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Август
2026

La Azotea: «A muchos políticos se les empieza a ver como aspirantes a estrellas de rock»

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La Azotea, grupo de pop/rock nacido en Madrid, es un quinteto: Álvaro (cantante), Jorge (guitarra rítmica, saxo), Javier (batería), Pirri (bajista) y Pablo (guitarra solista). En 2024, cuando llevaban cuatro años de vida, publicaron su primer disco, pero no ha sido hasta el pasado junio, con el lanzamiento del EP «Miura», compuesto de cinco canciones que se pegan como chicles, cuando han entregado material del que se sienten plenamente satisfechos. Estamos ante un grupo indie en el sentido estricto del término, puesto que sus integrantes, dos ingenieros, un publicista, un piloto comercial y un administrativo, deben compaginar la música con distintos trabajos. Nada más adentrarte en una de sus canciones te vienen a la cabeza El Canto del Loco y Pereza, e incluso ecos de Tequila, y ellos no desmienten esa impresión: «Sí, Pereza, sobre todo, y también El Canto del Loco son dos referencias importantes –afirma Jorge–. Esa es la música que hemos escuchado de pequeños en el coche de nuestros padres. Y has mencionado a Tequila, una banda setentera con un sonido y un rollo distintos, y también hemos bebido de ellos y, a la hora de componer, han aparecido, seguro, en algún momento». Interviene Álvaro: «Aunque cada uno de nosotros tiene sus bandas preferidas y sus referencias, sí que tenemos en común a grupos británicos del «britpop», como Pulp, Suede y, por supuesto, Oasis, porque engloban una serie de cosas que nos gustan: las letras, el sonido, la actitud».

Madrid, «ciudad rock»

Ellos forman parte de una nueva escena de rock que en los últimos años está dando un hermoso zumo: «Esa escena vuelve a estar muy fuerte, así es –explica Álvaro–, y se está generando un lenguaje nuevo. Las bandas que han pegado la hostia, como puedan ser Arde Bogotá, Ultraligera o Carolina Durante, tienen un lenguaje propio, esto está claro, aunque no hagan unas letras como las que hacía Robe, por ejemplo, que están al nivel de un Sabina, pero es que esos son autores por encima del bien y del mal. Pero esos grupos que he señalado tienen un lenguaje muy personal, aunque sea sencillísimo. Y creo que ahí está una de las claves de las bandas de esta nueva escena de rock, que les están dando a cierto sector de la juventud al que les gusta el rock esas canciones y esos sonidos de guitarra de antes. En los grupos españoles que están liderando esa nueva escena de rock hay un universo narrativo auténtico». Y es Madrid el lugar donde se concreta ese poderío, la auténtica «ciudad rock»: «Aquí, en Madrid, en estos últimos años, el circuito de conciertos y de directos es muy potente –señala Javier–. Cada fin de semana todas las salas de actuaciones están llenas, y creo que ese acelerón se ha dado fundamentalmente en los tres últimos años. Incluso bandas de otras comunidades, también de otra gran ciudad como es Barcelona, acaban viniendo a Madrid y es aquí donde hacen su concierto con más público. Te diría que todos los días del año hay conciertos llenos y “sold outs”». Álvaro lo amplía: «Y luego, a nivel de inspiración, aunque en Madrid la europeización sea imparable y te cueste cada vez más encontrar un negocio que lleve 50 años, sigue habiendo sitios mágicos; ciertas zonas, barrios, lugares, garitos que mantienen, digamos, el duende y la magia del Madrid de hace 30 años, o más, del que todo el mundo habla».

«En los grupos españoles que están liderando la nueva escena de rock hay un universo narrativo auténtico»

Parece, les digo, que el rock ha perdido el cetro de mando de la subversión y que son los ritmos latinos los que portan ese estandarte, y no hay más que ir a un instituto para comprobar qué consumen los adolescentes de forma mayoritaria: «Sí, así es –concede Javier–. De hecho, es como que se ha dado la vuelta y ahora son las canciones de reguetón y de trap las que tienen mensajes más polémicos. Y parece que la ola indie de los 2010-2020, con los que nosotros no nos sentimos identificados, está llena de mensajes muy buenistas, positivos, blancos». «Ahora mismo –dice Álvaro– impacta ver cómo la gente se escandalizaba con Mick Jagger por cómo movía las piernas, o por sus letras, o simplemente porque llevaba el pelo largo. Poniéndolo en perspectiva, cabe sospechar que dentro de 30 años la gente verá que en esta década el que escandalizaba era Bad Bunny». Y añade Jorge, tan certero como irónico: «Nosotros hemos venido tarde al rock, eso está claro. Y, desde luego, el rock ha perdido esa capacidad de incomodar que tenía antes».

