesa se cruzó con Beckett, Breton, Topor o Picasso. Pero la importancia de aquellos encuentros no reside en el prestigio de los nombres, sino en lo que todos advirtieron casi de inmediato: estaban ante un escritor que no se parecía a ningún otro. Arrabal nunca buscó refugio en una escuela ni aceptó instalarse bajo la autoridad de un maestro. Dialogó con el surrealismo, frecuentó la 'patafísica' y fundó, junto a Jodorowsky, el movimiento Pánico. Pero incluso entonces preservó una independencia poco frecuente. Su obra no nace de la fidelidad a un manifiesto, sino de una voluntad incesante de explorar. Quizá por eso resulta difícil encerrarla en una definición. Cada libro, cada obra teatral y cada película responden al mismo impulso: abrir una puerta que hasta entonces permanecía cerrada. Se ha insistido muchas veces en el carácter provocador de Arrabal. Es una lectura tan cómoda como incompleta. La provocación nunca constituye en él un fin, sino una consecuencia. Detrás de sus imágenes más desconcertantes hay una rigurosa arquitectura intelectual y una reflexión constante sobre el ser humano. Sus personajes caminan al borde del absurdo porque saben que también la realidad suele hacerlo. Su humor nace de la tragedia, pero jamás se resigna a ella. Su imaginación no pretende escapar del mundo, sino comprenderlo desde ese lugar donde las certezas dejan paso a las preguntas. En una época inclinada a las respuestas inmediatas, esa fidelidad a la duda constituye una de las formas más nobles de la inteligencia. Mientras lo contemplaba con los brazos abiertos, vestido con esos colores que parecen desafiar cualquier solemnidad, no vi a un monumento de la literatura, sino al muchacho que sigue preguntándose por el destino de su padre y al creador que conserva intacta la capacidad de asombro. Quizá ese sea el secreto de su permanencia. Los grandes artistas no sobreviven porque acumulen premios, sino porque continúan mirando el mundo con la misma intensidad con la que lo descubrieron por primera vez. En Arrabal esa mirada sigue viva. A sus 93 años continúa escribiendo, dibujando, imaginando y desafiando las convenciones con la naturalidad de quien nunca ha entendido la creación como una profesión, sino como una forma de existir. Por eso la distinción concedida por Francia trasciende la satisfacción de quien la recibe. Es también un reconocimiento a una idea de la cultura entendida como independencia, riesgo y honestidad intelectual. Hay escritores que acumulan honores y escritores que terminan ennobleciendo los honores que reciben. Arrabal pertenece a esta última estirpe. Porque las condecoraciones, por importantes que sean, pertenecen siempre a un día concreto; las grandes obras pertenecen al tiempo. Hay ocasiones excepcionales en las que una distinción deja de engrandecer a quien la recibe para ser ella misma ennoblecida por la trayectoria de un hombre. Eso fue, en realidad, lo que ocurrió en París el pasado 29 de junio. Francia honró a uno de los grandes escritores europeos de nuestro tiempo. Pero, por encima de todo, rindió homenaje a un hombre que hizo de la libertad no solo el tema de su obra, sino también su forma de crear y su forma de vivir. Porque esa es la única condecoración que ningún gobierno concede y ninguna academia entrega: la única que otorga el tiempo.



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