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Georgina: "Todavía es muy temprano para decir si Venezuela está mejor o peor"

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Georgina (Valera, Trujillo, Venezuela, 1981), cantante y compositora, estrena disco, «Un día de esos», el quinto de creación de una carrera que supera ya el cuarto de siglo. Sus nuevas 12 canciones suenan a pop con alma –«tienen un 80 % de autobiografía», afirma– y las sacará a pasear por las principales ciudades españolas en el tour «Una gira de esas», cuyo arranque será el 20 de febrero en Valencia: «Llevo años intentando sacar este proyecto –explica, vehemente–. Son canciones que han ido creciendo en el proceso. Escuchas la maqueta de hace dos años y no tiene nada que ver con lo que es ahora cada canción. Me parece increíble la cantidad de detalles que he conseguido realizar. ¡Y es un disco tan bonito…! Hay canciones que hablan del duelo, otras lo hacen del amor, de cuando te enamoras de alguien y te montas tu propia idea en la cabeza... Un montón de historias que son vivencias. ¿Cómo etiquetaría mi música? Pues “música bonita”, ja, ja, ja. A ver. En mis canciones hay pop y algunos toques roquerillos, pero son también muy acústicas. Creo que hago más música con letras de autor, pero con un sonido más pop».

«No tengo personalidad de instagramer o tiktoker y no estoy constantemente haciendo contenido. Yo hago canciones»

Georgina se dio a conocer en la televisión de su país como la mitad del dúo Tisuby & Georgina, el cual gozó de una enorme popularidad en los primeros 2000. Hoy, el mayor escaparate, más allá de la televisión, son las redes. ¿Son suficientes para que un músico divulgue su obra o el respaldo de una multinacional es indispensable? «No sé qué decirte, fíjate, porque yo he estado en los dos lados: en una multinacional, y tuve un respaldo increíble, y luego quise irme sola con la experiencia que acumulé, con todos mis seguidores, mis redes y demás. Echo de menos la multinacional porque esto es un equipo de trabajo al que tienes que pagar y, si no tienes esos recursos, necesitas de un apoyo logístico. Yo vengo de un sistema –prosigue– que no es como el de ahora: no tengo esa personalidad de instagramer o tiktoker, y no estoy constantemente haciendo contenido y enganchando a la gente. Yo hago canciones; soy una rata de laboratorio a la que le gusta coger su guitarra, inventarse una historia y plasmarla en físico. Y me fui de la multinacional por esa libertad creativa y porque no llevaba los tiempos que ellos muchas veces te exigen, y también porque dejaron de tener la dedicación de cuando comencé. Las multinacionales van sobre seguro, con los números en la mano, y como hoy en día sí se puede cuantificar el éxito, entonces dejan de lado a mucha gente de talento».

«Las multinacionales van sobre seguro, con los números en la mano, y dejan de lado a mucha gente de talento»

Miedo en Venezuela

Aunque lleva muchos años afincada en España, primero en Madrid y después en Málaga, esta artista conserva familia y amigos en Venezuela. ¿Qué sintió cuando Trump capturó, según unos, o secuestró, según otros, a Maduro? «Mucho miedo –responde–. Lo primero que me vino fue un miedo terrible. Y lo que me duele de toda esta situación es que los que pensábamos de una manera nos hemos dividido otra vez. Es como que ya no sabes qué pensar ni con quién hablar al respecto, porque es una situación bastante delicada. No dejaba de ser una intervención militar: las primeras imágenes que vi fueron de fuego en el cielo de Caracas, y eso a cualquiera le parte el alma». ¿Venezuela está mejor sin Maduro, sin un dictador? «Venezuela está igual. Y lo está desde hace muchísimos años. Yo hace mucho que no vivo allí, pero he vivido muy de cerca la desgracia. Mi familia vive allí, mi hermana, mis primos, mis amigos, y he visto a gente que se ha enriquecido muchísimo y otra que se ha empobrecido. Y hay una confusión muy extraña entre lo que fue antes, lo que es ahora y lo que puede ser. Creo que lo que yo siento lo siente todo el mundo. Maduro –continúa– ha hecho muchísimo daño. Es la misma alegría que sintió mucha gente cuando Chávez murió, como que ya nos liberamos de una parte. Pero es que no es el tirano: es la ideología, el concepto, es todo. Entonces creo que él no se ha ido, que se ha ido la figura, pero Venezuela está en un proceso bastante lento y no sabemos a qué puerto se va a llegar con todo esto. Todavía es muy temprano para decir si Venezuela está mejor o peor. Creo que no es prudente por mi parte decir que ahora está mejor porque es que yo lo veo todo igual. Y lo veo porque, como te digo, mi hermana vive allí y ella está en las calles y lo ve todo igual: “Aquí nadie dice nada, aquí todo el mundo está como a la expectativa”, me cuenta». ¿Todo cambia para que todo siga igual? «Va a seguir siendo todo lo mismo, exactamente. Seguimos bajo el miedo, y cuando la gente trabaja bajo miedo es que todo sigue siendo lo mismo. Porque en Venezuela todo el mundo tiene miedo». ¿Georgina se marchó de su país por causas políticas, para abrirse una carrera o por las dos cosas? «Cuando yo vine a España me iba bastante bien en Venezuela a nivel artístico. Vine con la chica con la que cantaba y me encantó Madrid, me gustó la cultura, la gente en la calle… En cada ciudad de España que veía me quería quedar, era como descubrir universos nuevos. ¿Vine a España por amor? Un poco, pero realmente fue por amor a Madrid, y el amor vino acompañado de esa ciudad. Ese primer amor ya no está, evidentemente, salvo en las canciones. Pero sí, fue un poco por amor, no tuvo nada que ver con la política. De hecho, yo siempre estuve muy apartada de todo lo que pasaba porque siempre fui muy bohemia, muy de la música. Cuando tienes 23 o 24 años solo te miras el ombligo y a tus cuatro amigos, y ya está», concluye.

