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El intestino tiene la última palabra

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Cuando se habla de salud digestiva, muchas personas piensan únicamente en evitar dolores de estómago, inflamación o estreñimiento. Sin embargo, el intestino es uno de los sistemas más influyentes del cuerpo humano y su funcionamiento impacta directamente en la energía, la apariencia de la piel e incluso el estado de ánimo. Ignorarlo puede traducirse en malestar general.

El intestino no solo se encarga de procesar los alimentos y absorber nutrientes; también alberga billones de bacterias que conforman la microbiota intestinal. Este ecosistema cumple funciones esenciales en el metabolismo, el sistema inmunológico y la producción de neurotransmisores. De hecho, cerca del 90 % de la serotonina —conocida como la hormona del bienestar— se produce en el intestino, lo que explica su estrecha relación con el estado emocional.

Lo que no le gusta al intestino

Cuando la salud intestinal se ve alterada, ya sea por estrés, mala alimentación, consumo excesivo de ultraprocesados o falta de descanso, el cuerpo comienza a resentirlo. Uno de los primeros síntomas suele ser la falta de energía. Aunque usted duerma bien, una digestión deficiente impide la correcta absorción de vitaminas y minerales esenciales, lo que se traduce en cansancio constante y sensación de agotamiento.

La piel también suele reflejar lo que ocurre en el intestino. Problemas como acné, rosácea, piel opaca o brotes recurrentes pueden estar relacionados con desequilibrios intestinales. Cuando el sistema digestivo no funciona de forma adecuada, se incrementa la inflamación interna y el organismo busca vías alternas para eliminar toxinas, muchas veces a través de la piel.

El vínculo entre intestino y estado de ánimo es cada vez más respaldado por la ciencia. Un intestino desequilibrado puede influir en la aparición de ansiedad, irritabilidad o cambios de humor frecuentes. Esto ocurre porque la comunicación entre el intestino y el cerebro —conocida como el eje intestino-cerebro— es constante y bidireccional. Lo que afecta a uno, inevitablemente impacta al otro.

Además, el ritmo de vida actual no siempre favorece una buena salud digestiva. Comer rápido, bajo estrés, abusar de alimentos altos en azúcar y grasa, o no respetar horarios de comida son hábitos que alteran el equilibrio intestinal. A largo plazo, estos desajustes pueden convertirse en inflamación crónica de bajo grado, una condición silenciosa que afecta múltiples funciones del cuerpo.

Escuchar las señales del cuerpo también es clave. Inflamación frecuente, digestiones pesadas, fatiga sin causa aparente o cambios en el estado de ánimo no deben normalizarse. En muchos casos, son la forma en que el intestino pide atención.

Cómo cuidar el intestino

Proteger el intestino no requiere cambios extremos, sino constancia y atención a los hábitos diarios. Estas recomendaciones pueden ayudarle a fortalecer su salud digestiva y, con ello, su bienestar general.

• Priorice una alimentación rica en fibra. Consumir frutas, vegetales, leguminosas y granos integrales favorece el tránsito intestinal y alimenta las bacterias beneficiosas del intestino.

• Incluya alimentos fermentados. Yogur natural, kéfir, chucrut o kombucha ayudan a mantener el equilibrio de la microbiota intestinal y fortalecen el sistema digestivo.

• Hidratación constante. Beber suficiente agua durante el día facilita la digestión, previene el estreñimiento y ayuda a eliminar toxinas.

• Reduzca ultraprocesados. Alimentos altos en azúcares, grasas saturadas y aditivos pueden alterar el equilibrio intestinal y favorecer la inflamación.

• Coma despacio y mastique bien. La digestión inicia en la boca. Comer con calma y sin distracciones reduce la carga del intestino y mejora la absorción de nutrientes.

• Maneje el estrés. El estrés crónico afecta directamente el funcionamiento intestinal. Actividades como caminar, respirar conscientemente y descansar, ayudan a proteger el eje intestino-cerebro.

• Mantenga horarios regulares de comida. La rutina favorece un funcionamiento digestivo más ordenado y eficiente.




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