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“No implica un rechazo hacia los demás”: una psicóloga explica qué significa que no te guste recibir visitas en casa

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El hogar como refugio: poner límites a las visitas está más relacionado con el autocuidado que con la introversión

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Para muchas personas, la idea de actuar como anfitriones y abrir las puertas de su hogar a amigos o familiares es más una fuente de ansiedad que un motivo de alegría. Aunque esta actitud a menudo se asocie con la introversión o con el rechazo social, no siempre tiene que ver con un rasgo de la personalidad, sino con factores emocionales y de bienestar.

“Es bastante normal no querer recibir visitas en casa y no tiene por qué estar relacionado con la introversión. Para algunas personas, recibir gente en casa implica situaciones que pueden resultar aversivas, como sensación de evaluación, pérdida de control del espacio, mayor esfuerzo social, conflictos previos o incluso cansancio acumulado”, señala la psicóloga sanitaria Luz María Peña, colaboradora en Center Psicología.

“Si evitar las visitas reduce ese malestar, la conducta se mantiene, independientemente de que la persona sea introvertida o no”, añade Peña, que también defiende esta actitud como “una forma de regular el bienestar”.

El hogar como refugio

La casa tiene un valor simbólico más allá de su funcionalidad, es un espacio propio de intimidad y seguridad. Cuando el día a día está lleno de estrés o sobrecarga, el hogar se transforma en un refugio para recuperar energía. Por eso, la psicóloga valora que “permitir el acceso a otros puede activar emociones como vulnerabilidad, incomodidad, vergüenza o miedo al juicio”. “En otros casos, la persona que evita abrir su hogar expresa agotamiento emocional o necesidad de control, buscando mantener el espacio propio como un lugar seguro donde no hay exigencias sociales”, analiza Peña. 

La experta asegura que la resistencia a recibir visitas puede surgir por el esfuerzo social que implica, pero también por experiencias pasadas negativas, como haber sido juzgado o invadido anteriormente: “El estrés, la ansiedad y el agotamiento reducen la tolerancia a las demandas sociales, y recibir visitas puede implicar esfuerzo, atención y exposición”. “Puede ser una forma sana de poner límites, ya que no implica necesariamente rechazo hacia los demás, sino decidir hasta dónde se quiere compartir el espacio personal”, opina.

La preferencia por la privacidad deja de ser saludable, según Peña, cuando se vuelve una conducta rígida que genera aislamiento y sufrimiento. “La señal de alarma no es la conducta en sí, sino su función: por ejemplo, cuando evitar la situación es la única forma de manejar emociones como miedo, vergüenza o tristeza, y ya no hay alternativas, suele indicar malestar psicológico”, aclara. En esos casos, se recomienda buscar ayuda profesional.




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