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La sátira de Els Joglars estalla contra la impostura y la política de nuestro tiempo

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Abc.es 
Hay veces que el arte teatral analiza la sociedad en la que surge. Eso ocurre con la nueva y remozada propuesta de Els Joglars , tan crítica como siempre, tan divertida y tan perturbadora. Con ella celebra los sesenta y cinco años de la compañía, un camino de éxitos, de polémicas y de resistencia. Els Joglars nunca ha creado un teatro conciliador, ha hecho de la incomodidad de sus posturas el combustible que mueve todos sus espectáculos. De naturaleza y tradición bufonesca, en él todo es hipérbole, las distorsiones se exageran hasta tal punto que crean un lenguaje propio, un efecto que marca sus textos y sus puestas en escena siempre tratando de incidir en la realidad, mostrando su cara más detestablemente divertida y cómica. En 'El retablo de las maravillas. Variaciones contemporáneas sobre un tema de Cervantes ', Boadella y Fontserè no traen, por eso, a un Cervantes apolillado, sino que lo muestran como un espejo donde el espectador de hoy puede preguntarse por nuestras servidumbres contemporáneas, vestidas con los trajes de la corrección política, el postureo cultural, los nuevos dogmas y la solemnidad de las verdades vendidas como indiscutibles. El resultado es tan brillante que la farsa cervantina se convierte en un diagnóstico mordaz: el retablo sigue vacío cuatrocientos años después. No importan los cambios, los regímenes, las revoluciones, los avances tecnológicos. En la obra de Cervantes, unos farsantes llegan al pueblo de Daganzo mostrando un prodigio: un retablo cuyo contenido solo pueden ver aquellos que tienen limpieza de sangre y han nacido en un matrimonio legítimo. Verdaderamente nadie contempla ninguna maravilla porque no la hay, pero todos fingen verla pues de lo contrario van a tener encima el dedo acusador. Ese mecanismo de miedo, impostura y mentira colectivas, que la compañía ya nos mostró en su versión de 2004, se actualiza hoy, en este tiempo dominado por las pantallas, las redes sociales y la exhibición pública. Allí donde Cervantes ponía el temor a ser considerado judío, marrano o bastardo, ahora se coloca el pánico a ser considerado reaccionario, ignorante, negacionista o políticamente incorrecto por los voceros y tribunales digitales. El retablo aquí ya no es una caja de madera, ahora se centra en una pantalla, único objeto de un espacio escénico acertadamente minimalista por el que se quiere simbolizar que las redes sociales y los artefactos digitales son los nuevos salones para la exhibición, la aprobación dentro del grupo o la cancelación. La sátira apunta a que preferimos ser gregarios a quedar aislados, preferimos sumarnos al vacío colectivo que al sentido común, preferimos el espacio de confort de lo aceptado a quedar en la intemperie, castigados por la muerte civil o el linchamiento público. Boadella y Fontserè eligen tres campos donde el nuevo retablo de las maravillas exhibe sus dominios: la religión, el arte de vanguardia y la gastronomía. De ellos salen los nuevos gurús contemporáneos. Los vendedores de humo. En este sentido hay que destacar el trabajo interpretativo de toda la compañía, pero sobre todo de Ramón Fontserè, Dolors Tuneu, Pep Muñoz, Rafa Blanca, Pilar Sáenz, Javier Villena, Bruno López-Linares, cada uno en verdadero estado de gracia. Aquí está José, hijo de los Condes de Daganzo y Chanfállez, el pícaro y alma del retablo. Sus desdoblamientos entre el personaje cervantino y el actual son magistrales, cuestión que se llevará incluso al vestuario donde se mezcla lo contemporáneo y el Siglo de Oro . La galería de personajes que representan dan la medida de nuestro tiempo: ese ser plano, superficial y pasmado capaz de ser el memo clásico y a la vez el hombre de hoy sin personalidad, dócil hasta la náusea, el deslumbrado por la cocina moderna deconstruida y por el arte cuyo vanguardismo se mide por la creación de un vacío ante el que se siente arrobado. También el estafador sin escrúpulos, el chef que llena de jerga gastronómica sus creaciones, el galerista que embauca al público vendiendo recetas de la nueva estética. Todo es aire, todo es nada: las novísimas creaciones artísticas, la novísima gastronomía, incluso la religión. Lo esperpéntico, lo exagerado, lo cómico y lo grotesco se disparan sobre una realidad con nombres y apellidos: por aquí desfilan el suplemento cultural Babelia, el diario El País, un tipo llamado El Coletas, una galerista llamada Rosina, un Museo que tiene por nombre Museo Reina Letizia. El artista Don José defeca junto a un Pollock y convierte sus excrementos en una sublime obra del nuevo arte, un predicador se eleva a los cielos. Los disparates de Els Joglars no tienen filtro, no buscan la sutileza sino el puñetazo en el estómago y la provocación directa, el escándalo de los que se toman demasiado en serio sus dogmas y de los que se ofenden por verse reflejados. Un humor gamberro, bizarro, tantas veces soez y desmitificador, pero brillante, crítico y esperpéntico que señala que todo lo que los personajes tienen de solemnes, lo tienen de ridículos, todo lo que tienen de superioridad ideológica lo tienen también de estupidez y de patetismo. 'El Retablo' es una obra naturalmente centrada en los personajes, aunque quizá tengamos que advertir que el verdadero personaje no es otro que el público. La obra somete al patio de butacas a preguntarse si no es también cómplice de todo este estado de cosas, si no participa en ver las maravillas fantasmales de este retablo contemporáneo, si cada espectador no es a la vez dócil y embaucador, si no participa y crea toda esta mentira. Esta ruptura de la cuarta pared es otro de los grandes aciertos de la obra porque funciona como un agujero negro que todo lo absorbe, que hace que nadie se salve, que provoca un mensaje desalentador: todos somos victimarios y víctimas, todos propagamos el vacío y la impostura. Interesante obra, muy inteligente y muy lúcida a la hora de representar los títeres de nuestros días. A la hora de representar un estado cultural en decadencia. Es una propuesta arriesgada y polémica, que creará debate. Otra vez Els Joglars nos hace beber nuestro propio veneno. A golpe de risa.



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