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Trinidad, apuntes de viaje

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¿Cuál es el origen de esta torre? ¿Qué motivó su construcción? ¿La ordenó construir el rico hacendado trinitario don Alejo María del Carmen Iznaga y Borrell para encerrar en ella a su esposa adúltera, o fue su edificación el resultado de una apuesta que hiciera con su hermano Pedro? ¿Obedeció acaso a la rivalidad de don Alejo con José Mariano Borrell, marqués de Guáimaro?

Ninguna de esas versiones es cierta. La torre de Manaca Iznaga, a 12 kilómetros al noreste de la ciudad de Trinidad por la carretera de Sancti Spíritus, es, como el campanario del habanero convento de San Francisco, todo un símbolo y una de las imágenes más características y fotografiadas de esas zonas.

No se pasa por la carretera sin advertirla. Con sus 43,5 metros de altura sobresale en medio del paisaje. Su estructura, coronada por un campanario, es de piedra, ladrillo y metal y está dividida en siete cuerpos asimétricos. Su construcción comenzó después de 1835, y antes de 1845 estaba concluida.

El motivo de la construcción de la torre de Manaca Iznaga está claro. Mucho de vanidad y de ostentación pudo haber en ella, pero su origen es, en lo fundamental, utilitario. Desde su altura se domina todo el paisaje del Valle de los Ingenios. Así se vigilaba el movimiento de los cañaverales, se avistaban a los esclavos fugitivos y se daba la voz de alarma en caso de incendio en las plantaciones. Sus campanas servían para llamar a la oración e indicaban el inicio y fin de la jornada de trabajo esclavo.

Esa es la verdad de la torre, con todo lo que de monumento pueda tener esta edificación que fue, durante largo tiempo, la segunda mayor altura de la Isla, solo superada por el ya aludido campanario de San Francisco, en La Habana.

De las primeras

Puede el visitante acercarse a Trinidad —que celebra ahora sus 512 años de fundada— por el costado de las tradiciones y al doblar por uno de sus callejones se topará con el cuerpo inerte del marqués de Guáimaro, acribillado a perdigonazos por un esclavo que seguía órdenes de la marquesa, o verá esfumarse al pícaro bandido Caniquí ante las mismas narices de sus perseguidores…

Cuánto de realidad y ficción hay en historias como esas es algo que no debe preocuparnos. Las leyendas son relatos desfigurados por la tradición y tienen siempre un fondo de verdad. Alguien las escribe en un momento dado, pero antes recorrieron, de boca en boca, un largo camino de fantasías y distorsiones. Se impone entonces seguir dándoles vueltas, añadiéndole nuevos anillos para que mantengan la vida de su fulguración.

Sucede así con la historia de Ma Dolores, una de las más conmovedoras tradiciones trinitarias: ya frente al pelotón de fusilamiento, los ángeles la rescataron de la muerte. O la de la mujer aquejada de demencia senil que volvió a sus cabales luego de resucitar.

De paso por Trinidad, Hernán Cortés fue el primer pirata que asoló el Caribe, aseguraba el ilustre Manuel Lagunilla, historiador que fuera de Trinidad, y había que creérselo.

Son relatos de amor, celos, muerte, venganza, odios… que perviven en el imaginario colectivo de una ciudad que fue una de las primeras siete villas fundadas por los colonizadores españoles en la Isla y forman parte de su encanto.

La Canchánchara

A diferencia de otras regiones cubanas, Trinidad no tiene una cocina propia, pero sí versiones únicas de la cocina criolla. En el imaginario trinitario quedó inscrito el pesado relleno con pescado que en su visita a Trinidad se brindó a Francisco Serrano, duque de la Torre, gobernador general de la Isla, y a su esposa, Antonia Domínguez y Borrell, condesa de Antonio y trinitaria por añadidura; una pareja que con posterioridad asumiría la regencia del Reino de España.