«Bandas de otras comunidades, también de Barcelona, acaban viniendo a Madrid y hacen su concierto con más público»

Pese a advertir que son un grupo de rock sin tintes ideológicos ni políticos, no pueden evitar sentirse afectados y decepcionados por el ambiente actual: «Creo que el sentimiento general de nuestra generación es el de poca conexión con la política –afirma Javier–, noto una sensación de apatía. Cuesta conectar con algún partido y eso se ve en los porcentajes de voto, que últimamente rondan el 50 por ciento, cosa que me parece una barbaridad y demuestra que la gente se siente cada vez menos parte de todo eso». Jorge lo amplía: «Hace años oía hablar a la gente de un lado y del otro y me molestaba, porque sentía que nadie quería escuchar lo que tenía que decir el otro, solo mirarse el ombligo. Y creo que ahora esto va cuesta abajo y sin frenos, que ha empeorado. Y hay una frase que me da mucho miedo, esa de que los políticos y la política son el reflejo de la sociedad. Porque, si eso es realmente así, tenemos un problema. Hay una sensación general –prosigue– de descontento y pasotismo, como decía Javier. Y aquí tengo que poner un poco el grito en el cielo porque a mí me toca los huevos la gente que no va a votar, ya que eso significa que les da igual. Si no estás de acuerdo tienes que ir a votar, y no en blanco. Hay que enterarse de la diferencia entre no votar, votar en blanco o votar en nulo. Si no vas a votar es que te da absolutamente igual lo que te está pasando», y Álvaro remata: «Me gustaría tirar un poco del hilo de una frase que has dicho tú, Javier, que es en qué momento los políticos se han convertido en estrellas del rock o lo han intentado. Alguien dijo una vez, y me hizo mucha gracia, que los políticos son estrellas de rock feas, porque no tienen la capacidad de ser estrellas de rock en un sentido artístico, pero a muchos sí les gustan los focos, el micrófono, las cámaras, las drogas, las mujeres y alimentarse a sí mismos, en todos los sentidos, lo máximo posible. Entiendo que una parte grande de la sociedad esté completamente desconectada, y es normal porque a muchos políticos se les empieza a ver como aspirantes a estrellas de rock y no como a gente que quiere lo mejor para el país y para sus conciudadanos».

«A muchos políticos les gustan los focos, el micrófono, las cámaras, las drogas, las mujeres y alimentarse a sí mismos lo máximo posible»

Rock con las mejores vistas

Javier Menéndez Flores

Dicen que en Madrid hay más conciertos que salas, algo así como el triple, y que si cierras los ojos y te concentras mucho te sube por los pies la vibración de la música como una enredadera que, en cuestión de segundos, te activa la sangre y te empuja a bailar. Tal vez no sea para tanto, que se trate de una hipérbole más de las muchas que circulan, pero qué hermoso es pensar que locura semejante pueda ser cierta. Que cada noche, en todos los barrios de esa ciudad que arrastra fama de bullanguera y hospitalaria, de no cerrar jamás, se reúnen, igual que vampiros sedientos, ejércitos de adoradores del rock, el pop, el trap y la canción de autor. Y que por unas horas se olvidan de cualquier cosa que exceda los márgenes de ese momento intimísimo.

Cada vez que los miembros de La Azotea asisten a alguno, y más aún cuando son ellos los que lo dan, no pueden evitar acordarse de aquellos días del primer local de ensayo, donde el ruido trataba sin éxito de hacerse pasar por música y las horas volaban entre conversaciones que siempre tenían al rock y al fútbol como protagonistas. Y todo ello aderezado con las litronas de cerveza que llevaban los amigos ocasionales y los bocadillos de chorizo que les preparaba un padre entregadísimo a la causa. Qué mal tocaban entonces, qué colosal desastre, pero todo lo que ha venido después, y una gran parte de lo que cada uno de ellos es hoy, procede de ese club improvisado, de ese entusiasmo compartido, de esa cocina en la que cada tarde ensayaban el plato imposible de llegar a ser alguna vez como sus ídolos.

En el parque de la Colo, Alcalá de Henares adentro, Jorge se emborrachaba del retablo de humanidad que captaban sus ojos y de la libertad que otorgaba la vida más allá de las aulas. Y qué poco le costaba bosquejar el futuro con unos gramos de sentido común y unos kilos de fantasía. Y en la memoria de Javier se mantiene intacta la mole del Vicente Calderón, a un paseo eufórico de la casa del abuelo, donde comían sin dejar de pensar que tan solo unas horas después iban a estar dentro de ese templo colchonero, donde hasta las derrotas tenían algo de fiesta. Y en la mirada rasgada de Álvaro quedan los ecos de la casa del tío Pepe, en Acacias, prima hermana de Madrid-Río, donde el fútbol era un agua pura que ocupaba todos los rincones. Pero era cada verano que llegaba a Japón, a la diminuta casa de sus tíos, construida por su abuelo con sus propias manos, cuando sentía el choque inefable de dos civilizaciones de las que se propuso extraer lo mejor. Y puede que lo haya logrado.

Ver lanzarse dardos con curare a los hermanos Gallagher es puro rocanrol, MMA en vena, pero cada vez que en el tocadiscos de segunda mano sonaban «Wonderwall» y «Don’t look back in anger» era como si alguien hubiese puesto en pausa el tiempo y se os hubiera subido a la cabeza un cóctel a base de saltos en paracaídas e islas desiertas. Pero si lo que buscáis es un espectáculo de una pureza sin igual, algo enteramente marciano, hacedme caso y no apartéis los ojos ni un segundo de un tal Brett Anderson, que reunía en su magro esqueleto el alma de la rock star, del actor de teatro experimental y del atleta.

Da igual qué obstáculos os ponga por delante el porvenir, alambradas de espino o salas a medio gas: juntos, como en aquel local sin precio, sois un puto miura.




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