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En un país normal

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En un país normal, el encuentro que el lunes van a mantener Pedro Sánchez y Alberto Núñez-Feijóo no pasaría de una nota a pie de página. En un escenario internacional tan revuelto, que el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición se vean las caras para consensuar una postura más o menos común a todos los retos importantes que se acumulan en la mesa, debería ser un día más en la oficina.

Pero esto no es así. En ello tiene mucho que ver el factor humano. No es la primera vez que las relaciones personales entre uno y otro cargo presentan un superávit de aspereza. González y Aznar y Zapatero y Rajoy pasaron por fases ciertamente agrias en su trato directo. Pero, incluso en el peor de los momentos, se ha mantenido abierto algún hilo que hiciera las veces de canal de comunicación.

De ahí que descorazone un tanto el aura de acontecimiento planetario que desprendió el mero anuncio de que se iban a reunir. El contacto entre sus jefes de gabinete percibido como el éxito de la misión más audaz de la NASA. Porque… ¿es este un país normal? Lo diremos suavemente: no vive una situación política normal. El anfitrión del lunes presumió en su día de haber sido capaz de ahormar una mayoría con la única argamasa del propósito de que no gobernase su invitado. Sobre esa premisa se van a tomar el café. (Suponemos que descafeinado, dada la hora).

Se cuenta que Aznar rompió el hielo del traspaso de poderes con Felipe diciéndole «bueno, pues ya hemos pasado». (Era una referencia del uso al «no pasarán» del Madrid republicano del que tiró el PSOE en la campaña de 1996). Se cuenta también que no sirvió demasiado para ese propósito porque el presidente saliente no pilló la referencia. «Vamos a abrir un ratito el muro», podría bromear Sánchez poniendo voz de recomendación cultural en TikTok.

En un país normal, los dos señores se habrían reunido nada más contarse los votos de 2023 y habrían constatado que la gobernabilidad del país tendría que pasar por alguna clase de entendimiento entre sus dos formaciones para evitar la influencia de agentes políticos excéntricos. En su lugar, un ejecutivo surgido sólo del propósito de bloquear la alternativa.

En un país normal, el presidente habría antepuesto el atlantismo a gobernar dependiendo de enemigos declarados de la OTAN cuyas referencias argumentales se quedaron ancladas en el referéndum de hace cuarenta años.

En un país normal, los debates artificiales para llenar escaletas oficialistas bajarían de vez en cuando de intensidad para afrontar aquello que la sociedad sí percibe realmente como un problema presente en su vida diaria. El acceso a la vivienda, por ejemplo. Nunca fueron tan necesarios unos nuevos «pactos de la Moncloa» como en el momento, agudizado en el ya casi lejano invierno de 2022, en el que el cisma abierto entre los sueldos y el coste de las cosas empobreció a una clase media que todavía no había terminado de levantar cabeza después de la crisis de 2008. Empezando en el carrito de la compra semanal y terminando por conseguirse un techo, un problema para los jóvenes de ahora y para los que ya han dejado de serlo esperando a que el sol se decidiera a salir definitivamente.

En un país normal, ese mismo presidente se rendiría a la evidencia de que ninguno de esos desafíos se puede afrontar sin unos Presupuestos Generales del Estado actualizados. Reconocería que algo falla cuando, casi tres años después de su elección, las presentes Cortes no han siquiera debatido un proyecto.

En un país normal, haría las veces de brújula un proyecto político en vez de una ambición meramente personal. El «haber» se mediría en logros tangibles y no en la plusmarca del tiempo que su actual morador permanece en La Moncloa. («¡Ya batió a Rajoy y Zapatero! ¡En mayo pasará a Aznar!», dicen los juglares como poseídos por Mr. Chips).

En un país normal, ambos líderes habrían podido intercambiar pareceres con luz y taquígrafos –aquí, los jóvenes añadirían un «literal»– en ese Debate sobre el Estado de la Nación del que llevamos casi cuatro años privados sin que ningún grupo parlamentario se atreva a alzar la voz para reclamarlo.

Ojalá el encuentro del lunes sirva para algo y podamos decir que los representantes de los partidos que tienen 258 de los 350 diputados del Congreso salen con un protocolo de actuación claro para situar a España en los distintos tableros que se han desplegado por el mundo. Ningún escenario está confirmado, pero imaginemos que todas las hipótesis se produjeran a la vez: defensa de Ucrania, transición democrática en Venezuela, protección de Groenlandia y sepa Dios qué desafío nuevo mañana. Pero para eso tendríamos que ser un país normal.




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