Hay unos versos de Calderón, al final de 'La vida es sueño', que retratan una de las razones más oscuras del poder. Segismundo, ya entronizado, encarcela al soldado que se había sublevado y por tanto le había ayudado a triunfar: «El traidor no es menester/ siendo la traición pasada», dice entonces. En una geopolítica tan cambiante como la actual, esos versos del Siglo de Oro español bien podrían hacernos pensar, por ejemplo, en Venezuela, y el turbio horizonte que aún deberá superar su democracia para existir. Después de aquellas elecciones robadas en julio de 2024 por Nicolás Maduro (algo corroborado por el Centro Carter), Delcy Rodríguez aparece como presidenta bajo la protección de un Donald Trump que ha priorizado el petróleo a la democracia, y hace por ello buena otra línea, esta vez del 'Rey Lear', de Shakespeare: «Obedeces a un perro cuando tiene un cargo». Con las elecciones de medio mandato de este noviembre en Estados Unidos, además de las generales ya convocadas en España, hemos querido reunir varias voces para entregar a los lectores reflexiones diversas y punzantes sobre la naturaleza de los comicios en nuestro mundo actual y nuestra historia. Es una reflexión relevante porque las democracias pierden estabilidad en todo el mundo, acosadas por los extremos. Las urnas siguen otorgando legitimidad, o al menos su apariencia bajo algunos regímenes, pero además son cada vez más un campo de batalla epistemológico. Como ha dicho Michael Ignatieff en estas páginas, discernir entre elecciones y democracia se está convirtiendo en un tema clave, porque los ataques de los populismos y los líderes autoritarios se centran, de manera obsesiva, en los elementos que regulan el equilibrio de poderes, los «controls and balances», y dan estabilidad porque no son elegidos: jueces, reguladores, altos funcionarios del llamado «Estado profundo», etcétera. Si la democracia no fuese más que el gobierno de la mayoría, bastaría con votar para ser demócrata. Pero la regla evidente es que las urnas ya no bastan para certificarlo. Se ha hablado con polémica de la injerencia rusa en varias campañas, de Estados Unidos a Bielorrusia, Ucrania o Rumanía. El presidente Putin acaba de vencer en unos comicios sin gran competencia. Hay que sumar los nuevos 'conceptos democráticos' que surgen de sistemas como China, que hablan de un control poco compatible con la idea de democracia liberal, al tiempo que su televisión oficial señala las «serias dificultades» que atraviesa la democracia en Occidente. Y no les falta razón en ello, viendo la polarización en Francia, Alemania, Italia o incluso España, aunque casos como los de Polonia y Hungría dan la réplica con respecto a las posibilidades de un electorado para no dejarse arrastrar por la lógica de los extremos. El pucherazo electoral venezolano fue un hito en la historia reciente, curiosamente aplaudido por políticos españoles cercanos al Gobierno que tantos tratos parece haber tenido con la dictadura chavista. Pero no es un hecho aislado. Cada vez más, los procesos electorales están asediados por intolerancias, discursos excluyentes y sospechas de irregularidades, al tiempo que la geopolítica se desboca hacia el desorden provocado por nuevas crisis en Irán o en Israel. De hecho, Netanyahu también se enfrenta a un proceso electoral bajo la mayor tensión de las últimas décadas por la guerra en Gaza y las protestas propalestinas que se han extendido a medio mundo. En 'Masa y poder', Elías Canetti desarrollaba el concepto de supervivencia del poderoso: «El momento de sobrevivir es el momento del poder», dice, y lo explica como una pasión que necesita límites. La literatura y la cultura, desde Homero en el origen hasta hoy, ha dibujado esos límites con la habilidad de quien sabe reflejar toda la complejidad de la naturaleza humana. Sería irresponsable no mirar, ahora, hacia el poder desde la cultura.