Pasadas las nueve de la mañana todo era confusión en Santa Justa. La indignación por la cancelación de los trenes fue el preludio del silencio. La estación se había quedado vacía de pasajeros y pasaba a convertirse en el epicentro de la angustia. Aquel lugar que debía haber sido la última parada de los dos trenes que chocaron a la hora maldita de las 8:53 se convirtió en la sala de espera de la incertidumbre y el dolor. En las primeras horas, el impacto de la suspensión del servicio se tradujo en quejas airadas y rostros desorientados frente a los paneles informativos del vestíbulo. Cientos de viajeros que aguardaban para desplazarse a Madrid recibían la escueta noticia de la cancelación de sus billetes y la devolución del importe, pero ninguna certeza más. Entre los corrillos de la terminal, la rabia contenida evocaba de inmediato un fantasma reciente: «Otra vez», repetían con amargura los pasajeros, recordando la tragedia ferroviaria sufrida en Adamuz. Ante la parálisis del corredor de alta velocidad, muchos decidieron emprender viaje a pie hacia Plaza de Armas en busca de una alternativa o pagar hasta 400 euros por un coche de alquiler. A la marejada de viajeros se sumaban turistas extranjeros que, incapaces de descifrar la megafonía o los avisos de la estación, dependían de la solidaridad de otros pasajeros para comprender las dimensiones del suceso. También transitaban por el vestíbulo expediciones de aficionados del Betis que tenian previsto viajar a Alcorcón para el partido de Copa del Rey de esa misma noche, que quedó suspendido; un grupo de béticos llegado desde Los Palacios respiraba aliviado tras confirmar por teléfono que sus amigos, a bordo de un convoy anterior, habían resultado ilesos. Sin embargo, el alivio de unos era la agonía helada de otros. A escasos metros, una mujer marcaba una y otra vez un número telefónico que no daba señal: «No sé nada de ella. Venga a llamar y nada», relataba desolada mientras aguardaba la llegada de una amiga que viajaba en el AVE siniestrado. Conforme avanzaba la mañana, la confirmación de la magnitud del impacto entre el tren AVE y el Iryo fue despojando a Santa Justa de su trasiego habitual para transformarla en una plaza sitiada la Agencia de Emergencias de Andalucía, que desplegó un puesto de mando avanzado con efectivos de Protección Civil, el GREA, sanitarios del 061 y el Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Desastres. La Sala Club de Renfe quedó custodiada por la Policía Nacional para garantizar la intimidad del goteo de familiares que comenzaba a llegar. La respuesta institucional no tardó en articularse. El alcalde, José Luis Sanz, convocó de urgencia un comité de emergencias para coordinar los recursos municipales. En las explanadas anexas a la estación se inició la instalación de una carpa asistida por cuatro psicólogos. De forma paralela, el regidor anunció la declaración de tres días de luto oficial. «Sospechamos que habrá víctimas sevillanas», advirtió Sanz ante los medios con semblante grave. Un dolor al que se unieron el arzobispo y el Consejo de Cofradías, elevando oraciones. El goteo de familiares a la Sala Club de la estación fue incesante pero pausado. Pasadas las doce del mediodía, varias parejas y mujeres en solitario accedían arropadas por agentes entre escenas de evidente conmoción. Entre las historias cruzadas en la catástrofe se encontraba la de tres jóvenes sevillanas de 25 años residentes en Madrid. Habían adelantado su billete de tren al miércoles para esquivar una huelga convocada en la capital. Blanca y Andrea resultaron casi ilesas -la primera con contusiones en la cabeza y mandíbula, la segunda tras sufrir un severo ataque de ansiedad-, pero durante horas buscaron desesperadamente a su amiga María, enfermera de profesión, que viajaba varios vagones más adelante. No fue hasta casi el mediodía cuando su familia conoció que había sido evacuada hacia un hospital de Toledo con lesiones de consideración en la cabeza y la espalda, aunque estable dentro de la gravedad. Desgarrador fue también el testimonio de Ana San Emeterio Freire en la misma terminal, solicitando ayuda entre sollozos para localizar a su hermano José Ángel, de 54 años: «No sabemos ni en qué asiento iba ni en qué vagón... Que busquen a mi hermano donde sea, por favor. ¿Cómo no van a tener un listado de los viajeros?», lamentaba amargamente ante los periodistas, cuestionando además el mantenimiento de las infraestructuras ferroviarias. Del paradero de su hermano no había certeza alguna; únicamente había sido hallado con vida su perro, 'Trece', cuyo collar identificativo permitió entregarlo a la familia. En una situación similar aguardaba Yasin, intentando recabar noticias de Amed, un joven procedente de Dubái que viajaba en el tren accidentado y para quien él era el único contacto conocido en suelo hispalense. La familia de David Benítez, un sevillano de 38 años que viajaba en el vagón 8 del AVE, lo buscaba desesperadamente. Habían logrado averiguar que había entrado en su historia clínica en atención primaria en Castilla-La Mancha. Allí acudieron su padre y su mujer, pero no estaba. Seguía desaparecido. La jornada dejó asimismo la vivencia de quienes bordearon la catástrofe en primera persona. Un grupo de más de 50 miembros de la asociación agraria Agama Bajo Guadalquivir, de Los Palacios, que viajaba a Madrid para la manifestación finalmente suspendida, vio interrumpido su trayecto. Mientras una parte del colectivo quedó detenida en Córdoba, los que viajaban en el AVE de las 7:20 se vieron frenados a la altura de Puertollano. «Es una situación que no se espera en ningún momento. Por suerte ya estamos de nuevo aquí con nuestras familias», explicaba Antonio David de la Rosa tras conseguir desembarcar de regreso en Santa Justa a primera hora de la tarde. Más agónico resultó el regreso de Antonio Cruzado, que había partido de Sevilla a las seis y media de la mañana y no logró pisar de nuevo la capital hasta doce horas después. Su tren quedó detenido en Ciudad Real, a escasos siete kilómetros del lugar de la colisión. «Lo hemos pasado muy mal, con mucho calor y mucha ansiedad. A la velocidad a la que van estos trenes, siete kilómetros es cuestión de un par de minutos», reflexionaba sobrecogido tras completar un lento peregrinaje de transbordos y autobuses. Caída la tarde, sobre las 19:30 horas, el vestíbulo de Santa Justa albergó los primeros reencuentros entre supervivientes ilesos y sus familias, en medio de abrazos rotos y lágrimas de alivio. Sin embargo, el epicentro más doloroso de la jornada terminó desplazándose al cuartel de la Guardia Civil en Eritaña, donde la Benemérita habilitó la toma de muestras de ADN para la posterior identificación de los cadáveres custodiados en Toledo. Fue allí donde se confirmó la primera víctima mortal sevillana de la tragedia: José Manuel Chacón, de 31 años, agente de la Guardia Civil perteneciente a la Unidad Técnica de Policía Judicial en Madrid. Su madre, que horas antes alimentaba la esperanza tras recibir noticias confusas en Santa Justa, confirmaba la trágica noticia. Con la confirmación de su pérdida y la incertidumbre revoloteando aún sobre decenas de desaparecidos, Sevilla iniciaba el primero de sus tres días de duelo oficial con el corazón encogido y las banderas a media asta.