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"Si hablas de emociones, eres débil": La construcción de la masculinidad en el americano y el deporte

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El Super Bowl no es un partido: es un ritual de poder, cada año, se vende como la culminación deportiva de una temporada. Pero en términos simbólicos, es otra cosa: un ritual de consagración masculina.No se trata solo de futbol americano. Se trata de qué tipo de hombre se celebra, se aplaude y se convierte en modelo aspiracional.El sociólogo y antropólogo Dr. Sergio Varela Hernández, profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, lo plantea con claridad desde el inicio: "En el futbol americano y en el Super Bowl hay un modelo de masculinidad cuya característica fundamental es la potencia. La potencia física, la fuerza, el poderío corporal. Todo gira en torno a exacerbar y enaltecer esas figuras potentes y atléticas que están encarnadas en los jugadores". No es una potencia aislada. Es una potencia insertada en un relato histórico más amplio. "Hay una conexión muy fuerte entre lo masculino, lo guerrero y lo bélico. El Super Bowl es una muestra contundente de esa parafernalia extrabélica". El espectáculo no se limita al campo. Incluye himnos, aviones militares, homenajes a veteranos, retórica de sacrificio y orgullo nacional. El cuerpo del atleta aparece como extensión simbólica del cuerpo militar. No es casual. La NFL ha institucionalizado esa narrativa durante décadas.Masculinidad y patriarcado: el mandato de la potencia. Varela conecta el deporte con una matriz más profunda de poder: "Autores como Rita Segato han explicado cómo la masculinidad patriarcal exige que el varón ejerza potencia en múltiples dimensiones. Una de ellas es la física. El deporte es uno de los espacios donde eso se hace visible". La potencia no se discute. Se ejerce. Se demuestra. Se mide en fuerza, velocidad, resistencia y silencio. Porque junto a la potencia aparece otro mandato igual de fuerte: no sentir.El sacrificio como virtud: cuando el dolor se vuelve aspiracionalUna de las operaciones más eficaces del deporte-espectáculo es naturalizar el sacrificio. Varela lo explica así: "El sacrificio del cuerpo y de la emoción se normaliza a través de mecanismos que parecen sutiles, pero no lo son. El entrenamiento, desde edades muy tempranas, enaltece el sufrimiento y la capacidad de ocultar el dolor". No se trata de superar el dolor. Se trata de incorporarlo. "Muchos futbolistas de la NFL están lesionados y viven con las lesiones. Eso se vuelve parte de lo normal". El sistema no solo lo permite: lo celebra."Cuando hay una lesión espectacular, los medios reiteran la valentía del atleta por soportar el dolor. Eso refuerza la idea de que vivir así no solo es normal, sino deseable". El dolor deja de ser una señal de alarma. Se convierte en capital simbólico.La verdad incómoda: cuerpos dañados, cerebros golpeadosEl documental Concussion —y antes, el caso real del doctor Bennet Omalu— abrió una grieta incómoda en el corazón de la NFL: la violencia que el espectáculo necesitaba negar para seguir siendo rentable. Omalu, neuropatólogo forense, fue quien identificó por primera vez la encefalopatía traumática crónica (CTE) en ex jugadores de futbol americano, empezando por Mike Webster. No habló desde la ideología ni desde la militancia, sino desde el microscopio. Y aun así, fue desacreditado, aislado y atacado por la Liga. Concussion no es solo una denuncia médica; es el retrato de una institución que prefirió proteger su narrativa de dureza y heroísmo antes que aceptar que estaba construyendo ídolos con cerebros dañados. Varela recuerda: "Institucionalmente la NFL negó durante años el problema de las conmociones cerebrales. Se dijo que era propaganda que afectaba sus intereses". El mensaje de fondo es brutal: el sistema sabía, minimizó y postergó. Porque reconocer el daño implicaba cuestionar el mito fundacional del guerrero invencible. Y eso, para la NFL, era más peligroso que cualquier diagnóstico.La negación no fue un error. Fue una estrategia. Porque reconocer el daño estructural implica cuestionar el modelo entero.El ex receptor de la NFL, Brandon Marshall, fue uno de los pocos jugadores que rompió el pacto de silencio. Diagnosticado con trastorno límite de la personalidad, Marshall habló públicamente de salud mental cuando hacerlo aún era mal visto en la Liga."Me enseñaron a ser duro, a no sentir. Pero eso casi