El maestro de la agricultura japonés que 'advirtió' de que Mallorca "pronto sería un desierto" y chocó con la academia
El considerado 'abuelo' de la agricultura natural visitó la mayor de las Balears en 1999, donde diseñó personalmente un bosque comestible que aún prospera como laboratorio vivo de su enfoque. "El desierto avanza", advertía
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En 1999, Masanobu Fukuoka (1913–2008) recaló en Mallorca en el tramo final de su vida, cuando su pensamiento ya había atravesado continentes, disciplinas y polémicas. Parecía salido del universo del Studio Ghibli. Vestía el tradicional traje de algodón azul de los agricultores japoneses, se apoyaba en un cayado de madera gastada y avanzaba con paso lento, pero con una presencia de sensei —maestro— que imponía respeto.
Llegó sin voluntad de agradar ni de adaptarse al discurso local. Desde su primer contacto con la prensa fue directo al choque. “No entiendo cómo a los turistas les puede gustar un sitio que muy pronto será un desierto”. Para Fukuoka, Mallorca ya representaba a finales del siglo pasado un ejemplo temprano de lo que, aseveraba, ocurre cuando se rompe la relación entre bosque, suelo, agua y cultura. “El desierto avanza”, advertía, “y la causa principal es la desaparición de la cultura ligada al bosque”.
El paisaje como síntoma
Su lectura del paisaje mediterráneo fue contundente. Observó laderas erosionadas, campos desnudos durante buena parte del año, monocultivos resistentes pero exhaustos y una grave pérdida de diversidad vegetal. Señaló el olivo como símbolo de resistencia extrema, casi de supervivencia, pero también como indicador de empobrecimiento ecológico. “Es el árbol que más puede aguantar en este clima”, decía, “un árbol casi de desierto”. Donde antes había habido bosques y complejidad biológica, Fukuoka detectaba erosión del suelo. Y advertía que “sin una restauración profunda del territorio, el deterioro ecológico acabaría arrastrando a la cultura. Y sin cultura no hay civilización”.
El desierto avanza y la causa principal es la desaparición de la cultura ligada al bosque
Durante su estancia en la isla —cercana al mes y medio— visitó fincas, caminó sobre el terreno y tocó el suelo. Junto a los diseñadores Sybilla Sorondo y Guillem Ferrer, y el permacultor Julio Cantos, impulsó experiencias de regeneración y reforestación que trasladaban su pensamiento a la práctica. Especialmente significativa fue su intervención en la finca de Sa Pedrissa, en Mancor de la Vall, donde diseñó personalmente un bosque comestible que aún prospera como laboratorio vivo de su agricultura natural y del wu wei —no hacer– adaptado a las condiciones mediterráneas.
Promovió la siembra con nendo dango, bolitas de arcilla cargadas de semillas diversas, lanzadas sobre un suelo degradado para sembrar bosques de forma natural. “Para reverdecer sólo hacen falta semillas, arcilla y un grupo de amigos”, afirmaba. No prometía resultados inmediatos ni éxitos espectaculares. Buscaba iniciar procesos. Para Fukuoka, el acto de sembrar no consistía en imponer un diseño, sino en devolver a la naturaleza la posibilidad de decidir. “Nosotros no cultivamos la comida; la naturaleza cultiva la comida”.
Choque con la academia
El paso por Mallorca del considerado 'abuelo de la agricultura natural' también generó polémica. La conferencia que impartió en la Universitat de les Illes Balears (UIB) evidenció un choque de miradas. Parte del profesorado y de los técnicos ambientales reconocieron la buena intención de su propuesta y su valor pedagógico para implicar a la ciudadanía en la restauración del paisaje. Sin embargo, expresaron reservas sobre el alcance y la aplicabilidad de sus metodologías. La regeneración de ecosistemas —argumentaban— no puede basarse únicamente en gestos simbólicos ni en la extrapolación de experiencias desarrolladas en otros contextos climáticos, y advirtieron del riesgo de simplificar procesos ecológicos complejos.
El hecho es que, cuando se le preguntaba qué tipo de semillas debían sembrarse y cuáles no, su respuesta desconcertaba a muchos. Para él, el debate sobre la introducción de especies había quedado superado por la urgencia del momento. “Ya no se trata de introducir o no introducir especies no autóctonas”, decía. “Se trata de supervivencia”. “En territorios profundamente degradados —sostenía— la prioridad no era conservar una imagen idealizada del pasado, sino devolver al suelo la capacidad de sostener vida”.
Ya no se trata de introducir o no especies no autóctonas. Se trata de supervivencia
El origen de una 'ruptura' personal
Las raíces de esa mirada se remontan a los años treinta del siglo XX. Con apenas veinticinco años, una neumonía grave obligó a Fukuoka a detenerse y atravesar una crisis vital. Durante la convalecencia vivió una experiencia que describió como satori –una intuición profunda de unidad–. “Sentí la naturaleza como una sola realidad interconectada. En lugar de mirarla, ahora estaba dentro de ella”, confesaría después.
