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Los granadazos de Morelia. Así fue el otro montaje de Felipe Calderón

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DOMINGA.– Nueve días después de los granadazos en Morelia, Michoacán, un teléfono timbró en las oficinas de la Unidad Especializada en Investigación de Terrorismo en la Ciudad de México. “Quiero denunciar a las personas que aventaron las granadas”, dijo un hombre con acento norteño. “Lo que hicieron no tiene madre”. El informante sabía dónde encontrarlos con exactitud: una casa en construcción con portón blanco de lámina, junto a un campo de futbol en la sierra de Antúnez, Apatzingán. “No hay pierde”, dijo y colgó. Al día siguiente, tres agentes federales –Armando Javier Rojo Aguilar, José Martín Zarza Escamilla e Ignacio Moreno Aguilar– se adentraron en la sierra siguiendo las coordenadas. Y cuando llegaron todo estaba ahí: el portón, el campo, la casa a medio construir. Según sus primeros informes, al interior encontraron a tres hombres esposados de las manos, con el rostro vendado, como si los hubieran dejado ahí envueltos para regalo.Los agentes dijeron que los tres confesaron de inmediato: trabajaban para Los Zetas y este cártel les había pagado para explotar las granadas en la plaza de Morelia durante los festejos del 15 de septiembre de 2008. Pero que sus jefes en un acto patriótico los habían amarrado y dejado en esa casa para que la policía los encontrara.Ese relato escondía otra verdad que tardaría años en revelarse: todo había sido un montaje ideado por Mario Arturo Acosta Chaparro, el asesor de inteligencia delgobierno de Felipe Calderón, un militar con un pasado oscuro ligado a la represión de la Guerra Sucia en los años setenta.Esta es una colaboración de ARCHIVERO para DOMINGA que reconstruye esta historia a través de las declaraciones de sobrevivientes, testigos protegidos y los acusados, y revela lo que sucedió aquella noche en Morelia, cuando las granadas estallaron durante el Grito de Independencia. Una tragedia que cambió el rumbo de la “guerra contra el narcotráfico”.La noche del atentado en Morelia se sintió como “radiación”Pasadas las once de la noche del 15 de septiembre de 2008, el gobernador Leonel Godoy Rangel dio el Grito de Independencia desde el balcón del Palacio de Gobierno, mientras la plaza Melchor Ocampo, en el centro rodeado de edificios de cantera rosa, se desbordaba de familias que esperaban ver con ansias cómo los fuegos artificiales iluminaban el cielo de la capital michoacana. Viridiana Bucio estaba parada entre esa multitud y a pesar de tener la pierna fracturada quería ver los cohetes, recuerda que fue justo después de las campanadas de la iglesia cuando se escuchó el estruendo. “Tronó algo muy feo”, diría. A unos metros de ella, Víctor Díaz también vio algo extraño: una luz que bajaba del cielo como si fuera un cohete perdido. Enrique Rodríguez, muy cerca de él, dice que lo vio como una “especie de pelota”, cayendo, que cuando tocó el piso se vino la explosión.Abel García, otro testigo, dirá después que aquella noche cuando cayeron los granadazos se sintió “como una radiación”. Una mujer que estuvo ese día, Angélica Bucio, dijo que vio el momento exacto en que un hombre aventó con la mano un objeto como de diez centímetros, que voló de atrás hacia adelante y pegó en la cabeza de un señor que estaba muy cerca de ella.Belém Zavala dice que ella sintió la explosión como un golpeen la cabeza que la dejó aturdida y que cuando abrió los ojos vio a la multitud tendida sobre la plaza. Unos estaban desangrados y a otros les faltaban las extremidades del cuerpo. Un vigilante del Hotel Fénix que estaba a unos metros de la plaza, Martín Inocencio, cuenta que después de las granadas, vio cómo se elevaba una nube de humo blanco de un metro de altura.Ocho personas murieron ese día y más de cien resultaron heridas. Los forenses llegaron a la conclusión de que los fragmentos metálicos de las granadas habían penetrado cráneos, causado laceraciones de arterias, amputaciones de miembros y hemorragias masivas. Las primeras declaraciones del atentado en MoreliaOnce días después del atentado, en las primeras horas del 26 de septiembre de 2008, los tres hombres que habían sido encontrados amarrados en aquella casa de Apatzingán confesaron. El primero en hablar fue Alfredo Rosas Elicea, de 35 años, quien relató que para él todo había comenzado el día 13 cuando unos conocidos que trabajaban paraLos Zetas llegaron a su casa en construcción en Lázaro Cárdenas. No se anduvieron con rodeos y le propusieron arrojar granadas en Morelia a cambio de cien mil pesos. Le dijeron que querían “calentar la plaza y que le echarían la culpa a la Familia Michoacana”. Una hora después declaróJuan Carlos Castro Galeana, quien dijo que trabajaba para Los Zetasdesde hacía cinco meses. A él le dijeron que una persona llegaría desde la Ciudad de México para adiestrarlos en el lanzamiento de granadas en Playa Jardín, en las afueras de Lázaro Cárdenas. El último en declarar sería Julio César Mondragón Mendoza, que contó que dos días antes de los