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Zurbaranmanía

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Abc.es 
Francisco de Zurbarán era hijo de un comerciante de tejidos de Fuente de Cantos, circunstancia que el destino, siempre aficionado a las ironías, convertiría en una de las grandes virtudes de su pintura. Su padre, Luis de Zurbarán, negociaba con paños y telas. El muchacho debió de aprender pronto a distinguir las calidades del lino, la lana y los brocados . En 1614 llegó a Sevilla, donde entró como aprendiz en el taller de Pedro Díaz de Villanueva cruzándose por las calles y tabernas con un pintor tan joven y desconocido como él; un tal Diego Velázquez . Después, en Llerena, abrió su propio taller y entre conventos, frailes y santas vestidas de princesas acabó inventando una manera de mirar el mundo. La amistad con Velázquez sobrevivió a los años y a la distancia. En 1658, ya en Madrid, Zurbarán incluso declaró a favor de su viejo amigo durante las pesquisas sobre su limpieza de sangre para ingresar en la Orden de Santiago. Cuatro siglos después, aquel muchacho extremeño ha conquistado Londres y París. La National Gallery acaba de dedicarle una gran exposición y ahora es el Louvre quien recibe sus cuadros. Después vendrá Chicago. La crítica internacional habla de modernidad, minimalismo, surrealismo y hasta de alta costura . Descubre en sus hábitos blancos una prodigiosa geometría, en sus bodegones una anticipación de las vanguardias y en sus santas, envueltas en sedas y brocados, una pasarela de Balenciaga antes de Balenciaga. Hasta sus figuras religiosas parecen anticipar la pintura de Manet, Picasso o Juan Gris. Se diría que Zurbarán acaba de inventarse. Y mientras Europa descubre entusiasmada al pintor español, aquí seguimos despachándolo como el pintor de frailes. No porque nuestros museos lo hayan olvidado, que sería injusto decirlo. Pero una cosa es colgar cuadros y otra conseguir que un país reconozca en ellos parte de su propia grandeza. Velázquez tiene sus meninas, Goya sus fusilamientos y Picasso su Guernica . Zurbarán tiene un cordero con las patas atadas, un animal humilde que parece contener todo el silencio del mundo. Y eso, por lo visto, no vende tantas camisetas. Lo más hermoso de esta inesperada zurbaranmanía es que los extranjeros no necesitan compartir la fe de sus personajes para comprenderlos. Donde nosotros vemos estampas religiosas, ellos encuentran pintura pura . Donde había penitencia, descubren belleza; donde había recogimiento, una modernidad deslumbrante. Quizá sea esa la verdadera condición de los clásicos: sobrevivir incluso a las razones por las que fueron creados. El hijo del comerciante de Fuente de Cantos ha necesitado cuatro siglos para convertirse en una estrella internacional. Y nosotros, tan acostumbrados a que nos expliquen desde fuera lo que tenemos dentro, estamos a punto de descubrirlo. Otra vez.

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