Fierabrás, el bálsamo que todo lo cura
En sus obras literarias Miguel de Cervantes recurre al uso de diferentes preparados de botica, bálsamos, ungüentos, emplastos y aceites reparadores; particularmente en «El Quijote», donde estos preparados se usan para curar los múltiples males de las palizas que recibe el hidalgo. Entre ellos destaca el bálsamo de Fierabrás, un bálsamo del que don Quijote tenía la receta en la memoria, con el cual «no hay que temer temor a la muerte, ni hay pensar morir en ferida alguna». Un bálsamo tan poderoso que sería capaz de recomponer al hidalgo en las más dura batalla por o que aconseja al escudero que cuando en alguna batalla le hubiesen partido por medio, como muchas veces solía acontecer «bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído al suelo y con mucha sotileza antes de que la sangre se yele la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo que encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber sólo dos tragos del bálsamo que he dicho y vérame quedar más sano que una manzana». El poderoso ungüento capaz de sellar las dos mitades de un cuerpo cercenado no era otro que le bálsamo de Fierabrás, un conjunto de remedios mágicos que pertenece a la literatura caballeresca medieval.
Según la tradición compilada en la Historia caballeresca de Carlomagno, se habla de «Fier a bràs» («el del brazo feroz»), un gigante sarraceno hijo del emir Balante, señor de las Españas, que portaba en su caballo dos barriles con el bálsamo sustraído de Jerusalén y procedentes del que había sido empleado en la sepultura de Jesús. En el transcurso de un combate, el gigante del brazo feroz perdió los barriles que fueron encontrados por su enemigo Oliveros, uno de los Doce Pares de Francia quien bebió el bálsamo y curó sus heridas mortales. Una versión de este cantar de gesta adquirió mucha popularidad en la España del siglo XVI al publicarse en Sevilla una versión en castellano de este. El bálsamo es presentado en boca de Quijote como capaz de curar todos los males y que estaría compuesto por aceite, vino, sal y romero, siguiendo las prácticas farmacológicas de la época que mezclaban tres elementos de procedencia vegetal y uno mineral: la sal. Los cuatro componentes simples, debían ponerse en una olla y cocer durante largo rato para finalmente ser vertido en una alcuza sobre la que recitar más de ochenta «paternóster», otras tantas avemarías, salves y credos acompañado a cada palabra una cruz a modo de bendición, para añadir finalmente la sal. Si bien el nombre de la pócima y sus efectos proceden de literatura caballeresca, sus ingredientes eran conocidos en la farmacopea de la época.
Las muchas propiedades del romero
Entre los ingredientes del bálsamo destacaba el romero, una hierba a la que se han atribuido propiedades terapéuticas estimulantes. El romero es de la familia de la lamiacea, es un conocido colerético, diurético y espasmolítico debido al borneol uno de sus componentes. No solo se utilizó el romero en el sigo XVI para bálsamos y ungüentos como el bálsamo de Opedeldoc, de Porras o el bálsamo tranquilo, sino también en preparados de carácter cosmético, como el Agua de la Reina de Hungría. En el propio capítulo X del Quijote, Sancho toma algunas hojas de romero y mascadas y mezcladas con sal son aplicadas en la oreja del maltrecho hidalgo. El aceite se utilizaba en la preparación de ungüentos, por sus propiedades antibacterianas y antifúngicas. El vino tenía beneficios tónicos y cardiacos y se recomendaba su consumo de manera moderada. Los conocimientos terapéuticos de las plantas dotadas de virtudes medicinales pudieron venir de la lectura del Dioscórides del médico segoviano Andrés Laguna. Un ejemplar de esta obra existía en la biblioteca del autor, posiblemente heredada de su padre, quien era médico. En la obra cervantina y particularmente en el Quijote existe algunas alusiones a la mencionada obra.
También se pudo inspirar en otros bálsamos conocidos en su época. Se atribuye al médico portugués Petrus Hispanus la redacción de un libro titulado «Thesaurus pauperum», donde se recoge una formula muy similar a base de la cocción de romero en aceite de oliva con los mismos fines. Era también conocido en Italia un popular bálsamo utilizado para todas las enfermedades, el bálsamo de Fiorvanti, de moda en el siglo XVI, compuesto de trementina, incienso, mirra, resina, clavo, jengibre, canela y laurel, todo ello macerado en alcohol, y al que se le atribuían propiedades milagrosas en el uso tópico de heridas. Si bien los componentes del bálsamo se encontraban entre a realidad y la ficción, sus efectos, el vómito intenso seguido de un gran sudor y fatiga al ser ingeridos conduciendo al paciente a un largo sueño, se inspiran en el proceder terapéutico del Renacimiento, marcado por el galenismo que defendía el uso de purgantes para eliminar los humores morbosos. El vómito permitía la recuperación de la mezcla de humores en la que se fundamenta la salud y el sueño inducido la recuperación de la salud mediante el descanso. En tiempos de incertidumbre, seguimos buscando nuestro propio bálsamo de Fierabrás: esa solución milagrosa que promete curarlo todo, aunque sepamos que, como en la novela, sus efectos no siempre son los esperados.
