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Historia de las elecciones en Hispanoamérica, entre la esperanza y el temor

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Abc.es 
Las elecciones siempre despiertan expectación, ya sea en la forma de esperanza o de temor, anticipando alguna continuidad o cambio. Desde una perspectiva histórica hispanoamericana , las elecciones no surgieron como expresión de la democracia, sino del colapso de la monarquía española y la necesidad de reemplazarla con un modelo político diferente. Casi simultáneamente, la mayoría de los trece países independizados eligieron reinventarse como repúblicas constitucionales (salvo por México por un breve período) pero, ¿qué significaba aquello? El consenso era el de seguir el modelo del gobierno representativo , presente en el pensamiento político, de los siglos XVIII y XIX, pero también en la experiencia práctica de los Estados Unidos. La reflexión giró entonces en torno a cómo se elegían y quiénes eran los representantes del pueblo. De aquí surgió e institucionalizó la idea de elecciones generales, pero restringidas a lo que hoy entendemos por voto censitario, con requisitos de propiedad y alfabetismo. Las dificultades prácticas eran enormes, pero fue afianzándose poco a poco un método de elecciones, que no excluía la propuesta gubernamental de quiénes eran «elegibles ». Con todo, varios países, a veces antes que Europa (y Estados Unidos), otorgaron el derecho a voto a los varones libres, como en Argentina, Nueva Granada y México para mediados del siglo XIX. ¿Era esto democracia? Definitivamente, no. Todos los textos que hemos examinado con Eduardo Posada-Carbó arrojan un resultado evidente: la palabra «democracia» tenía una connotación marcadamente negativa durante la primera mitad de ese siglo, como expresión de un movimiento tumultuoso, incontrolable, demagógico y adicto a los extremos de la Revolución Francesa . Pero paulatinamente el rito de las elecciones y la alternación en el poder fueron agregando un énfasis positivo al concepto, añadiendo el rechazo a las dictaduras de los Rosas, los Francia, los Rafael Carrera, y tantos otros. La democracia prosperó en Hispanoamérica, pero con altos y bajos. Definitivamente, algunos países fueron más exitosos que otros. Entrado el siglo XX persistían desafíos enormes, como la expansión del sufragio, la transparencia del voto, y el reconocimiento del adversario ante una derrota electoral. Una de las preguntas centrales era qué decía la constitución al respecto . La lucha era entonces (aparte de las asonadas y dictaduras militares) sobre los derechos políticos y la efectiva separación de los poderes. Por ello proliferaron las asambleas constituyentes y la enorme cantidad de nuevas constituciones. Cuando ya no era tan necesario el uso de las bayonetas, y algunos déspotas iluminados comenzaron a apreciar la efectividad de la invocación a la constitución (transformándola de raíz), observamos la manipulación del concepto de representatividad. La idea de «democracia» podía ser redefinida como democracia «protegida» o democracia inclusiva, plurinacional o plebiscitaria. Lo importante era anunciar la legitimidad de la constitución escrita y la validez de las elecciones. Tal concepto ha sido distorsionado o violado en numerosas ocasiones entre los siglos XIX y XXI, desde la escenificación de las elecciones, el robo de las urnas, o la ineficiencia o intencionalidad de los poderes del Estado en el momento de validación. El ejemplo más reciente es la decisión del Tribunal Supremo de Justicia a favor del régimen de Nicolás Maduro en los comicios de 2025, en donde era evidente su derrota. Si las elecciones son una condición necesaria pero no suficiente para la democracia, cabe la pregunta histórica sobre la evolución de ella. En Hispanoamérica pasó de ser un sinónimo de desorden a una manifestación de la voluntad de las mayorías para elegir a sus representantes. Pero las mayorías circunstanciales no necesariamente implican la legitimidad del sistema democrático, y es por ello que observamos la erosión de su apoyo en las últimas décadas. Regímenes que se instalan mediante un golpe de Estado, como fue el caso de Chile en 1973 , pueden recurrir a plebiscitos convocados en momentos que parecen favorables. Tal fue el caso de este último país en 1980 para consolidar un régimen autoritario, pero que luego fue derrotado mediante el mismo mecanismo plebiscitario en 1988. La adhesión democrática no proviene necesariamente de las elecciones. La democracia tiene un componente valórico importante que va mucho más allá de la satisfacción o el enojo con el sistema político imperante. Hoy las elecciones tanto en Estados Unidos como en América Latina son susceptibles de todo tipo de inclinaciones populistas , como las promesas de campaña sobre seguridad, inmigración, políticas económicas y reducción de la jornada de trabajo (como hemos visto recientemente en Brasil). Lo necesario es apreciar la democracia por lo que es en sí: una forma de convivencia cívica en la que todos comparten la responsabilidad por los problemas y necesidades de las polis. Lo que resulta claro es que se puede apelar a la democracia para, precisamente, destruirla en su sentido valórico. El termómetro eleccionario, para bien o para mal, se inclina hacia el castigo. Pero una de las virtudes de la democracia es que a veces apuesta por la esperanza.

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