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José Antonio Lucero: «La enemistad entre García Lorca y Miguel Hernández se ha agigantado»

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Abc.es 
La historia de amor entre Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942) y su esposa, Josefina Manresa (Quesada, 1916-Elche, 1987) no fue perfecta. Tuvo sus luces y sus sombras, lo que la hace más auténtica. Pero admiraba su obra y se convirtió en la depositaria de su legado, preservándolo en medio de las dificultades sus libros y manuscritos. José Antonio Lucero (Rota, 1988) ha indagado en ello en su última novela, ‘Tu risa me hace libre’ (Espasa), título tomado de las impresionantes ‘Nanas de la cebolla’, compuestas por Miguel Hernández en la cárcel madrileña de Torrijos en 1939 tras confesarle su esposa, desesperada, que ella y su hijo, el pequeño Manuel Miguel, solo tenían pan y cebolla para comer. Apoyándose en fuentes primarias y secundarias, Lucero noveliza la biografía de ambos, su compleja relación, y recorre los escenarios donde se desarrolló en un tiempo convulso. —En alguna de sus novelas anteriores ya aparece Miguel Hernández como personaje… —Sí, en mi segunda novela, ‘La madrina de guerra’, su protagonista, el soldado republicano Teófilo, está en la cárcel de Torrijos y coincide allí con el poeta. Empecé a leerlo muy joven, con unos quince años, e incluso a memorizar alguno de sus poemas, pues mi padre tenía una antología publicada por el Círculo de Lectores en 1991, con el sugerente título ‘La savia sin otoño’, editada por Leopoldo de Luis. Sin embargo, no lo conocía demasiado. Para ‘La madrina de guerra’ lo leí más y me documenté y desde ese momento proseguí en la tarea, lo que me ha permitido escribir ‘Tu risa me hace libre’. —Cuando sacó a Miguel Hernández en su segunda novela le quedó el gusanillo de ahondar en su figura… —Sí, se me encendió la idea de otorgarle mayor protagonismo literario. Aunque hubo otras novelas de por medio, ‘La maestra’ y ‘El alumno’, no abandoné esa intención. Firmé un proyecto con la editorial Espasa y me lancé de lleno. —¿Cuánto tiempo le ha ocupado? —Año y medio de escritura, si bien la lectura del epistolario de Miguel Hernández, que es fundamental, de otras obras suyas, de las memorias de Josefina y de estudios sobre la época y ambos muchos más. —¿Qué Miguel Hernández ha querido transmitirnos en su novela? —A Miguel Hernández lo tenía, como todos los lectores, un poco mitificado. El mito del poeta pastor y del poeta combatiente, y también el autor de grandes obras que escribe en prisión. A ‘Tu risa me hace libre’ llego desde mi entusiasmo por Miguel Hernández, pero también desde mi deseo de hacerlo más cercano y humano. —¿Bajarlo, pues, del pedestal? —Lógicamente está en un pedestal porque escribió grandes poemas y tuvo una vida trágica, pero el propósito era presentarlo como persona. Considero que es la mejor forma para acercarnos al mito, buscar a la persona en sus contradicciones, en sus ambiciones, en su ingenuidad, en su manera de amar, que era muy tormentosa y ardiente. Por eso pensé que la manera más adecuada de humanizarlo era contar la historia sobre todo a través de quien estaba detrás de él, que era su mujer, Josefina Manresa. En la novela se ve la diferencia tan grande de caracteres entre Josefina y Miguel y que dibuja esa relación sentimental imperfecta, pero para mí lo más interesante es que resulta una intensa historia de amor, a pesar de todo lo que va ocurriendo. Josefina sostiene a Miguel, más allá de los reproches que en ocasiones le hace, de las tensiones y desencuentros. —¿Qué destacaría de Miguel Hernández y de Josefina Manresa? —Para entenderle recomiendo en especial el epistolario donde está en toda su dimensión. Era muy ambicioso, contradictorio, divertido, hacía mucho reír, tenía mucho ímpetu y seguía siendo muy niño, ingenuo, siempre estuvo convencido de que se iba a salvar, a pesar de la mala suerte que parecía marcarle. Llevaba el optimismo por bandera. Josefina es el contrapunto, ella misma lo cuenta en sus memorias, era muy religiosa, podría hacer sido hermana en alguna congregación. Fue creyente toda su vida, lo que a veces causaba fricción entre ellos. Era prudente, silenciosa, con los pies en la tierra, pragmática, lo que podía ser también era motivo de disputa. Veía que sus ‘versitos’, sus relaciones con escritores, su afán de abrirse camino en la literatura, pasaba mucho tiempo en Madrid sin trabajo estable…, no valían contra la miseria y el hambre. Sin embargo, Josefina se convirtió, al morir Miguel, en la imprescindible custodia de su obra. Gracias a Josefina podemos tener a Miguel Hernández en su integridad. —¿Qué le ha resultado más difícil dar voz a Josefina o a Miguel? —Diría que a Miguel. A pesar de que lo leí con mucha atención y quería darle ese protagonismo que merece, Josefina me lo puso más fácil al haber escrito sus memorias. En ellas, se muestra directamente tal cual es. La voz de Miguel la