El ideal del gozne
Existe una España que aún se reconoce en el vínculo con la Transición; hay otra que no, otra a la que las categorías políticas nacidas al tran-tran de aquellos años no le bastan para explicarse y explicar la realidad que los rodea y en la que viven y trabajan. Los primeros, algunos atravesados de nostalgias, otros de no se sabe qué mixtura entre intelectual y afectiva, elevan aquellos años, llenos de una inteligencia histórica y de una voluntad de concordia admirables, a templo cívico de peregrinación constante. Para los segundos, la pertenencia cívica ha dejado de articularse en aquellos términos.
La división de estos campos es, claro, temporal, pero no solo, ni la fecha de nacimiento sirve para explicarla por entero. La intuición nos dice que existen otros factores que, entre económicos, sociales y culturales, pueden reunirse así: en España existe una fractura entre quienes vieron cumplidas sus expectativas y hoy las guardan, celosos de ellas, como certezas y quienes han ido haciendo acopio, como invernando penas, de promesas rotas que han cristalizado en resignaciones, maquiavélicamente salpimentadas por quienes ven en toda fractura una oportunidad y no una herida.
Y aunque la experiencia personal casi nunca debe ser tomado como prueba de nada, su cúmulo sí. Y es ese cúmulo de experiencias personales –falta de acceso a la vivienda; falta de horizonte profesional y por ambas; falta de un suelo firme en el que edificar una vida; el sectarismo rampante en los discursos sociales que acaba en divisiones infranqueables, etcétera– explican el fenómeno político que es Vox. Explican, también, la transformación del PP desde un partido capaz de conciliar a todo un espectro ideológico con ideas de medio voltaje, pero el suficiente para seguir representando, hasta uno con posiciones políticas cada vez más elásticas, con obstáculos para la representación afectiva –no necesariamente política–, pero rocosas en la gestión, el gobierno responsable y las políticas públicas reformistas.
Ambos, puesto el uno al lado del otro, son la expresión más encarnada de esa división de España. El PP es lo único que queda –porque el PSOE hace años que desertó– del «vetus ordo» de la Transición; Vox, es lo único nacido y que perdura, del «novus ordo» político español. Y quiéranlo o no, guste más o guste menos a comentaristas y analistas, ambos forman un díptico sin el que no es posible entender la realidad de la España de hoy y su proyección hacia el futuro. Es bueno tener esto presente; esto y cierta dosis de mesura y raciocinio. Porque ni la Transición, ni lo que representa, es abominable –¿cómo iba a serlo?–; ni el «novus ordo», exuberante de palabras fuertes como soberanía o nación, es enteramente benéfico. Mesura y raciocinio para darse cuenta de que es en la bisagra que une las dos caras del díptico, en donde existe una oportunidad histórica para cerrar la fractura y revertir el proceso de degradación a la que España parece verse condenada.
No sirven las nostalgias noventeras ni los discursos flojos, encorsetados hasta en sus últimas comas; tampoco sirven las impugnaciones, veladas o no, al sistema ni las palabras gruesas dichas al aire de una opinión pública falseada por las redes sociales. Sirven la voluntad, el arrojo y cierto sentido de trascendencia; asumir que la vida de un país ni se mide ni se agota en legislaturas.
Y es a la derecha, al PP y Vox, a los que el tiempo y las circunstancias –que son actores políticos de primerísima magnitud– han puesto esta tarea. Tanto más cuando, lo reconozcan en público o no –porque en privado, sí– se explican mutuamente, aunque no a sí mismos. Y es bueno que así sea: no se puede mudar de naturaleza, nunca, en función del otro; en política sucede al contrario: reafirmarse en lo que uno es, si está convencido de serlo. Se explican, sin embargo, el uno al otro en un sistema que ha abandonado las papeletas y las ha sustituido por los bloques, no solo en el cómo y el porqué de la decisión del votante ante la urna, sino, sobre todo, en las expectativas con las que decide. El final del itinerario, el itinerario mismo de la oportunidad que la derecha tiene, no está en que PP y Vox deban renunciar a competir entre sí. Eso sería nefasto. Una democracia sin competencia es una sopa fría. Pero sí a saber, y asumirlo, que están obligados, no a la amistad, pero sí, inevitablemente, a la conllevanza; es decir: a articular un proyecto para España en el que gestión y afectos; administración y sentimientos, encuentren cobijo y no cepos o señuelos.
No es sencillo, es cierto. Y quizá se peque de cierto idealismo –el ideal del gozne–, ¿pero qué sentido tienen los sacrificios que ambos partidos tendrían que hacer para lograrlo si no es por un ideal? ¿Y qué ideal más alto que el de devolverle a un país, que, como todos, se articula con sus oxímoron, una civilidad ahora maltrecha, un horizonte de prosperidad y, con sus contradicciones, un sentido de sí mismo?
