La democracia es ante todo una ética del poder. Un sistema de reglas escritas y no escritas para proteger a los ciudadanos de la intromisión ilegítima del Estado. Como esa defensa se vuelve a menudo imposible de facto, existen convenciones morales que el consenso social transforma en hábito; cuando esas normas explícitas y tácitas se incumplen o se arrinconan por falta de escrúpulos o por mero interés pragmático, el régimen de libertades compartidas se acaba deslizando hacia un modelo autoritario maquillado con elecciones cada cuatro años. En esa fase estamos en España: una anomia caprichosa que anula los mecanismos institucionales para apuntalar el personalismo de un liderazgo asfixiado por la pérdida de respaldo parlamentario. La única coartada capaz de sostener... Ver Más