conocemos a través de sus cartas, poemas…. —Josefina Manresa es un personaje que no se ha tratado mucho, sí le da relieve, por ejemplo, Alberto Conejero en su pieza teatral 'Los días de la nieve’. Me parece muy trágico y significativo como ejemplo de que sufre la violencia por parte de los dos bandos: el asesinato de su padre, Guardia Civil, a manos de los anarquistas, y la reclusión y muerte de su marido en cárceles franquista. —Efectivamente. Hay un planteamiento en la novela que me surge después de leer toda esta historia y convertirla en ficción. Todos pensamos en la Guerra Civil como un mundo polarizado en blanco y negro, pero en realidad no era así totalmente. Había muchas historias intermedias, la de Miguel Hernández es una de ellas. Viene de un ámbito católico, férreo, a su suegro lo matan los anarquistas, se compromete con la República, participa en las Misiones Pedagógicas, se alista en el Quinto Regimiento… Hay algo muy importante, que quisiera resaltar: sus amigos conservadores y falangistas, José María de Cossío, Rafael Sánchez Mazas y Dionisio Ridruejo, intervienen decididamente para que Franco, que no quería otro Lorca, le conmute la pena de muerte. El que a Miguel Hernández, poeta comunista, le ayuden destacados nombres de la Falange me lleva a considerar que no todo era blanco y negro, que también había matices, y es importante que lo entendamos hoy. Y tampoco olvidemos que fue José María de Cossío quien, por encima de la ideología, le tendió la mano en Madrid. Sabedor de sus penurias económicas, lo contrató como su secretario y redactor para la monumental enciclopedia taurina ‘Los Toros’ de la editorial Espasa-Calpe. —La relación entre Miguel Hernández y García Lorca era conflictiva… —He podido acceder a los testimonios que se reflejan en las biografías y también a personalidades que me han hablado de ello. A mi juicio, está muy agigantada la enemistad entre los dos. Creo que no era tal, y digo ‘creo’ porque al final no podemos estar seguros. Lorca era el gran personaje del 27. Cuando Miguel Hernández llega a Madrid, quiere conocerlo, lo busca, pero hay diferencias de carácter, sociales, culturales… complicadas de superar. No hay constancia fehaciente de que Lorca hablara mal de Miguel Hernández. Se recuerda sobre todo una anécdota con Vicente Aleixandre cuando García Lorca se niega a ir a su casa si está allí Miguel. Lo que quedan son las cartas. Miguel Hernández escribe a Lorca cuatro cartas, subiendo el tono en cada una ante el silencio lorquiano. Lorca le remite una misiva preciosa que recojo en la novela, donde, entre apreciaciones, le dice: «Tendrás atención porque tienes sangre de poeta». Es casi imposible dilucidar exactamente si hubo manifiesta enemistad y su alcance, pero me gustaría destacar algo que también reflejo en la novela. Resulta muy revelador que se alistara oficialmente en el Quinto Regimiento una vez confirmado el asesinato de Lorca, que le pesa y conmociona enormemente y escribe la maravillosa ‘Elegía primera (A Federico García Lorca, poeta)’. —¿Tiene usted algún referente especial? —Me interesan muchos escritores, pero si tuviera que decantarme por alguno en mi literatura, sería Almudena Grandes. Tuve la oportunidad de tener amistad con ella. En Rota, yo soy de allí, veraneaba y estaba el Club de Rota, con García Montero, Benjamín Prado, Joaquín Sabina…, tuve la suerte de que Almudena leyera mi primera novela, ‘La vida en un minuto’, que le gustó. No pudo leer ‘La madrina de guerra’ porque ya estaba enferma. Siento que de alguna forma he de continuar su legado literario escribiendo historias de memoria, de dignidad y de corazón En este sentido, en cierta medida, pretendo que mi novela sobre Miguel Hernández y Josefina Manresa podría ser parte de su serie ‘Episodios de una guerra interminable’ que no pudo concluir. —Usted es profesor, ¿cómo ve hoy la educación? ¿qué le parece el último informe PISA, tan desastroso para nuestro país? —Ahora estoy en excedencia, pero hasta el año pasado he estado dando clase. Tengo todo tipo de alumnos, algunos buenos y otros a los que les cuesta más el estudio. Y otros a los que no les interesa nada, mientras que a otros les lees las ‘Nanas de la cebolla’ y ves como les brillan los ojos. En la educación hay más o menos recursos, pero la reflexión sobre el informe PISA y la educación ha de ser compartida por toda la sociedad. Ya que buena parte del tiempo lo pasan con algoritmos, al profesor le es difícil llegar al alumno, pero es una tarea apasionante. La comprensión lectora cuesta al vivir en un mundo digital. Hay que plantarse si los niños y adolescentes deben manejar tan pronto un móvil, prácticamente desde la Primera Comunión. —¿Usted les anima a que lean? ¿En papel? —Sí, aunque lo importante es que descubran el amor por leer, y conseguir que les atraiga la lectura. Sacralizar ‘El Quijote’ o ‘La Celestina’ quizá no sea bueno, tienen que leerlos los estudiantes en su momento.

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