me mata", dijo Brandon Marshall, en entrevista con ESPN en 2018.Marshall describió cómo el entorno deportivo reforzaba un tipo de masculinidad peligrosa: "En la NFL, si hablas de emociones, eres débil. Si pides ayuda, no perteneces". Su testimonio conecta directamente con lo que Varela describe desde la sociología: un sistema que produce hombres funcionales mientras están activos y desechables cuando dejan de serlo.Nada de esto sería posible sin los medios. Varela es contundente: "Los medios juegan un papel central en la normalización del sufrimiento. Reiteran sistemáticamente estas ideas hasta que parecen naturales". La violencia se vuelve estética. El golpe, una repetición. El sacrificio, una narrativa épica. Así se educa al espectador. Y también al futuro atleta.Los cambios generacionales no han sido lineales. Han provocado reacciones violentas. “Estamos viendo un backlash (reacción). Sectores conservadores acusan que el cuidado del cuerpo, la diversidad y las nuevas reglas afectan la esencia del deporte”.Varela menciona reglas de protección, limitación de golpes, cuidado neurológico.Para muchos, eso es una amenaza. "Dicen que el deporte ya no es lo que era. Que se perdió la violencia que lo hacía auténticos". Aquí aparece la UFC como ejemplo. "Las artes marciales mixtas funcionan como una reacción explícita. Una recuperación de la violencia masculina que el boxeo había empezado a limitar". No es solo deporte. Es política.Varela no evade este contexto: "Hay una conexión ideológico-política entre ciertos sectores deportivos y la ultraderecha. El Trumpismo es un ejemplo claro."Las políticas contra la diversidad no son un accidente. "Las instituciones que regulan el deporte mundial están más vinculadas a ideologías conservadoras que liberales". La apertura fue, en muchos casos, instrumental.Sobre la inclusión de atletas abiertamente homosexuales, Varela es crítico: "Hubo una apertura sincera en algunos casos, pero también una lógica de mercado. La diversidad se volvió un mercado". Y advierte: "Los sectores más conservadores nunca estuvieron realmente a favor. Ahora eso se está haciendo evidente".¿Puede el deporte dejar de formar guerreros? La pregunta clave no tiene una respuesta cómoda. "La esencia del deporte moderno está vinculada a la guerra. Es una mimesis del combate", explica el sociólogo quien cita a Norbert Elias para recordar que el deporte es, históricamente, una forma civilizada de conflicto. "Si se le quita el antagonismo, ¿qué queda del deporte?".La respuesta no es optimista."Un deporte sin conflicto no es explotable comercialmente". Y ahí está el límite.Varela no cierra la puerta, pero tampoco vende ilusiones: "Tal vez habría que experimentar con otros tipos de ludismo, donde el goce no esté centrado en ganarle a alguien". Pero reconoce el obstáculo central: "No creo que el capitalismo esté interesado en algo así". El problema no es técnico. Es estructural."Estamos en un momento de regresión. Pensábamos que ciertos avances no iban a perderse. Hoy vemos que no es así". Para Varela, el deporte no está aislado. Es un espejo.Brandon Marshall fue uno de los receptores más talentosos y, al mismo tiempo, más incómodos de la NFL. Brilló durante 13 temporadas con equipos como Broncos, Dolphins, Bears, Jets y Giants, no solo por sus números, sino por su intensidad emocional en un ecosistema que exige hombres funcionales y callados. En 2011 fue diagnosticado con trastorno límite de la personalidad, un parteaguas que lo obligó a mirar de frente lo que el futbol americano nunca enseña: a nombrar lo que duele.Marshall no dejó la NFL por falta de talento, la dejó porque el cuerpo y la cabeza ya no aguantaban el mandato de la dureza permanente. Las lesiones, la presión por jugar roto y una cultura que penaliza la vulnerabilidad lo empujaron al retiro en 2018.Desde entonces, se convirtió en una de las voces más visibles sobre salud mental en el deporte profesional, no como héroe redimido, sino como exguerrero que decidió no seguir pagando el precio del silencio. Él lo dijo sin rodeos años después de su retiro: "El futbol me dio fama y dinero. Pero nadie me enseñó a estar bien cuando dejé de jugar". Declaraciones públicas en ESPN y The Players' Tribune (2018–2020). Ahí se cruzan la sociología y el testimonio.El sistema funciona. El negocio crece. El espectáculo continúa. Pero los cuerpos pagan. Las mentes cargan. Y el silencio persiste.RGS



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