Al poco tiempo renunció a su puesto como fitopatólogo en el Departamento de Aduanas de Yokohama y se retiró a la granja familiar de Kochi, en la isla japonesa de Shikoku. Allí inició un proceso de experimentación radicalmente inverso al habitual. En lugar de introducir nuevas técnicas, comenzó a eliminar prácticas. “Hay pocas prácticas agrícolas realmente necesarias”, concluía.
Redujo sistemáticamente la intervención humana hasta lo esencial. Eliminó el arado, renunció a los fertilizantes químicos y abandonó la poda sistemática. Según defendió durante décadas, sus cultivos alcanzaban rendimientos iguales o superiores a los de las explotaciones industriales japonesas, sin degradar el suelo, sin contaminar el agua y aumentando año tras año la fertilidad de la tierra, lo que desconcertó a los agrónomos más escépticos:
Repetía a quienes lo acompañaban que el agricultor debía “aprender a retirarse, a intervenir solo cuando fuera estrictamente necesario y a confiar en la inteligencia silenciosa del territorio”. “El 'no hacer' no significa no hacer nada, sino dejar de hacer lo innecesario. Y la mayoría de lo que hacemos es innecesario”.
El 'no hacer' no significa no hacer nada, sino dejar de hacer lo innecesario. Y la mayoría de lo que hacemos es innecesario
Microbiólogo de formación, agricultor por elección y pensador por necesidad, Fukuoka es considerado un autor visionario en el modo en que abrió el camino a la agricultura ecológica y la permacultura. El punto de inflexión llegó en los años setenta con la publicación de La revolución de una brizna de paja (1975), en plena crisis del petróleo. Fue la obra fundacional de la agricultura natural y un texto clave del pensamiento ecológico del siglo XX. Tras décadas de anonimato, comenzó a ser invitado a recorrer el mundo. Nunca fundó una escuela ni propuso recetas universales. Dejó algo más difícil de imitar: una forma de mirar a la naturaleza.
Su apariencia humilde contrastaba con la contundencia de sus palabras. Cuando hablaba, lo hacía con una energía inesperada para su edad. No adoptaba el tono del experto que viene a enseñar, sino el del testigo que ha visto la guerra contra la naturaleza y no puede callarlo.
El “no hacer” como principio de diseño
“No me gusta la palabra trabajo”, afirmaba. “Los seres humanos son los únicos animales que tienen que trabajar, y eso es lo más ridículo del mundo”.
Para Fukuoka, la obsesión moderna por el trabajo, la productividad y el control era un síntoma de desconexión con los ritmos naturales. El wu wei al que apelaba no significaba pasividad ni abandono, sino alineación con la vida. Actuar solo cuando es necesario. Retirarse cuando la intervención humana rompe más de lo que repara. A menudo invertía el orden habitual de las conferencias: preguntaba antes de responder, observaba al público, dejaba silencios incómodos. No buscaba convencer, sino desarmar la idea de que el ser humano está por encima de la naturaleza.
A lo largo de su vida, Fukuoka fue un observador e investigador incansable de los procesos naturales. De esa observación prolongada extrajo una hipótesis tan simple como subversiva: “Cuanto menos interferimos, más puede la naturaleza desplegar su sabiduría”.
El propósito final de la agricultura no es la cosecha, sino el cultivo del ser humano
La clave no estaba en la inacción, sino en la acción sabia. Fukuoka sembraba cuando el ciclo natural lo indicaba, protegía el suelo con cobertura vegetal y confiaba en el equilibrio entre especies. “Las malas hierbas no existen”, recordaba, “solo son plantas que cumplen una función”. Donde la agricultura moderna veía enemigos que eliminar, él veía relaciones que comprender. Esa experiencia convirtió su discurso en algo difícil de refutar. Fukuoka no hablaba desde la teoría ni desde el laboratorio, sino desde una práctica sostenida durante más de cuarenta años en una granja productiva.
Durante los últimos treinta años de su vida concentró sus esfuerzos en combatir la desertificación en regiones áridas de Asia, África y el Mediterráneo. En Grecia coordinó grandes siembras colectivas con nendo dango. Aquellas experiencias quedaron recogidas en el libro Sembrando en el desierto (1996), considerado su testamento intelectual y en el que insiste en la lucha contra la desertificación. Su mensaje final fue sobrio y exigente: “Curar la tierra y purificar al espíritu humano son un mismo proceso”. No propuso regresar al pasado, sino abandonar la ilusión de control. Sembrar bosques, para Fukuoka, era mantener la esperanza: “El propósito final de la agricultura no es la cosecha, sino el cultivo del ser humano”.
