Sevilla siempre ha entendido el comer como un acto social antes que como un ritual solemne. Aquí el tapeo no es solo una costumbre gastronómica, sino una forma de estar en la ciudad, de habitarla a sorbos y a bocados. Tal vez por eso, durante años, la implantación de restaurantes de mesa y mantel avanzó con paso más contenido que en otras capitales cercanas: no por falta de talento, sino porque la calle, la barra y la conversación han sido —y siguen siendo— el verdadero comedor sevillano. Hoy me detengo en uno de esos restaurantes clásicos que han sabido atravesar las décadas sin perder el pulso. Ochenta años recién cumplidos contemplan una casa que ha entendido que la modernidad no...
Ver Más