En los garitos dudosos jamás se albergaban dudas sobre el posible reparto de galletas si alguien miraba mal al otro, si alguien pisaba el pie del otro sin querer o si alguien tropezaba con otro y el alpiste de la copa sufría una merma. Cuando estallaba el conflicto de cada noche, al 'tolili', al 'pimpín', al 'firulais', se le reconocía por sus aspavientos de molino anfetamínico, acompañados por la habitual verborrea de postureo matón. Existían ciertas variaciones: «¡Agarradme, que voy!», «¡Agarradme, que le pego!» y, la más tremendista, «¡agarradme, que le mato!» En realidad, el que lanzaba las amenazas era el que agarraba a sus secuaces, y así lograba la chufla general, una suerte de amortiguado abucheo etílico mascullado por...
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