Pesadillas, culpa y miedo constante: las secuelas psicológicas de los supervivientes del accidente de Aldamuz
Mercedes Bermejo, psicóloga sanitaria, explica a LA RAZÓN a qué se enfrentan ahora tanto los supervivientes del accidente como los familiares de los fallecidos.
¿A qué traumas se enfrentan los supervivientes?
Los supervivientes pueden enfrentarse a un trastorno de estrés postraumático, en ocasiones de carácter severo. Este trastorno presenta distintos niveles e incluye síntomas como recuerdos intrusivos, pesadillas, hipervigilancia, evitación de todo lo relacionado con el accidente y una sensación constante de amenaza.
También es muy frecuente la llamada culpa del superviviente, acompañada de ansiedad, ataques de pánico, alteraciones del sueño y de la alimentación.
Cuando existe una intervención temprana y un acompañamiento emocional adecuado, es posible que los síntomas o las secuelas emocionales sean más leves. Los profesionales acompañan este proceso sin retraumatizar, ayudando a procesar lo vivido de manera gradual y segura. No se trata de olvidar, sino de integrar la experiencia traumática para que deje de invadir el presente.
¿Un accidente así deja secuelas de por vida?
Sí, son vivencias y acontecimientos que no se olvidan. No obstante, es importante matizar que no todas las secuelas tienen por qué ser patológicas. El problema aparece cuando el trauma bloquea el día a día, el desarrollo personal o la forma de vincularse con los demás.
Con una intervención temprana y adecuada, estas secuelas pueden reducirse significativamente y la persona puede recuperar una vida con sentido. No se trata de olvidar lo ocurrido, sino de aprender a vivir con ello.
¿Qué herramientas existen para afrontar este tipo de trauma?
La psicoterapia y el acompañamiento de un profesional de la psicología son fundamentales. También son útiles las técnicas de regulación emocional, el trabajo desde la corporalidad, las redes de apoyo social, el mantenimiento de rutinas estables y, en algunos casos, el uso de psicofármacos, sobre todo al inicio. En cualquier caso, estos deben combinarse siempre con atención psicológica.
Es muy importante respetar el ritmo de cada persona. No hay plazos correctos ni reacciones “adecuadas”. Algunas personas tienden a la negación o a una pseudoadaptación, mientras que otras desarrollan rápidamente ansiedad o alteraciones del estado de ánimo. El acompañamiento del entorno es clave.
¿Qué papel juega la psicología en estos casos?
Dentro de la psicología existe una especialización en trauma. En situaciones como esta se activa una atención en crisis centrada en contener, sostener y evitar el colapso emocional.
También se trabaja el duelo traumático, que es diferente al duelo esperado, como el que ocurre tras una enfermedad. En el duelo traumático hay impacto, incredulidad, imágenes mentales intrusivas y una ruptura brusca del vínculo. El objetivo inicial es acompañar en ese impacto emocional.
¿Cómo se gestiona emocionalmente una experiencia así?
A nivel personal se vive como un shock, con emociones de rabia, tristeza y desorientación. El papel del psicólogo es ofrecer un espacio seguro donde el dolor pueda expresarse, acompañar el proceso y ayudar a reorganizar la vida tras una pérdida o una vivencia de esta intensidad.
¿Cómo se aprende a vivir con dolor de una pérdida traumática como a la que ahora se enfrentan muchos familiares de los fallecidos?
No se aprende a vivir sin dolor, sino a vivir con él de otra manera. El dolor no desaparece, se transforma. Vivir con dolor no significa estar roto, sino haber vivido una experiencia intensa con una pérdida muy importante.
Un accidente de este tipo activa nuestro sistema de alerta y nos mantiene en un estado de hiperactivación, con la sensación constante de que algo inesperado puede volver a ocurrir. Recuperar un espacio de seguridad es un proceso que requiere tiempo.
¿Una pérdida repentina hace imposible la sanación?
No es imposible, pero sí es más complejo. La ausencia de despedida deja preguntas sin respuesta y un vínculo que queda suspendido. La sanación no pasa por olvidar, sino por reconstruir internamente ese vínculo, darle un lugar en la historia personal y seguir viviendo sin que la pérdida lo invada todo.
Tanto los familiares de las personas fallecidas como los supervivientes necesitan un acompañamiento seguro. Hay pérdidas antinaturales que no deberían ocurrir y cuyo impacto es tan grande que el acompañamiento psicológico se vuelve esencial.
