En 1879, la Universidad de Tokio publicó el primer volumen de los estudios sobre el conchero de Omori del estadounidense Edward S. Morse, que había llegado dos años antes a Japón para dar clase de biología. También fue el primer divulgador de las teorías de Darwin allí. Desde su infancia, Morse había recorrido las costas de su Maine natal en busca de moluscos. En Japón buscaba nuevas especies y el conchero lo descubrió al intuirlo bajo una colina a las afueras de Tokio, cerca de las vías del tren. A la intuición siguieron excavaciones que revelaron que Morse había acertado. El estudio publicado por la Universidad ofrece una lista de lo que encontraron, por supuesto restos de conchas y caracolas de diversas clases y tamaños, pero también otro tipo de cosas, como huesos de animales y restos de piezas cerámicas tan interesantes que merecen muchas páginas dentro de aquel estudio dedicado en principio a los moluscos. A medida que leemos, vamos entendiendo que no sería posible estudiar los unos sin los otros, o quizá que no nos es posible interesarnos por una cosa sin interesarnos también por las cosas que nos encontramos por el camino que nos conduce a la primera. También podemos añadir que si nos gusta una ciudad nos gustarán los plátanos de la carretera que lleva a ella, los pájaros que han hecho los nidos que no vemos porque los tapan las hojas y los huevos de colores que hay en esos nidos, aunque ya no hay plátanos a los lados de la carretera, y por fin felicidades en el caso de que aún exista esa ciudad. En un artículo sobre su amigo y maestro Gregory Bateson , el violinista Stephen Nachmanovitch inventa el término holómata, que deriva de polímata y que se refiere a «una persona que ve en una multiplicidad de campos una sola y misma empresa, y que observa un patrón central desde distintos ángulos y puntos de vista». Las piezas que encontraron Morse y los demás se caracterizaban por la ornamentación a base de cuerda aplicada en el barro cuando aún estaba húmedo, lo que dejaba en las piezas huellas parecidas a las que nos vemos en los muslos después de haber estado sentados un buen rato en shorts en una silla de enea, y resultaron ser antiquísimas. Es interesante el método de datación: «Cerca de Kameido examinamos otro depósito de conchas, de cierta antigüedad a juzgar por el aspecto de las conchas, y no encontramos rastro ni de Arca granosa ni de restos de cerámica. El hallazgo de Arca granosa , al menos en esta región, puede tomarse como la evidencia de la presencia de cerámica con marcas de cuerda antigua». El hallazgo casual permitió acotar y nombrar una era de la historia de Japón, la que conocemos como período Jōmon, que abarca más o menos desde el 14.500 hasta el 300 a. C. El período siguiente, el Yayoi (300 a. C.- 250), también debe su nombre a unas cerámicas, pero en ese caso al lugar donde se encontraron, y no a su técnica o aspecto. Aunque Morse no utiliza en su estudio el término japonés, sí lo prepara, pues los kanjis jō y mon aluden a las marcas hechas con la cuerda. Por si sirve como medidor de escala temporal, a la manera en que un paquete de Camel puede servir como referencia espacial en una foto por ejemplo de una mariposa, parece que el descubrimiento de las cuevas de Altamira , o más exactamente la entrada en la cueva y el hallazgo de las pinturas, coincidió con la publicación del estudio de Morse. El estudio de Morse combina la descripción de los moluscos con la descripción de las piezas cerámicas, y a menudo, si abrimos una página al azar y leemos, podemos tardar un rato en discernir si está hablando de unos o de otras. Lo cierto es que las conchas y las vasijas se parecen y hay una especie de armonía en que estuviesen escondidas en el mismo montículo, durante siglos, al lado de Tokio, junto a las vías del tren. La manera en que Morse se desliza entre la malacología y la alfarería es admirable y en sí misma un patinaje que también dibuja tramas en la superficie de la mente. «Los diseños presentan una infinita variedad ; generalmente áreas parcial o totalmente cerradas por líneas curvas, con la superficie interior o sin líneas ornamentada con cuerdas, mientras que el resto de la superficie aparece lisa. Esas zonas suelen estar unidas por surcos u hoyos profundos, que pueden repetirse en una sucesión regular alrededor de la vasija». Podemos ver los fragmentos que encontraron los excavadores en las numerosas láminas en blanco y negro que forman parte del estudio. Numerosas y preciosas, están dispuestas en hojas desplegables. Son fragmentos muy pequeños, el puzzle de los hombres antiguos que los hombres modernos han reproducido a lápiz, levantando este de vez en cuando para copiar bien el patrón ornamental y también el contorno quebrado que ha dejado a cada pieza el azar. Aunque en el libro no lo podemos distinguir, en las descripciones se indica que muchas piezas conservan restos coloreados, por ejemplo con cinabrio . Hay una forma que parece un pato sonriente tocado con una pequeña chistera. Según su disposición, las perforaciones a veces hacen pensar en cabezas de simios. Pero en fin, basta con atenerse a las tramas para ponerse a imaginar a quienes marcaron en el barro aquellas rayas y puntos, como si el tiempo empezase a transparentar.