Nadie ha sabido leer una habitación como Jane Austen. Le bastaban una tetera, dos primas y una conversación sobre el tiempo para saber quién iba a destrozarle el corazón a quién, y se guardaba el desenlace para el último capítulo. Todas hemos querido alguna vez ponernos un vestido largo y echar a correr por el campo, a ser posible con público. Marianne Dashwood lo consigue en el capítulo noveno: sale de la colina hacia la playa, resbala, se tuerce el tobillo y aparece un desconocido a caballo a rescatarla, que es justo lo que cualquiera le pediría al romance. Ese, sin embargo, es el amor de Marianne, que se lanza a él con las dos manos y sin mirar atrás. Existe otro, y vive en la misma casa: Elinor, su hermana mayor, que a pesar de tener solo diecinueve años tiene la sensatez de una notaria jubilada. Ella también está enamorada, de un joven tímido llamado Edward Ferrars. Nadie más lo sabe, mucho menos él. Elinor sonríe a las visitas, consuela a su madre y se guarda la pena en un cajón con llave. Marianne mira a su hermana y no entiende nada. Para ella, amar a medias es una forma elegante de no amar, y confesar un sentimiento a plazos le parece una estafa. Elinor mira a Marianne y entiende demasiado. Sabe lo que cuesta un corazón que no tiene dónde esconderse, y sabe que en aquella casa de quinientas libras al año nadie puede permitirse el lujo de gastarlo entero. Una cree que se ama con todo, la otra cree que se ama con cabeza. Austen las pone bajo el mismo techo, les da la misma lluvia y se sienta a ver quién acierta. La autora conocía bien ese cálculo. Al morir su padre, en 1805, ella, su hermana Cassandra y su madre pasaron a depender de la voluntad de los hermanos varones, y en 1809 se instalaron en una casa de campo en Chawton, cedida por uno de ellos. La novela apareció en 1811, costeada por la propia autora y firmada con el discreto «Por una dama». Le dejó una ganancia modesta, de unas 140 libras, suficiente para animarla a seguir escribiendo. Esa lluvia, esa colina y esas dos maneras de amar llegan ahora a las salas españolas con cara y voz nuevas. La dirige Georgia Oakley, con guion de la escritora australiana Diana Reid. Daisy Edgar-Jones es Elinor, Esmé Creed-Miles es Marianne y George MacKay es Edward Ferrars y Fiona Shaw es la locuaz Mrs. Jennings. Llega, además, con una sombra ilustre. La versión de 1995, dirigida por Ang Lee, obtuvo siete nominaciones al Óscar y el premio al mejor guion adaptado para Emma Thompson, que además era Elinor. Muchos espectadores la recitan de memoria y se sentarán en la sala con esa copia mental en el regazo. En esa casa pequeña, cada hermana responde a la pérdida con una de las dos palabras del título. Elinor es el sentido, entendido como juicio y Marianne es la sensibilidad, una palabra que en 1811 tenía prestigio de virtud. Rousseau, el 'Werther' de Goethe y toda una biblioteca de hombres de corazón tierno habían enseñado a su generación que sentir en grande certificaba la nobleza del alma. Marianne la certifica a diario, al piano, con los ojos húmedos y ninguna intención de disimular. «¡Elinor de corazón frío!», le grita cuando su hermana confiesa que 'estima' a Edward, verbo que a ella le suena a burocracia. Austen no reparte medallas. Elinor paga su serenidad capítulo a capítulo, a solas, y la novela se lo apunta. Marianne paga su franqueza con un abandono en un salón londinense y con una fiebre que casi la mata tras caminar bajo la lluvia. Cuando por fin se entienden, Elinor le dice que, de no haber estado obligada a callar, habría podido dar «pruebas suficientes de un corazón roto, incluso para ti». Callar nunca fue sentir poco: al saber que Edward es libre, la mayor de las Dashwood sale de la habitación y llora a puerta cerrada con una intensidad que habría enorgullecido a su hermana. Es la única caída de compostura que la autora le concede. El estreno coincide con una época de abundancia para el drama de época. El género nunca se fue, y su auge reciente tiene fechas. La serie de la BBC con Colin Firth, en 1995, y 'Downton Abbey', desde 2010, abonaron el terreno. En 2020, 'Los Bridgerton' lo convirtió en fenómeno global, y las redes respondieron con la estética 'regencycore' y con comunidades lectoras que devolvieron a Austen a las mesillas de noche. Llegaron después nuevas versiones de 'Mujercitas' y 'Emma', una 'Persuasión' que dividió a los puristas y, este mismo año, otra 'Cumbres borrascosas'. Este otoño coinciden en la cartelera esta película y una miniserie de 'Orgullo y prejuicio' en Netflix. Las razones del entusiasmo se refuerzan entre sí. La primera es dramática; en un mundo de reglas estrictas cada gesto se convierte en acontecimiento, y una mano rozada en un baile pesa como una declaración. El subtexto, que el cine contemporáneo ha ido perdiendo por exceso de literalidad, recupera su idioma natural. La segunda es económica. Para una mujer sin patrimonio, casarse era una cuestión de supervivencia, y eso da al amor una tensión que las comedias románticas actuales rara vez alcanzan. La vinculación hereditaria ha desaparecido de los códigos, y cualquiera que haya buscado piso en Madrid reconoce el vértigo de depender de decisiones ajenas para tener un techo. La tercera es sensorial: ahora que nos entendemos en mensajes leídos al instante y respuestas que tardan una semana en no llegar, una carta que tarda tres días y un paseo que ocupa toda una tarde resultan un lujo. El drama de época vende lentitud. Conviene añadir una cautela. El pasado que muestran estos vestidos suele estar muy limpio. Casi nunca se ven el trabajo que sostenía aquellas casas ni la violencia colonial que financiaba parte de su riqueza, y la comodidad con que consumimos la época nace en parte de esa omisión. Austen, más aguda de lo que su fama de autora amable sugiere, tuvo buen ojo para el dinero y sus orígenes. Una adaptación honesta debería mantenerlo a la vista. Elinor y Marianne son dos mitades de cualquiera. Somos Elinor cuando tragamos un comentario y sonreímos , y somos Marianne cuando escribimos el mensaje que no deberíamos enviar. La historia no promete que una de las dos maneras de amar sea la correcta, sugiere que cada una, llevada al extremo, deja sola a quien la practica, y aprender a vivir entre las dos es trabajo de toda una vida. Las colinas siguen llamándonos. Queremos el vestido, el campo y hasta el hombre de la escopeta, durante dos horas de oscuridad en una sala. Queremos también que alguien nos recuerde que sentir mucho y pensar bien pueden ir de la mano, y que, bajo la lluvia, tarde o temprano, conviene echar a correr.