atentados un integrante deLos Zetasle había ofrecido “un jale en Morelia” por cien mil pesos. Ya en la ciudad, les explicaron que las granadas se tenían que aventar para “causar temor” y hacer quedar mal a La Familia Michoacana y que Los Zetas estaban enfurecidos: La Familia los había sacado de Lázaro Cárdenas y de otros poblados de Michoacán, y querían venganza. Les dijeron que debían lanzarlas “donde no hubiera tanta gente” y que la señal sería cuando oyeran los cohetes “para que no se escuchara tanto”. Pasadas las once de la noche lanzaron sus granadas hacia la plaza. Las evidencias que liberarían a los presuntos culpablesMeses después los tres hombres se retractaron y contaron una historia completamente distinta. Alfredo Rosas Elicea narró que ese 15 de septiembre se levantó a las ocho de la mañana y trabajó todo el día en una casa en construcción. Alrededor de las siete de la noche recibió una llamada de una amiga que estaba en un supermercado.Pasó por ella, la condujo a su casa y regresó a la suya como a las ocho y media. Cenó tranquilo y a las nueve salió a ver una pelea de box en su terreno, después pasó por el centro y llegó a su casa a la una y diez de la madrugada. Era imposible que hubiera estado en dos lugares al mismo tiempo.El verdadero horror comenzó una semana después. El 23 de septiembre, alrededor de las once de la mañana, Alfredo llegó en un Tsuru rojo a su casa y vio que afuera había una camioneta café estacionada. Cuatro hombres lo detuvieron, lo subieron a su propio carro en la parte trasera y le agacharon la cabeza hasta las rodillas. Alcanzó a escuchar por radio: “¡Ya levantamos a este güey!”.“En los lugares donde me tenían secuestrado me presionaron para que me echara la culpa”, declaró ante el juez. Durante el cautiverio escuchó que en otras habitaciones golpeaban a otros hombres que gritaban y lloraban. Cuando lo trasladaron a la Procuraduría General de la República (PGR), su estado era tan grave que tuvieron que enviarlo a un hospital, donde permaneció varios días internado. Juan Carlos Castro Galeana contó que el 18 de septiembre de 2008, tres días después de los atentados en Morelia, estaba en un taller mecánico cuando, de pronto, pasó una camioneta Mitsubishi blanca sin placas. Se bajaron dos hombres y le dijeron “Súbete a la camioneta”.Lo subieron a la parte trasera, le taparon la cabeza y comenzaron a golpearlo. Se internaron en una huerta y lo bajaron. Le acercaron las armas a la cabeza y cuando uno estaba a punto de matarlo, otro intervino: “No lo mates, a este le vamos a sacar más provecho, vamos por la recompensa”.Posteriormente fue llevado a una casa donde le mostraron videos donde le cortaban la cabeza a una persona y le dijeron con toda calma que a él le iban a cortar dedo por dedo y brazo por brazo. “Y también a tu familia, ¡hijo de la chingada!”. Aterrorizado, les contestó que haría lo que fuera con tal de que pararan. Ahí le dijeron que tenía que echarse la culpa de los granadazos. “Repetía lo que ellos me decían. Si me equivocaba me golpeaban. Volvía a repetir hasta que decía exactamente lo que querían”. Escuchaba a otras dos personas siendo torturadas en cuartos contiguos, así que les gritó a través de las paredes: “¡Digan lo que ellos quieran para que ya no los sigan golpeando!”.En algún momento escuchó a sus captores platicar entre ellos: “La gallina ya está lista para el caldo”. Los bañaron, les cambiaron de ropa y los llevaron a una casa donde los dejaron tirados en el suelo y amarrados. Ahí estuvieron hasta que llegaron los tres agentes y les preguntaron quiénes eran. Los torturadores les habían dado instrucciones precisas: debían contestar “Somos Zetas”. Y eso hicieron.El supuesto hombre que lanzó una granada desde arriba de un árbolJulio César Mondragón Mendoza contó que a él lo secuestraron el 21 de septiembre. Eran las tres de la tarde y estaba afuera de su casa lavando un carro. Llegaron cinco hombres armados en una camioneta blanca y le dieron un cachazo en la cabeza que lo dejó inconsciente. Cuando despertó tenía los ojos vendados. Escuchaba voces que le decían: “Si no te echas la culpa de las granadas, te mataremos a ti y a tu familia”.La acusación contra Julio César era particularmente absurda. Las autoridades lo señalaron como el hombre que había lanzado una granada desde arriba de un árbol en la plaza Melchor Ocampo de Morelia. Pero Julio César padecía poliomielitis desde niño. Era físicamente imposible que pudiera subir siquiera a las jardineras de la plaza, mucho menos trepar un árbol.Más tarde en septiembre del 2008, Raúl Espinosa de los Monteros, el abogado de defensa, señalaría en la prensa que todo había sido una fabricación de Mario ArturoAcosta Chaparro –asesor de inteligencia del gobierno de Calderón–, quien fabricó junto con La Familia Michoacana y la PGR la detención de los tres inculpados. Los tres fueron liberados en mayo de 2015 por un juzgado en Jalisco debido a la falta de pruebas por parte del Ministerio Público federal y la tortura físicos y psicológicos a los que fueron sometidos. GSC



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