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Miedo al tren

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Hoy una amiga viaja en tren, se va por unos días a su Alicante natal y tengo miedo. Lo digo así, sin rodeos, porque el miedo no suele presentarse con poesía sino con un nudo seco en el estómago. Es un miedo concreto, porque hay noticias alarmantes y razones claras que lo justifiquen, y está ahí, insistente, como un pensamiento que se repite aunque intente empujarlo hacia otro lado. Imagino el tren avanzando por las vías, cruzando paisajes que no puedo ver. Imagino a mi amiga sentada junto a la ventana, quizá escuchando música, quizá mirando su reflejo en el cristal. Me pregunto si el vagón estará lleno, si hará frío, si alguien le habrá sonreído o si, simplemente, va leyendo el periódico. Y en medio de esas imágenes tranquilas aparece la sombra del terror. ¿Y si pasa algo? ¿Y si no llega? El miedo no necesita argumentos sólidos; le basta con la posibilidad. Tal vez este miedo no tenga tanto que ver con el tren, sino con el cariño, pero sí, ahora tenemos miedo al tren. Cuando alguien nos importa, su fragilidad se vuelve evidente, incluso en los actos más cotidianos. Viajar en tren es algo común, miles de personas lo hacen cada día, pero cuando es alguien a quien quieres, el trayecto se transforma en una prueba silenciosa de paciencia y confianza. Confianza en el mundo, en el azar, en que las cosas sigan su curso normal, y que no se vuelvan a producir catástrofes como la de Adamuz. Intento distraerme, pero calculo horarios, estaciones, minutos. Me digo que todo irá bien, que el miedo es solo una exageración de la mente, una forma torpe de cuidar desde la distancia. Porque no puedo acompañarla, no puedo protegerla, solo puedo esperar. Y mientras espero, entiendo algo sencillo y difícil a la vez: el miedo también es una forma de amor. No es bonito ni cómodo, pero nace del deseo profundo de que el otro esté bien. Así que respiro hondo, dejo que el tren avance sin mi control, y confío en que pronto llegue el mensaje breve y tranquilizador: “Ya llegué”. Entonces el miedo se hará pequeño, casi ridículo, y yo sonreiré, agradecida, como si hubiera terminado un viaje propio.




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