Добавить новость
ru24.net
World News
Сентябрь
2026
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30

Mientras Gaza arde

0

Hay momentos en los que la prudencia del lenguaje deja de ser una virtud y empieza a parecerse mucho a la cobardía. Gaza es uno de ellos. Hay palabras que uno quisiera reservar para los abismos de la historia, precisamente porque fueron creadas para nombrar aquello que la humanidad juró no volver a permitir. Genocidio es una de esas palabras. Y, sin embargo, llega un momento en que negarse a pronunciarla por miedo a parecer excesivo puede terminar siendo una forma de hacer pequeño el horror.

En setiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó que Israel había cometido genocidio contra la población palestina; en 2026 volvió a sostener esa conclusión. No estamos, por tanto, ante una palabra lanzada al aire por la indignación.

Pero incluso las categorías jurídicas empiezan a quedarse cortas cuando uno mira los rostros.

Porque detrás de crímenes de guerra, de lesa humanidad o tortura, hay algo que el lenguaje técnico nunca consigue contener del todo: había una persona ahí. Había una madre. Había alguien buscando harina. Había un niño que estaba aprendiendo a hablar, otro que tenía miedo. Había una familia que, pocas horas antes de convertirse en una cifra, todavía era una familia.

The Lancet Global Health calculaba alrededor de más de 75.000 muertos en Gaza en los primeros 15 meses del conflicto y decenas de miles de niños heridos. Y todavía en agosto de 2026, después de un supuesto alto el fuego, Unicef advertía de que al menos 300 niños habían muerto en los 300 días anteriores: aproximadamente un niño por día. Un niño por día.

Hay cifras que informan. Y cifras que deberían avergonzarnos.

Lo insoportable de Gaza no es solamente la magnitud de la muerte. Es también su progresiva normalización. Hemos aprendido a desayunar junto a imágenes de edificios pulverizados, a seguir trabajando después de ver un cuerpo diminuto cubierto por una sábana, a leer que personas que buscaban comida fueron baleadas y pasar a la siguiente noticia.

La repetición ha conseguido una perversidad adicional: convertir lo extraordinariamente monstruoso en rutinariamente imaginable. La barbarie no necesita ya esconderse. Le basta con repetirse hasta que dejemos de sobresaltarnos.

Pero Gaza agrega una escena todavía más perturbadora: cuando la crueldad deja incluso de administrarse con pudor y empieza a celebrarse.

Recordemos que el parlamento israelí aprobó una legislación que permite aplicar la pena de muerte a palestinos condenados por determinados ataques en tribunales militares, sin una pena equivalente para colonos israelíes que maten palestinos.

Tras la votación, el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, –el mismo, por cierto, que instó a matar de 30 a 40 palestinos por noche– y otros legisladores celebraron; hubo champaña. La escena tiene una obscenidad moral difícil de exagerar: representantes de un Estado brindando después de ampliar institucionalmente el poder de matar sobre una población sometida a ocupación.

No necesito saber qué ocurre dentro de la cabeza de un soldado israelí. El derecho no juzga almas: juzga conductas. Y las conductas documentadas son suficientemente atroces. Naciones Unidas ha recogido evidencias de tortura, violencia sexual, tratos crueles, inhumanos y degradantes contra palestinos detenidos.

El Alto Comisionado documentó, además, muertes de palestinos mientras intentaban acceder a alimentos. Y la Corte Penal Internacional mantiene contra Benjamin Netanyahu una orden de arresto por presunta responsabilidad en crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, entre ellos utilizar la inanición como método de guerra, asesinato, persecución y otros actos inhumanos.

Ante eso, decir simplemente que estamos frente a “un conflicto” empieza a resultar moralmente obsceno. Un conflicto describe una relación; no describe la asimetría del sufrimiento ni exonera las responsabilidades de quien ejerce un poder devastador sobre una población civil.

Tampoco el 7 de octubre puede convertirse en una contraseña que suspenda el derecho. Los crímenes cometidos por Hamás fueron crímenes y sus víctimas merecen justicia. Precisamente por eso resulta intolerable aceptar la idea de que un crimen pueda habilitar otro.

El derecho internacional humanitario existe para ese momento exacto: para decir que, incluso frente al enemigo, incluso después del horror, existen límites que ningún Estado puede atravesar. Si esos límites desaparecen cuando más necesitamos que existan, entonces nunca fueron límites: eran decoración.

Y además de todo esto, Washington no ha sido un espectador situado a prudente distancia, más bien un magnífico aliado.

Por eso hay algo profundamente engañoso en hablar de la tragedia de Gaza como si hubiese ocurrido ante una comunidad internacional impotente.

Impotente no es lo mismo que indispuesta.

El derecho internacional no carece de contenido. Tiene convenciones, tribunales, principios, resoluciones, obligaciones, principios, órdenes judiciales y prohibiciones escritas después de algunas de las peores atrocidades de nuestra historia. Lo que le falta no es vocabulario. Le falta poder cuando los Estados poderosos deciden que aplicarlo resulta inconveniente.

Y entonces aparece la imagen que más atormenta: el derecho internacional como un vehículo de emergencia estacionado frente a una casa en llamas. Las sirenas funcionan. Los protocolos existen. Todo el mundo puede ver el humo. Desde dentro llegan los gritos. Pero nadie rompe la puerta porque quien tiene la llave es aliado del incendiario.

Eso es también Gaza.

Es la comprobación brutal de que todavía existen vidas cuyo derecho a existir parece negociable; seres humanos para quienes las grandes promesas universales se vuelven condicionales. Es descubrir que aquella frase solemne –“nunca más”– contenía, quizá, una cláusula que nadie quiso escribir: nunca más, “salvo cuando resulte geopolíticamente incómodo impedirlo”.

Y eso indigna de una manera difícil de traducir en palabras.

Indigna la impunidad. Indigna Ben-Gvir brindando. Indigna la maquinaria política que convierte a seres humanos en amenazas estadísticas. Indigna la protección diplomática de Washington. Indigna que haya niños que hayan conocido durante toda su vida el sonido de los drones antes que el silencio. Pero quizá indigna todavía más nuestra capacidad colectiva para acostumbrarnos.

Porque el fracaso de Gaza no pertenece solamente a quienes disparan.

Pertenece también a un orden internacional capaz de redactar magníficos tratados sobre la dignidad humana y después contemplar cómo esa dignidad es enterrada bajo los escombros.

Algún día se escribirán toneladas de páginas sobre Gaza. Habrá archivos, investigaciones, sentencias, memorias, nombres recuperados de las estadísticas. Se discutirá quién sabía qué, quién podía haber hecho qué, quién dio las órdenes y quién decidió mirar hacia otro lado.

Pero nosotros vivimos antes de esas páginas.

Nosotros estamos viviendo el momento en que todavía se puede elegir de qué lado de ellas quedar.

josedaniel.rodriguez@ucr.ac.cr

José Daniel Rodríguez Arrieta es politólogo, M. Sc. en Estudios Avanzados en Derechos Humanos y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).




Moscow.media
Частные объявления сегодня





Rss.plus
















Музыкальные новости




























Спорт в России и мире

Новости спорта


Новости тенниса