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La mujer «inquieta y andariega» (y 2)

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Abc.es 
Los doctos padres carmelitas que anotan la primera edición de sus 'Obras' (1587) no aclaran a qué refrán se refiere fray Luis de León cuando señala que los defectos de la prosa de Santa Teresa, lejos de afeársela, la mejoran: «Ese mismo vicio le acarrea hermosura, y es el lunar del refrán», nos dice. Y no lo aclaran, porque entonces todo el mundo lo conocía. El refrán («El lunar sobre los dientes, señor de sus parientes»), lo recoge Gonzalo Correas en su famoso 'Vocabulario de refranes', y se refiere a ese lunar que algunas mujeres llevan sobre el labio superior, y que «parece mejor a la dama que los de otra parte del rostro», y por eso es rey o señor de los demás lunares. Fue famoso el de la actriz Concha Velasco, que, sin tenerlo natural, se lo pintaba, unas veces a un lado u otro, según le daba, tanto le favorecía; aquella Concha Velasco, que andando los años interpretaría el papel de su vida en el serial televisivo sobre la Santa, cuyos guiones escribió Carmen Martín Gaite. Y sí, llevaba razón fray Luis, por aquello de JRJ que tantas veces ha citado uno: «Quien escribe como se habla llegará en lo porvenir más lejos que quien escribe como se escribe». Se ve en las cartas, más que en ninguna otra de sus obras, que es una mujer de una pieza, determinada y poco amiga de melindres. Como decía Pavese: «La mujer es un hombre de acción». Y si lo escrito se apolilla pronto a menudo, tiene el habla sus propios anticuerpos contra la pedantería, y no hay una sola carta suya que no regale un pequeño o gran asombro. Cuanto escribe en ellas está pegado a sus propósitos inmediatos (la tarea colosal de refundar la orden carmelitana, venciendo toda clase de obstáculos) y a sus tribulaciones íntimas. Y su maña consiste en tratar lo mismo al rey, a una novicia o a sí misma, con su tono correspondiente, sabiendo, además, que «como los jueces del mundo son todos hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa». Se la ha comparado con don Quijote, por lo descomunal de su empeño, y por haberse pasado la vida en los caminos, con sol o con lluvia y tiempo recio, a lomos de una mula o en carro o andando. Da cuenta de sus desengaños y de sus logros con ánimo parecido. Si un día le dice a su interlocutora «me lastima mucho el ser el mal tan sin esperanza», otro le repite lo que se dice a sí misma: «Tenga ánimo, que tras este tiempo, vendrá otro, y se holgará de haber padecido» (versión de aquel «es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido», de San Agustín ). No hay contratiempo que no arrostre con humor, y tiene a todas horas en los labios su famoso «Dios lo remedie», que Cervantes (que la admiraba mucho) tradujo a su léxico particular de jugador de cartas: «Paciencia y barajar». O como le dice a un fray en otra carta: «Yo soy siempre amiga de hacer de necesidad virtud». Para todos tiene un consejo o una advertencia («es una raposa, y piense viene con algún rodeo»), a todos da fuerzas (las que ella no tenía a menudo, «cansada de sí misma», podríamos decir), y a todos, consuelo («si son cosas de tomo nunca se olvidan, si se olvidan ya no hay para que las decir»). Le cuenta a fray Jesús de la Roca «cómo el Señor Nuncio ha mandado que no funden más conventos y los hechos, se deshagan. Y que el Nuncio está enojadísimo contra mí llamándome mujer inquieta y andariega, y que el mundo está puesto en armas contra mí, y mis Hijos escondiéndose en las breñas ásperas de los montes y en las casas más retiradas, porque no los hallen y prendan. Esto es lo que lloro, esto es lo que siento, es lo que me lastima, que por una pecadora y mala monja [ella misma], hayan mis hijos de padecer tantas persecuciones y trabajos, desamparados de todos, menos de Dios». Las 'Cartas' se me hicieron tan cortas que por seguir en ese mundo suyo acudí a 'Teresa' (Junta de Castilla y León, 2015). Tampoco lo había leído. Incluye unos preciosos relatos de Jiménez Lozano, como los de su maravilloso Mudejarillo, y una sucinta biografía de la Santa escrita por el sabio carmelita Teófanes Egido. Un libro admirable. Pero, ya ves: ha llegado uno al final de la página y… (Continuará algún día).

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