Este noviembre votaré dos veces, en Estados Unidos y en España, aunque no vivo en ninguno de estos dos países. Voto, en realidad, en contra del mundo posglobal de las identidades y las patrias, que ha compartimentado a los electorados en etnias, sexos y distritos varios . Y voto en una dirección contraria en cada sitio: en Estados Unidos, contra el tribalismo de MAGA y su apoyo a los dictadores genocidas; en España, contra un gobierno que ha convertido la gestión de minorías en programa y legalizado a millones de inmigrantes . El politólogo británico David Goodhart escribió hace casi diez años que la fractura del electorado contemporáneo ya no es izquierda contra derecha, sino los de «algún sitio» contra los de «ninguna parte»: los arraigados, con identidad heredada y territorio, contra los apátridas, globalistas y neoliberales como yo. Lo interesante es que el tribalismo posglobal que combato ya no nace orgánicamente como esencia prepolítica que emerge de una sangre, una tierra, una lengua y una memoria colectiva, sino que se fabrica. Walter Lippmann, uno de los padres de la crítica de los medios, explicó en 1925 que el público que la democracia necesita –informado, atento, capaz de deliberar– no existe; lo que existe es un «público fantasma» que solo sabe tomar partido. Hoy ese público se fabrica en granjas de bots en Macedonia o San Petersburgo que generan la sensación de pertenencia masiva, un 'astroturfing' con dirección de IP falsa que hace pasar un servidor ruso por una pradera del Medio Oeste nostálgica de sus acerías. Las redes no optimizan la deliberación sino la indignación, el impulso de compartir antes de pensar. En la era de Truth Social, el público fantasma de Lippmann ya no es una metáfora sobre la incompetencia cívica: es una infraestructura técnica. La política ya no se debate: se ejecuta. El asalto al poder mediático y el gobierno por decreto son la misma maniobra en dos tiempos. Primero se captura o se neutraliza la conversación pública –con bots, algoritmos de indignación y jaurías en las redes–; después, vaciado el Parlamento de cualquier función real , se gobierna sin necesitar su aprobación. Sánchez y Trump, que se odian mutuamente y se parecen como gemelos, gobiernan rodeados del mismo paisaje: públicos-fantasma hechos de bots en un extremo; en el otro, un poder ejecutivo que fabrica el resultado por tres vías –topología, biopolítica y judicatura– sin necesidad de debatir nada en el Parlamento. La topología es la forma más literal: si no puedes ganar el voto, rediseña el mapa. Texas y California redistritan a sus habitantes para fabricar escaños; se redibujan las líneas y el público vota en consecuencia. La biopolític a es la segunda vía: si no puedes convencer al votante que tienes, fabrica el votante que necesitas. La 'ley de nietos' crea en Latinoamérica un electorado entero por genealogía en vez de por argumento. En Estados Unidos no se importan votantes: se litiga a quién corresponde el derecho de nacer ciudadano para votar. La judicatura es la tercera vía: la fabricación de la verdad. En EE.UU. los jueces federales los nombra el poder político, y por eso el 'lawfare' se origina allí: el tribunal deja de arbitrar y entra en la pelea. En España, la judicatura es una carrera de oposición, una verdad a priori que en teoría no se vota, aunque está cada vez más contagiada por el mismo populismo. Por eso el mismísimo fiscal general del Estado acabó condenado, mientras que el Gobierno contrata mafiosos para eliminar a jueces molestos. Rediseñar el mapa, rediseñar el censo, rediseñar el tribunal: ya no hace falta ganar el argumento si puedes decidir de antemano quién tiene derecho a escucharlo, a votarlo o a juzgarlo. Para cuando el público —real o fantasma— llega a la urna, el resultado ya se ha ejecutado en otro sitio: un juzgado, una oficina del censo, un servidor. ¿Tiene arreglo la democracia representativa occidental en la era de las redes sociales, el populismo y la posverdad ? Marc Andreessen y Peter Thiel llevan tiempo insinuando que el sistema que describió Tocqueville es ineficiente frente a la inevitable oligarquía de las élites. Las burocracias meritocráticas de Singapur, Japón o Corea del Sur –el Estado ultra-profundo y cuasi-eugénico– ya se adivinan como modelos de gobernanza muy superiores a la democracia representativa occidental en la era de Truth Social . En este contexto de praderas del Midwest 'Made in San Petersburgo' y electorados de biznietos remotos y migrantes del Gran Sur, reivindico mi condición de apátrida como perfecto medio entre el humano arraigado y el bot deslocalizado: la única con verdaderas raíces democráticas —derechos humanos, razón ilustrada, orden internacional, libertad de expresión, método científico— y la única donde puede sostenerse la democracia mientras llegan los presidentes de silicio. Cualquier cosa menos ser de un distrito, de una patria o de una raza. O un bot con VPN.