«Maduro ha hecho muchísimo daño. Creo que él no se ha ido, que se ha ido la figura, pero Venezuela está en un proceso bastante lento y no sabemos a qué puerto se va a llegar»

LA CASA DE TIBUSY

Por Javier Menéndez Flores

La casa de Tisuby tenía un balcón sin barandilla que miraba al infinito. Y por allí pasaban, noche y día, manadas de locos que cantaban, pintaban, escribían; que buscaban, desesperadamente aunque con una sonrisa en canal, el modo de arrebatarle la inmortalidad a la muerte. Hay gente que fue acunada por escuelas y universidades, pero Georgina respiró el aroma hondísimo del arte en un lugar que tenía más de laboratorio anárquico que de hogar, y la suerte, sin ella darse cuenta, fue echada. Y qué quieres. San Felipe es un vergel lleno de flores tropicales y sueños que puedes tocar y, si la fortuna se deja, cumplir.

Te sorprende la mayoría de edad en Caracas y te preguntas con un nudo en la garganta qué vas a hacer con todo ese río de vida que tienes por delante. Y te dieron el título de peor camarera del mundo un segundo antes de que la televisión te construyese una escalera que comunicaba con el cielo. Qué luz tan cegadora, qué risas tan estridentes, qué cuerpos hermosísimos tras los cuales solo había pasillos con habitaciones vacías y un frío invencible. La fama es un vagón de metro en el que todos los ojos se te hunden en la carne igual que puñales y todas las bocas se dirigen a ti en una lengua desconocida. Y es un Puerto Rico de fantasía y limusinas y alfombras rojas que dejaba un regusto de plástico en el paladar.

Se sacude una la popularidad como quien se quita un jersey con solo pisar Madrid, donde la La Latina parecía tener todas las respuestas para esas dudas que abrasaban. Y al caer la noche te adentrabas en las tripas de un búho que era como ese faro que te salva de cualquier tempestad. Pero fue en Benalmádena donde sentiste al mar entrar hasta en tu último rincón y advertiste la respiración del sol como nunca antes.

A veces miras atrás y regresas a un plató de televisión que te sonríe con la dentadura de Errol Flynn y otras te ves jugando a la play, en algún lugar del País Vasco, con un tipo silente de pelo largo del que más tarde supiste que era un dios que de vez en cuando se daba un paseo entre mortales («como una regadera que la hierba hace que vuelva a brotar»). La vida son postales que releemos y cuatro o cinco o seis momentos eternos. Que caminar por un alambre mereció la pena lo tienes claro. Hoy coleccionas pieles que mudan, corazones abiertos, estrellas, necesidad de abrazos, llámalo equis. Y si tuvieras que elegir otra vez, usarías idénticas cartas. Pasaron veinticinco años como un soplo, pero qué soplo.

Foo Fighters eran un trueno en la noche quieta mientras los impostores te abordaban con la labia de los vendedores de biblias. Y el universo sobre ti tiene la voz de Eva y en ese lugar donde explotan las emociones contemplas a toda una generación maravillosa que era capaz de saciar la sed con agua de lluvia. Y Natalia sigue sacándote espinas de lo más profundo del corazón, pues hay voces que se llevan dentro, muy dentro, hasta la raíz. Y dile a Carlos Ares, o grítaselo, que por tierras extrañas caminamos todos desde el instante en el que nos escupen de otro cuerpo. Puede que la vida siga igual, Georgina, aunque no tanto. Y cualquier día, cuando menos lo esperas, puede ser uno de esos días que lo mueven todo con el brío de un huracán.




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