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Laminitis, la enfermedad silenciosa que compromete el futuro del caballo

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La laminitis es una de las patologías más graves a las que puede enfrentarse un caballo. No sólo por el dolor intenso que provoca, sino por las consecuencias estructurales que puede dejar en el casco, con un impacto directo en la movilidad y, en los casos más severos, en la propia viabilidad del animal. Su evolución puede ser rápida y, a menudo, cuando los signos clínicos se hacen evidentes, el daño interno ya está avanzado.

La enfermedad afecta a las láminas del casco, unos tejidos extremadamente sensibles cuya función es mantener suspendida la tercera falange dentro de la cápsula córnea. Estas estructuras actúan como un sistema de anclaje que soporta el peso del caballo y permite una distribución equilibrada de las cargas. Cuando se produce la inflamación, esa unión se debilita y el casco pierde su estabilidad interna. El resultado es un dolor profundo y persistente que limita de forma inmediata el movimiento.

Uno de los aspectos más complejos de la laminitis es que, en sus fases iniciales, puede no presentar alteraciones externas evidentes. El casco puede parecer normal, mientras en su interior se produce una alteración grave del flujo sanguíneo y del tejido laminar. A medida que el proceso avanza, la tercera falange puede desplazarse o rotar, agravando el cuadro clínico y complicando el pronóstico.

La laminitis no responde a una única causa. En la mayoría de los casos, aparece como consecuencia de un desequilibrio general del organismo. La alimentación es uno de los factores más determinantes. Las dietas con un exceso de azúcares y almidones pueden desencadenar alteraciones digestivas que generan sustancias inflamatorias capaces de afectar al casco a distancia.

Los trastornos metabólicos también desempeñan un papel relevante. Caballos con sobrepeso, con problemas de regulación de la insulina o con alteraciones endocrinas presentan una mayor predisposición a desarrollar la enfermedad. En estos casos, el riesgo no siempre se manifiesta de forma inmediata, sino que se mantiene latente y puede activarse ante cualquier cambio brusco en la dieta o en el manejo.

Existen, además, factores mecánicos que pueden desencadenar la laminitis. La sobrecarga prolongada de una extremidad, cuando el caballo evita apoyar otra por dolor previo, incrementa la presión sobre el casco sano y puede provocar una inflamación secundaria de las láminas. A ello se suman determinadas enfermedades sistémicas graves, procesos infecciosos o cuadros de toxemia que comprometen la circulación y favorecen el desarrollo del proceso inflamatorio.

El dolor es el síntoma central de la laminitis. El caballo suele mostrar resistencia al movimiento, pasos cortos y una clara incomodidad al apoyar los cascos. En muchos casos adopta posturas forzadas para aliviar la presión, desplazando el peso hacia las extremidades posteriores. Es habitual detectar un aumento de temperatura en los cascos y un pulso digital más marcado de lo normal.

Cuando la enfermedad progresa sin un tratamiento adecuado, pueden aparecer deformaciones visibles del casco y una cojera persistente. En estas fases avanzadas, el daño estructural puede ser permanente, condicionando la calidad de vida del animal y limitando de forma definitiva su uso deportivo o funcional.

La detección precoz es uno de los factores que más influyen en el pronóstico. El diagnóstico se basa en la exploración clínica y en pruebas complementarias que permiten evaluar la posición de la tercera falange y el estado interno del casco. Cuanto antes se confirme la enfermedad, mayores son las posibilidades de frenar su evolución.

El tratamiento requiere un enfoque integral. El control del dolor y de la inflamación es prioritario, acompañado de reposo estricto. El manejo del casco adquiere un papel fundamental, con recortes y herrajes específicos destinados a redistribuir las cargas y reducir la tensión sobre las estructuras dañadas.

La alimentación debe revisarse de forma inmediata. El objetivo es eliminar los factores dietéticos que favorecen los desequilibrios metabólicos y establecer una dieta controlada, basada en forrajes de calidad y ajustada a las necesidades reales del caballo.

En muchos casos, la laminitis puede prevenirse con un manejo adecuado. El control de la dieta, la vigilancia del estado corporal y la observación diaria del comportamiento y la forma de moverse del caballo son herramientas clave para reducir el riesgo. Detectar pequeños cambios a tiempo puede evitar una enfermedad que, una vez instaurada, resulta difícil de revertir.

La laminitis no sólo pone a prueba la resistencia física del caballo, sino también la capacidad de anticipación de quienes lo manejan. En esta patología, la rapidez de actuación y el manejo responsable marcan la diferencia.




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