A quienes hoy empiezan a ser médicos especialistas
Hoy, miles de jóvenes médicos se sientan ante un examen decisivo. Tras años de estudio, sacrificios y renuncias, el MIR aparece como una frontera simbólica: la puerta de entrada a una especialidad y, con ella, a una forma concreta de ejercer la medicina. Pero conviene recordar, precisamente hoy, que la medicina no empieza ni termina en un examen, ni en una técnica, ni en un salario. Empieza –y se sostiene– en una vocación.
Gregorio Marañón, uno de los grandes médicos y humanistas de nuestra historia, advertía ya en el siglo pasado del riesgo de confundir el progreso técnico con el progreso humano. Amó la ciencia, impulsó la medicina moderna y celebró cada avance diagnóstico y terapéutico. Pero nunca olvidó –ni permitió que olvidaran sus alumnos– que la técnica no cura sola y que el médico no puede reducirse a un ejecutor brillante de procedimientos.
Quienes hoy se examinan deben saber que su vida profesional va a exigir mucho más que conocimientos. Va a requerir esfuerzo continuado, noches sin dormir, decisiones difíciles, dudas, errores y una convivencia íntima con la enfermedad y con la muerte. Verán sufrir, verán llorar, acompañarán despedidas y sostendrán silencios para los que no hay manuales. Ninguna especialidad está exenta de esa carga, porque ninguna lo está de humanidad.
También vivirán en un mundo que a veces parece medir el éxito en términos de dinero, prestigio o rapidez. Y no es ilegítimo aspirar a una vida digna ni a un reconocimiento justo. Pero si algún día creen que la medicina es solo eso, habrán perdido lo esencial. La profesión médica no se sostiene únicamente sobre técnicas ni sobre incentivos económicos. Se sostiene sobre un compromiso moral con los más frágiles.
El enfermo es, por definición, vulnerable. Está asustado, quebradizo, dependiente.
Confía en el médico no solo para curar, sino para ser acompañado. Y esa confianza –tan antigua como la medicina misma– es un privilegio y una responsabilidad inmensa. No hay tecnología que la sustituya ni algoritmo que la reproduzca.
Marañón insistía en que sin vocación la medicina se convierte en un oficio frío, y que sin humanidad la ciencia se vuelve estéril. Tenía razón. Porque cuando la técnica deslumbra, existe el peligro de olvidar que detrás de cada imagen, de cada analítica y de cada protocolo hay una persona concreta, con nombre, historia y miedo. Y el médico está llamado a ver eso antes que nada.
A quienes hoy comienzan este camino como futuros especialistas conviene decírselo con claridad: no será fácil. Habrá cansancio, frustración y momentos de soledad. Pero también habrá algo que ninguna otra profesión puede ofrecer en igual medida: el privilegio de ayudar cuando más se necesita, de aliviar el dolor, de acompañar en la fragilidad, de estar presentes en los momentos decisivos de la vida de otros seres humanos.
Y ahí reside una verdad profunda que merece ser recordada hoy: nada –absolutamente nada, excepto el amor, que es el sentimiento más elevado, les hará más felices que vivir sus vidas al servicio de los enfermos. No hay recompensa más honda que saber que se ha sido útil y de ayuda, que se ha cuidado, que se ha dignificado al otro en su vulnerabilidad. Hoy es un examen. Mañana será una vida entera ejerciendo una profesión hermosa y dura.
Ojalá no olviden nunca que ser médico no es solo saber hacer, sino saber estar. Y que en ese estar, al lado de los más frágiles, se encuentra –aunque a veces cueste verlo– una de las formas más plenas de felicidad humana.
Tomás Cobo es el presidente de la Organización Médica Colegial (OMC)