Aunque no es oriundo de Trinidad, es muy solicitado el coctel llamado canchánchara, mezcla que se elabora con una cucharadita de miel de abeja, un cuarto de onza de zumo de limón, una onza y media de aguardiente de caña y una onza de agua natural, se enfría con un trozo de hielo y se sirve en una vasija de barro. Para algunos es el antecesor del daiquirí, uno de los diez cocteles más famosos del mundo, pero no es cierto. De todas formas, es refrescante y delicioso.

El Hechizo

Recorrer Trinidad es entrar a la vez en la poesía y en la historia. Conocerla es amarla y sentirse inmerso en su atmósfera de ensueño, porque esta ciudad con duende, que desafía el tiempo, exhibe en su centro histórico uno de los conjuntos arquitectónicos más completos de América, y el carácter mixto de su arquitectura le otorga acentuado rasgo propio y acrecienta su valor monumentario.

Con sus calles de piedra zanjadas al medio, su Plaza Mayor, sus palacios que lucen balaustradas de madera torneadas a mano, arcos de medio punto con persianas radiales, mamparas y alfarjes… todo parece haberse detenido allí en los siglos XVIII y XIX, aunque la vida de hoy y de mañana continúe fluyendo a borbotones en esta villa que la Unesco, en 1988, declaró Patrimonio de la Humanidad. Punto obligado de todo recorrido por Cuba, es de las localidades más visitadas por el turismo extranjero. Pero sigue siendo la ciudad de los trinitarios. A diferencia de otros destinos turísticos del continente, los anuncios lumínicos, al menos que recuerde el escribidor, no existen allí.

Entonces el hechizo se mantiene intacto, y tanto como su paisaje urbano, asombroso e inalterado, entusiasman al visitante la vida misma de los trinitarios y el ambiente de sus calles. El panadero que se vale de un burro para repartir su mercancía, los víveres que se trasladan en carretas de un establecimiento a otro, la pareja que recorre las calles en su día de bodas —la novia todavía con su traje albo y virginal— no son decorados para turistas, sino parte del acontecer cotidiano.

Eso no es todo, sin embargo. La rodea un paisaje diverso de playa y montaña. El azul del Caribe en contraste con el verde increíble de la cordillera del Escambray. Un mar deliciosamente cálido durante todo el año, ideal para el buceo por la transparencia de sus fondos, sus colonias de esponjas y su barrera coralina, y el respiro de la montaña con sus notas infinitas de color y su salto del Caburní, una cascada de 75 metros de alto en el corazón de la sierra, la visita a una casa campesina y la posibilidad, en un jardín de café, de conocer todas las variedades del fruto.

A 454 kilometros al este de La Habana y en el sur de la porción central del país, Trinidad fue fundada por Diego Velázquez, y de las siete villas que dejó el Adelantado, es una de las que tuvo una historia más intensa. Años antes, en 1508, Sebastián de Ocampo, luego de bojear la Isla, recomendó la fundación de una ciudad en Jagua —donde se encentra Cienfuegos, más al oeste—, pero Velázquez en persona escogió el sitio donde se asentó Trinidad. Allí preparó Hernán Cortés su expedición para la conquista de México, y, en el siglo XIX, el sabio Alejandro de Humboldt acometió importantes investigaciones. Fue una de las villas más esplendentes y ricas cuando en el Valle de los Ingenios —también Patrimonio de la Humanidad— perteneciente a la jurisdicción, funcionaron 48 fábricas de azúcar.

Luego vino la ruina, y el territorio, aislado además del resto de la Isla por la vía terrestre, quedó abandonado a sus fuerzas. Esa pobreza preservó el pasado. Las viejas edificaciones debieron mantenerse en pie, pues eran pocos los que tenían con qué construir.

A partir de 1960 se restauraron esos monumentos y el centro histórico se salvó definitivamente. Abren sus puertas en la ciudad unos diez museos que, más que tales, se ven hoy como meras salas del inmenso museo vivo que es esa ciudad sin tiempo: Trinidad de Cuba, cuyo aniversario 512 celebraremos con una canchánchara.




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