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Январь
2026

La casa de los huevos "de Gaudí" no la hizo él: una obra poco conocida de forma curiosa

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La Torre de la Creu, diseñada por Josep Maria Jujol, es una de las piezas más libres y sorprendentes del modernismo catalán

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Cinco cilindros blancos que se elevan como si alguien los hubiera colocado jugando, sin escuadra ni cartabón. Y, coronándolo todo, unas cúpulas redondeadas que parecen huevos gigantes reposando sobre la azotea. No es una fantasía ni un decorado: existe, está habitada y pasa casi desapercibida para la mayoría de barceloneses. Popularmente conocida como la casa de los huevos, su nombre real es Torre de la Creu y es una de las obras más singulares del modernismo catalán.

Aunque muchos la relacionan de forma automática con Antoni Gaudí, no fue él quien la proyectó. Si bien es cierto que tuvo influencia, su autor fue Josep Maria Jujol, uno de sus discípulos más brillantes y, con el tiempo, un creador con voz propia, radicalmente libre y difícil de encasillar.

Un discípulo que aprendió… y luego voló solo

Jujol trabajó estrechamente con Gaudí en algunas de sus obras más emblemáticas, especialmente en elementos decorativos como la forja, la cerámica o el trencadís. Su mano está presente en detalles que hoy se consideran inseparables del universo gaudiniano. Sin embargo, lejos de quedarse a la sombra del maestro, Jujol acabó desarrollando un lenguaje personal, más expresivo, más arriesgado y, en muchos casos, menos conocido.

La Torre de la Creu es una prueba clara de esa emancipación creativa. Construida entre 1913 y 1916, nace de un encargo familiar: su tía, Josefa Romeu i Grau, quería dos casas de veraneo en Sant Joan Despí y dio a su sobrino plena libertad creativa. Jujol no desaprovechó la ocasión.

Arquitectura sin líneas rectas

El proyecto rompe con cualquier expectativa. No hay fachadas convencionales ni una distribución tradicional. El edificio se organiza a partir de cinco cilindros de planta circular: tres conforman el cuerpo principal y dos más albergan las escaleras de caracol que conducen a los distintos niveles y miradores. Todo es curva, volumen y continuidad.

Esta forma de construir sitúa la obra en un punto intermedio entre el modernismo y un expresionismo arquitectónico adelantado a su tiempo. La inspiración natural es evidente, pero también lo es la voluntad de experimentar, de jugar con el espacio y con la percepción del espectador.

Por qué hay huevos en el tejado

El elemento que más llama la atención —y el que le ha dado su nombre popular— son las cúpulas que coronan el edificio. Originalmente estaban recubiertas de trencadís de vidrio, pero en una reforma posterior, ya en manos de Tecla Jujol, hija del arquitecto, se sustituyeron por cerámica de colores. El resultado acentúa todavía más esa sensación casi orgánica, como si el edificio hubiera crecido de forma natural.

Más allá de la anécdota visual, estas cúpulas refuerzan una idea muy presente en la obra de Jujol: la arquitectura como un organismo vivo, imperfecto, en diálogo constante con la naturaleza.

Una obra protegida… y aún desconocida

La Torre de la Creu está reconocida como Bien Cultural de Interés Nacional, lo que garantiza su protección patrimonial. Aun así, sigue siendo una gran desconocida fuera de los círculos especializados. Quizá porque no está en el centro de Barcelona. Quizá porque no encaja del todo en el relato turístico más repetido del modernismo.

Y, sin embargo, es una pieza clave para entender hasta dónde llegó —y podría haber llegado— el modernismo cuando se despojaba de academicismos y se dejaba llevar por la imaginación.

Sant Joan Despí conserva otras obras destacadas de Jujol, como Can Negre, la Torre Jujol o varias viviendas singulares que forman parte del llamado Itinerario Jujol. Un recorrido que demuestra que, a veces, las obras más audaces no están en las avenidas principales, sino en los márgenes del mapa y de la memoria colectiva.

La casa de los huevos no es solo una rareza arquitectónica. Es el recordatorio de que el modernismo no fue un estilo cerrado, sino un terreno fértil para la experimentación. Y Jujol, quizá más que nadie, supo llevarlo hasta sus últimas consecuencias.




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